> Pensamiento > Non nobis domine

Hace unos diez siglos la situación del Imperio Bizantino no pasaba por un buen momento: el islam estaba avanzando y, tras la pérdida de Egipto y Siria y las derrotas de Jerusalem en 1070 y de Manzikert en 1071, el otrora poderoso ejército bizantino pasaba a la defensiva para evitar perder más posesiones en Anatolia.

En el año 1095, y ante una situación límite para Bizancio y el cristianismo, el emperador Alejo I envía una carta al Papa de Roma Urbano II implorando la ayuda de toda la cristiandad para combatir a los musulmanes. Dada la situación, el Papa convocó un concilio en la ciudad de Clermont en el que, amparado en los abusos de los musulmanes hacia los peregrinos cristianos en Tierra Santa, e invocando la voluntad de Dios, llamaba a la unidad del cristianismo para ayudar a Bizancio y luchar contra los musulmanes, prometiendo como recompensa el perdón de todos los pecados.

La respuesta a la exhortación del Papa Urbano II no se hizo esperar, y algunos clérigos reunieron enseguida un gran ejército de campesinos y gente humilde sin ninguna formación militar que partieron hacia Tierra Santa en lo que se conoce como “la Cruzada de los pobres”. Sólo en el viaje hacia Asia Menor murió una cuarta parte del voluntarioso ejército, y los que lograron llegar no fueron resistencia para los turcos, que masacraron y esclavizaron a la mayoría de los cristianos.

Tras este fracaso, en 1096 algunos nobles de Francia y del Sacro Imperio Romano Germánico se organizaron para reclutar caballeros y soldados bien formados y dirigidos que irían reconquistando territorios ocupados por los musulmanes y tomando el control de ciudades como Nicea o Antioquía antes de llegar a las cercanías de Jerusalén en 1099, ciudad que asediarían y tomarían (no sin muchas dificultades) el 15 de julio de 1099: esto se ha llamado la Primera Cruzada.

Con Tierra Santa reconquistada, la mayor parte de los caballeros regresaron a Europa, pero unos pocos decidieron quedarse en Palestina: por una parte, preocupados por la seguridad de los peregrinos que aún padecían pillajes y saqueos, y por otra parte deseosos de proteger permanentemente el Santo Sepulcro; estos caballeros, en lo que se interpreta como “un deseo de renuncia al mundo”, hicieron votos de pobreza, castidad y obediencia. El rey de Jerusalén –Balduino II-, reconociendo su noble propósito, les permitió residir en lo que se pensaba que había sido el Templo de Salomón, y así pasaron a llamarse “Caballeros del Templo de Salomón” o lo que hoy en día conocemos como “Templarios”.

Durante los 9 primeros años desde su fundación los Templarios usaban ropa secular y su número se reducía a 9 caballeros, pero en el Concilio de Troyes de 1129 se les otorgó la regla, redactada por San Bernardo de Claraval, y se estableció para ellos un hábito blanco que más adelante adornarían con cruces de paño rojo para diferenciarse de otras órdenes: desde ese momento la orden de los Templarios desarrolla una gran expansión llegando a los 300 caballeros (además de otros hermanos servidores) apenas 60 años más tarde.

Pero a medida que la fuerza y el prestigio de la orden fueron creciendo, también lo hizo su patrimonio merced a las donaciones y sufragios de nobles y casas reales europeas. Si durante un buen tiempo mantuvieron su honor y sus votos, el aumento de poder y de riqueza material provocó que muchos “caballeros” perdieran el sentido de su existencia y la humildad, llegando a desafiar al patriarca de Jerusalén, enfrentarse al Papa o al mismo rey de Francia, lo que desencadenó en 1307 el arresto de todos los Caballeros Templarios y la confiscación de sus bienes bajo la acusación de herejía; estas medidas se extendieron a lo largo de los meses siguientes a otros países europeos, donde la situación fue aprovechada para un ajuste de cuentas que acabó con la mayor parte de los Templarios torturados o condenados a la hoguera.

En el Concilio de Isère de 1312 la Orden del Temple no es condenada, pero sí suprimida, transfiriendo todos sus bienes a la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén.

Como siempre, de esta historia podemos sacar analogías que podríamos llevar a nuestras organizaciones y a nuestra sociedad:

lo que en un primer momento es una llamada trascendental o una motivación que lleva a jurar determinados votos corre el riesgo de olvidarse, o de ser postergada en favor de otros intereses si no ponemos cuidado.

Conviene recordar que, para que tuvieran presente la finalidad de su causa, el valedor de los Templarios en el Concilio de Troyes -San Berardo de Claraval- les asignó un himno tan simple como contundente y que encerraba en una sola frase el propósito de la existencia de la orden: “non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam”, que podría traducirse como “nada para nosotros, Señor, nada para nosotros, sino para la gloria de tu nombre”. apelando a una humildad que antepusiera siempre la Gloria de Dios a la propia.

Los primeros Templarios no vivían y luchaban por el interés personal, sino por un ideal o –lo que ellos consideraban- el bien común: el establecimiento de la sociedad cristiana y una civilización dedicada a la gloria de Dios.

Una empresa -o una sociedad- funcionan cuando todo el mundo trabaja para mantener el bien común, cuando no olvidamos para qué estamos aquí, los valores que nos mueven, que el interés de un proyecto o de una organización no puede estar condicionado por el interés particular de nadie, que si hemos elegido trabajar y sacrificarnos por algo debemos ser responsables y hacer todo lo posible para cumplir con las expectativas… y luchar contra aquello o aquellos que nos debilitan y apartan de nuestros “votos particulares”.

Cuando un sector o una parte –más o menos numerosa- de un colectivo elige otros intereses por encima de su bien común, si se llega a una “masa crítica”, la organización está abocada al fracaso, a la supresión o a la extinción, aunque algunos de sus miembros hubieran mantenido el rigor, su ética y “sus votos” hasta el final.

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