Han pasado 32 años desde aquel fatídico amanecer del 4 de febrero de 1992, cuando el estruendo de las metralletas sediciosas nos arrancó del sueño colectivo.
Venezuela se despertó temblando, envuelta en el caos de un golpe de estado orquestado por ambiciones oscuras, que se repitió con ferocidad el 27 de noviembre de ese mismo año.
Aquel ruido no fue solo el eco de balas; fue el preludio de un populismo voraz que se apoderó de nuestras almas, manipulando a una ciudadanía dócil, adormecida por promesas vacías.
¡Cuánto dolor, cuánta traición se esconde en esos recuerdos que aún resuenan en nuestras almas heridas!
Del estruendo del golpe a la trampa del populismo
Desde entonces, hemos vivido aturdidos por ese tumulto manipulador, un veneno que se filtró en las venas de la nación. Los golpistas se presentaron como redentores, con ademanes complacientes y arrestos democráticos que “prometían un paraíso de justicia y prosperidad«.
Pero ¡ay!, la verdad oculta bajo el ropaje de aquellos conspiradores era una ira vengativa y rencorosa, un rencor que devoraba todo a su paso. ¿Cómo pudimos caer en esa trampa?
El miedo, ese compañero invisible y traicionero, nos paralizó. El miedo a contradecir una opinión pública inducida y arrolladora, inflada por el viento de la demagogia, facilitó las andanzas de inquilinos en instituciones públicas que se rindieron ante los rebeldes náufragos de una nostalgia por el poder perdido.
El miedo, ese compañero invisible y traicionero, nos paralizó.
Una nación prisionera del miedo a los cambios
En ese amasijo de odios cruzados, el miedo se entretejía con la ceguera colectiva. Temíamos a los cambios necesarios e impostergables: miedo a la reforma constitucional en cuyo proyecto me correspondió trabajar en mi condición de vicepresidente del Senado de la República.
Lamentablemente ese esfuerzo fue frustrado.
- •Miedo a la descentralización que habría liberado a las regiones de las cadenas centralistas.
- •Miedo a las reformas comerciales y fiscales que habrían construido una economía robusta, justa y a la instalación de una plataforma tributaria que sumara recursos a la renta petrolera en lugar de depender de ella como un mendigo de fortunas efímeras.
- •¡Cuánto terror ante la idea de cerrar el grifo de los dólares regalados a través de Recadi, ese pozo sin fondo de corrupción que alimentaba a los privilegiados!
- •Miedo al cuarto poder, representado por los santuarios de los medios de comunicación, que osaban cuestionar el status quo.
- •Miedo a producir cambios en las anquilosadas directivas de los partidos tradicionales, aferrados a sus privilegios como náufragos a un salvavidas roto.
Era, en esencia, el miedo al futuro inevitable, ese que la ambición encubría en las tinieblas de la corrupción.
Nos aterrorizaba enfrentar la realidad, preferíamos la ilusión de la estabilidad falsa antes que el vértigo de la transformación. Y así, permitimos que el populismo se enquistara, que los golpistas se convirtieran en gobernantes, que la animadversión vengativa se disfrazara de revolución.
Venezuela y su pueblo ha pagado un precio exorbitante por aquellos errores, de unos y otros.
Del arrepentimiento al coraje colectivo
Pero el tiempo, ese gran maestro implacable, ha transformado ese miedo en arrepentimiento profundo, en una reflexión consentida por el aprendizaje doloroso y en una inevitable rectificación de los errores cometidos.
Hoy, esos temores que nos atenazaron se convierten en combustible para la valentía.
Nutren a la gente capaz de asumir inmensas dificultades, de levantarse de las cenizas de una nación saqueada. Venezuela y su pueblo ha pagado un precio exorbitante por aquellos errores, de unos y otros, pero en el fondo de nuestra alma herida late un pulso renovado: el de la esperanza forjada en el fuego del sufrimiento.
No más miedo que nos paralice; ahora es el coraje el que nos impulsa a reclamar lo que nos fue robado. ¡Que estos 32 años de lecciones nos guíen hacia un amanecer sin reverberación de traición, vamos unidos hacia una libertad verdadera y sin cadenas!
No más miedo que nos paralice; ahora es el coraje el que nos impulsa a reclamar lo que nos fue robado.

Antonio José Ledezma Díaz (San Juan de los Morros, 1 de mayo de 1955) es un político y abogado venezolano, destacado opositor al régimen de Nicolas Maduro. Actualmente exiliado político en España. Fue el alcalde mayor del Distrito Metropolitano de Caracas hasta 2015, cuando fue sustituido por Helen Fernández.También se ha desempeñado como alcalde del municipio Libertador de Caracas en dos ocasiones y gobernador del antiguo Distrito Federal. Fue dos veces Diputado del extinto Congreso Nacional de Venezuela (actual Asamblea Nacional) desde 1984 y fue elegido Senador de la República en 1994, siendo la persona más joven en ser elegida para ese cargo.