
Viví en Cerredo en los ochenta. Dos años. Fui maestro en su colegio cuando la mina todavía era vida y no amenaza. Cuando Hullas de Coto Cortés marcaba el ritmo de los días, entre el rugido de las vagonetas y la dignidad austera de una comunidad que sabía lo que era penetrar en la montaña y volver. Allí aprendí que incluso en los paisajes más duros puede brotar una decencia tranquila, una lealtad al trabajo y a la tierra que no necesita discursos, así como brotaba también la compensación dopaminérgica a la dureza en forma de vidas sobreestimuladas.
Por eso hoy, al leer sobre la tragedia de la mina, no leo un parte de sucesos. Siento que alguien ha vuelto a detonar algo muy antiguo. Algo que no se cerró nunca del todo.
Y esta vez la explosión no fue sólo de grisú. Fue de impostura.
Un empresario, muchas minas… pero ninguna de investigación
Porque entre los escombros no sólo hay cuerpos. Hay preguntas. Y una de ellas, simple, directa, incómoda, debería estar en todos los titulares: ¿cómo obtuvo Blue Solving permiso para investigar cuando lo que hacía era, en los hechos, extraer?
La empresa, fundada en 2022 con 3.000 euros y domiciliada en la propia mina, tiene como administrador único a Adrián Rodríguez Rodríguez, empresario leonés con historial netamente extractivo. No hablamos de un joven geólogo con ideas experimentales. Hablamos del mismo empresario que figura en empresas como Carbones de la Vega o Cristal Mining Coal.
Su pasado empresarial se asienta sobre la extracción dura, no sobre investigación, innovación ni reciclaje. Y eso importa.
Porque apunta a que no hubo un cambio de paradigma ni de actividad. Lo que hubo, si uno se permite sospechar con fundamento, es un cambio de etiqueta para pasar por la rendija del permiso más fácil.
El truco del permiso: investigación que huele a explotación
Un permiso de «investigación» minera no exige las mismas condiciones que una concesión de explotación. No pide el mismo plan de seguridad. No demanda la misma supervisión técnica ni somete a quien lo obtiene al mismo nivel de inspección. Es, por decirlo sin rodeos, una puerta lateral. Una rendija burocrática.Y alguien la abrió para ellos.
Porque la Consejería de Transición Ecológica del Principado de Asturias concedió ese permiso sin exigir que Blue Solving demostrase experiencia específica en investigación. No exigió solvencia técnica, ni plan exhaustivo de seguridad, ni siquiera garantías propias de una actividad que implicaba entrar a niveles profundos en una mina con antecedentes de acumulación de grisú. Ni una ventilación industrial exigida. Ni un plan de evacuación homologado. Nada de eso aparece —hasta donde sabemos— en las condiciones previas.
Y todo esto con una subvención pública cercana al millón de euros. Pagada con el dinero de todos.
Una historia de silencio compartido
No es solo negligencia. Es dejación. Es esa mezcla de burocracia indiferente y política sin coraje que permite que empresas con nombres relucientes y experiencia mínima operen en lugares donde sólo debería entrar quien sabe exactamente lo que hace.
Así, lo que se presentó como un proyecto de recuperación minera en clave de futuro fue, en la práctica, la reedición de las prácticas más rancias del pasado: sacar carbón, disfrazarlo de grafito, retirar escombros mientras se perfora sin declarar, pagar sueldos bajos en una comarca desesperada y, cuando algo estalla, mirar al suelo, al cielo, al manual de excusas. Menos al espejo.
El verdadero combustible de la explosión
Y en ese espejo no está solo la empresa. Está la administración que miró para otro lado. Están los técnicos que firmaron sin preguntar. Están los políticos que ahora pasean por Cerredo con dulce palabra y gesto grave. Porque el problema no es el grisú. El grisú siempre estuvo ahí.
El problema es que se encendió con la chispa de la permisividad. Con la chispa del silencio.
Final: el estruendo que merecía una respuesta distinta
Esto no es un ataque a la minería. Es una defensa de la minería digna, seria, con reglas. Cerredo merecía otra cosa. Y los muertos, también.
Tal vez ahora se abra una investigación. Tal vez se emitan informes y, aunque es improbable en esta España con resistencias a abandonar las poltronas, alguien dimita.
Pero nada de eso borrará lo esencial: que este accidente no fue inevitable. Fue facilitado.
Y eso —yo que viví allí— duele más que el estruendo.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED