> Aportaciones > En Defensa de la Verdad > Metrotrén: la Asturias que se quedó huérfana de futuro

(Foto de portada: Paz Fernández Felgueroso y Francisco Álvarez-Cascos descubren el punto kilométrico durante el acto de colocación de la primera dovela del metrotrén, el 10 de junio de 2003. Joaquín Pañeda)

Algún día, los arqueólogos del mañana excavarán bajo Gijón y hallarán un túnel de casi cuatro kilómetros, con catenarias, estructuras modernas y tramos preparados para el paso del tren. Se preguntarán qué pasó. ¿Un cataclismo? ¿Un error técnico? Nada de eso. Lo que pasó fue que Asturias se quedó sin quien la defendiera.

Cuando había norte

A comienzos de siglo, alguien —sí, Francisco Álvarez-Cascos— tuvo la osadía de pensar en grande: coser Gijón con un Metrotrén, enterrar las vías, unir la ciudad, modernizar el transporte público y mirar hacia Europa. Se firmaron convenios, se financiaron obras, se excavaron túneles. Y se cumplió. Técnicamente, se cumplió. Pero luego vinieron otros. No a continuar, sino a envidiar, paralizar, desfigurar. ¿El problema? El autor. No el proyecto.

Del liderazgo a la mediocridad

Cascos defendía Asturias porque no pedía permiso a Madrid, negociaba con Madrid. Lo que vino después fueron gobiernos locales y autonómicos especializados en no molestar al que manda, aunque eso implicara hundir a su tierra en la irrelevancia. Primero se dejó morir la intermodalidad. Luego se alejó la estación del centro. Después se diluyó todo en tecnicismos y urbanismo de saldo. Y finalmente se cambió un proyecto ambicioso por una excusa con bancos bonitos y techos verdes.

Asturias ya no tenía quien la representara con fuerza: tenía administradores sin pulso.

No fue por recursos. Fue por celos y cobardía

No se abandonó el Metrotrén por inviable. Ni por falta de fondos. Se abandonó por celos y por especulación, porque los partidos rivales preferían sepultar una obra útil antes que permitir que su autor saliera favorecido y ciertos negocios perjudicados. Esa es la grandeza política que nos ha traído hasta aquí. Y mientras tanto, Asturias seguía pagando el precio. Infraestructuras obsoletas. Ciudades mal conectadas. Un tren del siglo XX con estética del XIX.

Moreda: la estación del conformismo

El resultado final será una estación en Moreda. Más lejos. Menos accesible. Sin intermodalidad. Un monumento a la resignación, no porque no se pueda hacer más, sino porque ya no hay nadie dispuesto a luchar por más. Una oda al más patético pelotazo urbanístico, no porque construir viviendas sea indeseable, sino porque llenar determinados bolsillos perjudicando, además, la movilidad de los gijoneses es la burla del siglo.

La Asturias enterrada

Ese túnel bajo Gijón no es una ruina. Es un espejo. Nos muestra lo que fuimos capaces de imaginar y lo rápido que fuimos capaces de traicionarlo. Sin liderazgo, sin coraje y sin proyecto, Asturias se convirtió en su propio lastre. Un día alguien desenterrará el Metrotrén. Y no hallará restos.

Epílogo sin épica

Los gijoneses ni siquiera conocen los detalles reales de la nueva estación. Se les bombardea con infografías y promesas pensadas para el cartel electoral de 2027, mientras ni ADIF ni Renfe han dado garantía alguna de acompasar sus obras. El humo se presenta como tren, y el plazo como certeza. Incluso, como en el más típico caso de síndrome de Estocolmo, la prensa local centra el foco ciudadano de la nueva estación en eso de que “lo hagan rápido y dejen de marear”.

El Metrotrén fue más que un túnel. Fue un proyecto civilizador. Lo que vino después no fue olvido, fue sabotaje. Asturias no está condenada por el destino: está condenada por los suyos.

Pero la memoria de una obra inconclusa es también un mapa. Un plano que sigue ahí, esperando que alguien sin celos, sin miedo, sin servidumbre, se atreva a retomarlo.

Porque enterrar el futuro no es lo mismo que borrarlo.Y aún hay quienes recuerdan dónde se dejó la pala.

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