
Revisando la prensa asturiana, esa que se reclama ibérica pero a menudo cae en lo hispánico sin alma, encontré una escena digna de anotarse en la libreta de las cosas importantes. En el mismo medio que promociona un nuevo foro de políticos, empresarios y periodistas para diseñar por enésima vez la “España del Noroeste”, se colaba, casi por la puerta trasera, un tipo con chanclas, sin corbata y con más lucidez que la suma de todos los discursos del foro. Bryan Caplan, economista libertario, autor sin miedo y pensador sin coraza.
Chanclas, sí. Pero también claridad. Claridad que incomoda, pero que consuela. Claridad que desnuda los ídolos retóricos y muestra lo evidente: que a veces menos Estado no es menos justicia, sino más verdad. Caplan no vino a dar lecciones desde un púlpito ni a prometer grandes soluciones; vino a mirar, a decir y a irse. Con esa calma incómoda de quien no necesita demostrar nada.
Una belleza atrapada por una bestia
Lo entrevistaron mientras paseaba por Tapia de Casariego. Dijo que Asturias es hermosa, sí, pero atrapada en un marco ideológico de izquierdas, con gasto social excesivo y una fe religiosa en la intervención pública. Lo dijo sin rabia. Como quien enuncia el clima. Dijo también que aquí el Estado lo ocupa todo. Que si se privatizara la ecología, si se abriera el Tito Bustillo a la lógica del mercado, veríamos más pinturas, más historias, más oportunidades.
Yo reconozco —y no me cuesta decirlo— que cada vez me entristece más el rumor de los engranajes burocráticos. Los entes pomposos de debate, los foros bienintencionados que no mueven una piedra, los discursos que giran en bucle sobre sí mismos. Siento que los años de esperanza que nacieron allá por los 80, los que creían que otra política era posible, se han ido dilapidando entre regulaciones, subsidios y eufemismos.
Y aprendí, también, que la vida —lo sencillo tanto como lo complejo— es más tranquilizadora cuanto menos autoengaño le pongamos.
Caplan lo expresa a su modo. Dice que la educación pública es una fábrica de títulos inútiles, que la sanidad gratuita no siempre vale lo que cuesta, que los subsidios perpetúan la pobreza más que la resuelven. No dice que no haya que ayudar; dice que hay que hacerlo de forma honesta, eficiente, sin paternalismos paralizantes.
La belleza del sentido práctico, del sentido común
Bryan Caplan defiende sin miedo el capitalismo. No con arrogancia, sino con pragmatismo. Dice que hasta los socialistas, llegado el momento, emigran a países capitalistas. Que prefiere vivir en Estados Unidos antes que en Cuba. Que en los Emiratos Árabes, el 88% de la población es inmigrante laboral y, sin embargo, viven mejor que en sus países. ¿Es más moral impedirles trabajar que dejarles trabajar sin subvención?
Una aliteración aflora como quien martillea suavemente una idea:
“Las leyes lentas lastran la libertad. La lógica limpia libera.”
Mientras nuestros dirigentes celebran congresos con títulos rimbombantes, Caplan se pasea por Asturias sin necesidad de audiencia. Dice lo obvio con serenidad. Y yo, que hace tiempo renuncié a esperar milagros de la política, leo sus palabras y me reconcilio con la posibilidad de pensar sin miedo.
No sé si cambiará algo. Pero dejó un mensaje claro:
No hace falta permiso para pensar diferente.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED