> España > Reconciliación bajo tierra

Mi familia fue represaliada. Socialistas unos, azañistas otros. El final de la guerra los aplastó como a tantos otros: sin épica, sin justicia, sin redención. Quedan los detalles escabrosos, pero me los guardo. No porque duelan menos, sino porque han sido tan manoseados por discursos ajenos que prefiero que se pudran en paz.

Ayer un amigo me mandó un vídeo de Pedro Corral. Lo vi. No porque me entusiasme el revisionismo del otro bando, sino porque hacía ya tiempo que prefiero las verdades incómodas a las lealtades heredadas.

Corral habla sin aspavientos ni sentimentalismos, y eso, en estos tiempos, ya es casi revolucionario. Porque cuando uno empieza a pensar por su cuenta —y no hablo de los siete años, ni de la adolescencia con camiseta de “No pasarán”, sino de ese despertar incómodo de los veintialgo, cuando ya no puedes echarle la culpa a papá—, descubre que algo chirría.

Que el relato familiar, tan sólido, tan heroico, tan puro… tenía y tiene goteras. Cito tres, aunque hay muchas más:

  • Sesgo de confirmación: lo que no encajaba, se tiraba.
  • Sesgo de omisión: los nuestros nunca mataron, solo «defendieron».
  • Sesgo de atribución grupal: todos los buenos en casa, los malos en el telediario.

Y empecé a hacerme preguntas. ¿Por qué nadie me habló de las checas? ¿De los asesinados por «pensar mal» en zona republicana? ¿Por qué tanto silencio con la represión dentro del propio bando, que mataba más por miedo que por ideología?

Pedro Corral lo dijo con claridad: esos crímenes, entre los del bando al que pertenecía mi familia, también existieron. Pero la Memoria Histórica de Zapatero y la Democrática de Sánchez han decidido que no. Que la verdad es selectiva y que el bien solo lleva un color en la solapa.

Y uno, que fue criado entre susurros de “nosotros teníamos razón”, empezó a ver que quizás no era así.

Y luego está el otro elefante en la sala: la deriva prosoviética de la República. Ese «pequeño» plan que, de haber triunfado, habría dejado a España convertida en una finca de Stalin con vistas al Mediterráneo.

Pero, claro, como no llegó a suceder, sería lícito imaginarlo todo lo hermoso que uno quiera si la fantasía fuera simplemente un fenómeno intracraneal, si no se afanaran por hacerlo el pan de cada uno de sus días y de los nuestros.

Afortunadamente, la democracia, con todas sus verrugas, fue lo que llegó después. No porque cayera del cielo, sino porque hubo quienes prefirieron callarse las venganzas y pensar en un país entero.

Y ahí viene la traición más escandalosa. En 1956, vivo Franco y aún mandando, Santiago Carrillo, sí, Carrillo el de Paracuellos, propuso la Reconciliación Nacional.

Fue un gesto de altura, un acto político de generosidad insólita si no fuera por que resultó un simple ropaje edulcorado de lo que vendría después.

Muchos españoles —incluidos familiares míos— lo creyeron. Fue una promesa. La promesa de que no habría más mitologías, de que nos reconoceríamos mutuamente como compatriotas y no como fantasmas.Y esa promesa ha sido traicionada sin rubor. Por los herederos del PCE, por los múltiples clones de Podemos e Izquierda Unida, y por un PSOE que ha preferido ceder a la comodidad del revisionismo perezoso antes que defender el legado adulto de la Transición.

Han sustituido el perdón por la venganza, la pluralidad por la cartilla ideológica, la reconciliación por una lista de agravios actualizada cada legislatura. Con boletín oficial y presupuesto. Y en ésta toca Franco y mas Franco. Se les volverá en contra.

No necesitamos una comisión de la verdad con cargo a los Presupuestos Generales del Estado.

Necesitamos recordar lo que nos contaron, lo que callaron y lo que descubrimos por nuestra cuenta. Sin vigilancia emocional. Sin sanción moral. Sin etiquetas. Y quizás, solo quizás, esa memoria indócil y sospechosa sea el único lugar donde todavía cabría el reencuentro.

Aunque, a decir verdad, tras tantos años de propaganda digerida desde las llamadas Memorias, la Histórica y la Democrática, ya casi no cabe ni esa esperanza. Ya estamos en otro tiempo.

El clima es tan artificial, tan empapado de consignas, que hoy no sirve ya una manida e incumplida llamada a la reconciliación.

Lo que se impone es un cambio de marco total: una limpieza historiográfica y mediática sin contemplaciones, sin reverencias, sin miedo.

Y solo entonces, cuando hayamos desmontado el decorado, podremos reconstruir la Historia de España sin ocultamientos. Con más verdad que épica.

Y con algo de dignidad, si queda.

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