
Asturias tiene un problema, y no es precisamente la falta de acuerdos entre políticos. Lo que sobra en el Principado son pactos de conveniencia, grandes titulares de unidad y estrategias conjuntas que, en la práctica, solo sirven para que quienes ocupan un escaño lo sigan ocupando con mayor comodidad.
El último episodio de esta tragicomedia es el acuerdo entre el PP y Foro Asturias, un pacto que no responde a las necesidades de los asturianos, sino a la imperiosa necesidad de sus firmantes de seguir existiendo políticamente.
El pacto de la poltrona
Nos lo venden como un «hito histórico», como un movimiento estratégico, como la gran unificación del centroderecha asturiano. En realidad, es el enésimo movimiento de sillas en el Titanic de la oposición. Foro se integra sin fusionarse, cede sin entregarse, sobrevive sin vivir. No hay grandeza en este pacto; hay puro instinto de conservación.
Y, como toda obra de teatro política, necesita un guion de apariencia solemne. Así, nos presentan tres pilares básicos de su acuerdo:
- Recuperación económica → Un deseo, no un plan.
- Mejora de los servicios públicos → Un mantra, no un compromiso.
- Defensa de la identidad asturiana → Un eslogan, no una estrategia.
No obstante, brilla por su ausencia, por ejemplo, cualquier referencia a los problemas reales de la industria asturiana. Ni una palabra sobre Arcelor, cuyas inversiones siguen en el aire mientras Bruselas decide si flexibiliza sus regulaciones ambientales. Ni una sílaba sobre Duro Felguera, esa histórica empresa asturiana que la SEPI está troceando con la precisión de un cirujano sin anestesia.
Además, sorprende la desconexión con la realidad económica. Asturias no necesita más pactos de supervivencia para políticos; necesita soluciones para sus trabajadores, su industria, su futuro. Pero, una vez más, han elegido hablar de Asturias sin hablar de Asturias.
Foro: una década para nada
Y aquí está el verdadero drama. Foro nació con una promesa: romper con la resignación del PP asturiano, ofrecer una alternativa al letargo de la oposición, construir un liderazgo fuerte y decidido. Hoy, esa promesa es solo ceniza.
Y es que el patetismo del momento no se mide solo en términos políticos, sino también judiciales. Primero, la condena del Tribunal de Cuentas a Carmen Moriyón, que deja claro que su legado es cualquier cosa menos impoluto. Segundo, el revés judicial que absuelve a Álvarez-Cascos, lo que equivale a una condena política para quienes lo traicionaron. Foro no solo ha fracasado, sino que ha quedado en evidencia.
(Sentencia absolutoria de Álvarez Cascos)
La ironía es deliciosa: expulsaron a Cascos creyendo que estaban salvando la pureza de su proyecto, y lo único que consiguieron fue destruirlo.
El eterno retorno de la política inútil
Si en 2011 el PP asturiano hubiera permitido que Cascos fuera su candidato, quizás Asturias habría tenido un gobierno eficaz o, al menos, una oposición real. Pero las fuerzas oscuras del partido—esas que prefieren perder elecciones con elegancia antes que ganarlas con esfuerzo—decidieron que era mejor deshacerse de él. ¿El resultado? Diez años después, están exactamente donde estaban.
Además, este acuerdo no es una fusión todavía. Pero Foro ha firmado su desaparición, no por voluntad propia, sino por el peso aplastante de su propia irrelevancia. Algunos de sus dirigentes se integrarán en el PP, ocupando puestos sin influencia, viviendo de la política en un discreto segundo plano, ejerciendo la noble profesión de figurantes de la oposición.
Y así, Asturias sigue esperando. Se firma, se promete, se pacta, se reparte. Pero nada cambia, nada avanza, nada importa. Políticos con poltrona, acomodando la poltrona de otros políticos, mientras Asturias sigue esperando. Y esperando. Y esperando.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED