> Pensamiento > Inmigración e integración

A las puertas de la iniciación de la Pascua siempre nos ha traído nuevas formas de pensar, mejoras en las dialécticas, una nueva solidaridad, más alturas de miras globales y una apuesta seria hacia la observación y posibles soluciones. Hemos de dejar atrás al hombre “viejo” que todos llevamos dentro cargado de pugnas, sinrazones y falta de búsqueda de dignidades humanas, todo ello, a la par de un máximo cuidado de la justicia y equidad para con todos. Estamos ante una exigencia de responsabilidad compartida por parte de todos y de la que ningún país puede sustraerse.

No es posible “no mirar” ante un gran problema de la humanidad.


Estamos ante un Parlamento Europeo que sobre el tema de culturas e inmigración no ve en absoluto un callejón por donde salir. Parece que aquello dictado por el sentido común no complace a lo políticamente correcto y hasta es posible hacia una posible ideología de lados divergentes. Sabemos por cierto que el mundo de ésta, la inmigración, ha existido, existe y existirá; que Europa está cansada de muros y de falta
de honradez hacia los Derechos Humanos.

También entendemos que son muchos los que meten en el mismo saco a inmigrantes y refugiados ladeándolos cuanto más y, hemos pasado de ser un continente solidario a otro con careta de egoísmo ancestral. En definitiva, quienes deberían proclamar unas leyes justas y solidarias meten sus hocicos en las profundidades de sus faltas de valentías. Ojeamos así que en este “claro oscuro” falta claridad y razonamientos profundos que nos dirijan a la verdad del qué hacer teniendo por bandera el bien común. Opinamos que más de uno anda buceando por aguas confusas que se dirigen y contribuyen a errores múltiples.


Son muchas las teclas que tocar hoy día: rechazo e impedimento de inmigrantes por culpa del mal hacer en Europa desde su inicio y auspiciado por el mundo mediático y otros, con olores de intolerancia supina; su exclusión de la esfera pública condenándolos a la marginación y tras los muros en pleno siglo XXI; asimilaciones más que forzosas; integración en la sociedad que te acoge, ello sí, conservando sus costumbres y creencias en la medida que asuman principios y valores fundamentales y, como no, el mundo multiculturalista, es decir, respeto a la diversidad de minorías étnicas, religiosas y culturales, pero siempre con el sometimiento a unos valores comunes básicos, a un núcleo central de valores ciudadanos que deben respetar todos y todas las culturas.


Las tres primeras mencionadas: rechazo y expulsión, exclusión de la ciudadanía y condenación a la marginación y la integración en la sociedad de acogida, están enfiladas contra la dignidad de la persona y, por tanto rehusadas, a menos que nuestra dignidad esté pensada como algo reservado a solo algunos seres humanos.

Hemos de recordar que tal dignidad, como cualidad universal y nunca particular de una raza, grupo, casta, etc, debe bastante a la concepción cristiana de la persona y, por ello, a la civilización europea. Así, nos quedan solo la integración y el multiculturalismo.

Asimilar o integrar

Tener en cuenta que son muy distintas la asimilación e integración. Una, la primera, conlleva la pérdida de los valores de su propia cultura y así quedarían más que proscritos. Sería una imposición de la cultura de la sociedad que les acoge. Por tanto, no hay dignidad humana alguna. En la otra acera, el mestizaje cultural como factor de enriquecimiento sin fecundarse ambas y posible causa de la civilización occidental, nacida por tanto de la fusión de elementos de culturas diversas. No hemos de olvidar que la comparación entre pautas culturales es legítima y necesaria, única forma de eludir un falso relativismo cultural. Respetar a las culturas diferentes no quiere decir la igualación entre sus pautas y valores, incluso ni entre ellas. Valorar, preferir y desdeñar van con la persona, mientras que valorar todo por igual no solo es injusto, es renunciar a valorar.


Integrarse, en principio, es respetar el pluralismo de las culturas, pero teniendo en cuenta los principios y valores en los que se sustenta la sociedad que acoge a las demás. Si ello no se produjese, una sociedad cae en la anarquía y en su propia destrucción. El multiculturalismo, sabemos de sobra que produce la segregación entre culturas, cada una en su caja, junto a marginaciones y absolutos guetos. Es enemigo de
la integración, pues termina por confundir con la despreciable asimilación.

Así, nos situamos ante improcedentes argumentos que protegen a los críticos del multiculturalismo en un sentido bastante equivocado, de que vulneran el principio de la tolerancia, faltan al respeto debido a las culturas diferentes fomentando la xenofobia e incluso el mismo racismo.

Hay que resguardarse “muy mucho” de la intolerancia de los llamados hipertolerantes frenéticos.

El multiculturalismo como autodesprecio


Existe en el actual afán multiculturalista demasiado odio y resentimiento antioccidental. En contra de los valores europeos de raíz cristiana vale tanto la alabanza de la degradación moral y de la anarquía social como la desenfadada tolerancia hacia un esplendoroso fundamentalismo. Extraña y sospechosa armonía
entre contrarios, donde existe una tolerancia agudizada y unidireccional para la que el crucifijo ofende al islamista mientras el católico tiene que tolerar la media luna, el velo y el burka si es preciso.


También existen reproches a la sociedad de acogida y con razón , aunque no salgan de la boca de los progresistas filofundamentalistas. De todas maneras, cada uno escoja en conciencia y no indique al resto a pensar como él, como ella, pero siempre desde la claridad y nunca desde la confusión. Todo lo que sea debatir y optar por discutir de forma sosegada bienvenida sea, pero sin engaños ni rencillas del pasado.

El multiculturalismo, no confundirlo con el pluralismo, bajo el que pudiesen convivir distintas culturas pero dentro de un marco común de convivencia basado en la dignidad de toda persona, es la fruta podrida de la tolerancia que ha perdido el norte, que conduce a la quiebra de la sociedad abierta y es enemiga de valores liberales y de la genuina integración cultural.

Otro tema distinto es dejar que mueran miles de seres humanos y vayan al fondo del Mediterráneo. No tienen perdón de Dios aquellos países que dejan a la mala suerte a estas pobres gentes y, ahora más, cuando llega el buen tiempo.

Y podríamos hablar de todo lo que ello conllevaría una vez entrado al país de acogida, pero dichos temas puntuales se los dejamos a los sucesivos gobiernos que, desde la ética deberían repensar de manera esmerada qué hacer.

Opinamos que algunos lo tendríamos, posiblemente, más que claro.