
Una mañana de marzo, mientras los europeos remueven el café con la misma desgana con la que remueven su tedio, en Bruselas alguien decide que es momento de asustarnos. Pero con estilo. Con protocolo. Con PowerPoint.
La Comisión Europea —ese conglomerado de comisarios bien peinados y peor pensados— lanza su oráculo: prepárense para lo peor. No explican qué es “lo peor”, pero eso sí, ofrecen consejos con el tono con el que un mayordomo da el pésame: seco, limpio, inservible.
Tome nota:
- dos litros de agua por cabeza y por día,
- algo de pasta,
- una linterna,
- una radio de manivela,
- una navaja suiza,
- y si le queda humor, papel higiénico.
El Apocalipsis, según Ursula von der Leyen, huele a detergente de oferta y suena a noticiero mal doblado.Y no, no es una broma. Ojalá lo fuera.
En lugar de liderar, anticipar o siquiera aparentar que comprenden el mundo que se les derrumba bajo los zapatos, los burócratas de la UE optan por disfrazarse de monitores de campamento nuclear. Europa, esa dama fatigada de guerras pasadas y glorias vencidas, ahora reparte flotadores en medio del oleaje. Y lo llaman prevención.
Europa se armará, sí. Pero no para defenderse, sino para seguir torpedeando —con la sonrisa burocrática de siempre— los pasos que ya han iniciado Ucrania, Rusia y Estados Unidos para parar la maquinaria.
Se armará, como en Washington llevan años suplicando que lo haga, pero soltando ahora eso de que lo hace porque “ya no puede contar con Washington”. Un chiste. Un delirio geopolítico servido con traje gris y café institucional. Ridículo no, patético: lo hago porque quiero, no porque me instes a ello.
No se engañe. El aviso no es prudencia, es claudicación. No es liderazgo, es cobardía con membrete institucional. Porque cuando uno no sabe qué hacer, simula que informa. Y cuando no puede mandar, reparte folletos. Esta advertencia es una confesión envuelta en celofán: no mandan, no controlan, no comprenden. Y como no pueden arreglar el mundo, nos regalan pilas.
Como quien no sabe nadar y reparte flotadores en el Titanic.Quizá sea hora de asumirlo: no hay nadie al volante.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED