En Asturias hay una constante que se repite desde hace décadas: la asfixia sistemática de dos de los pilares básicos de cualquier sociedad avanzada, los docentes y los sanitarios.
Profesores, maestros y médicos sostienen el aprendizaje, la cultura, el progreso y la salud de la ciudadanía. Sin embargo, se les trata como un gasto incómodo y no como la inversión estratégica que realmente son.
Algo muy propio de gobiernos socialistas, aún cuando prometan y vuelvan a prometer cada cuatro años en su programa electoral que van a mejorar la sanidad, la educación y los servicios sociales.
Los maestros y profesores acabaron el curso pasado en huelga. Los médicos lo han hecho hace apenas unos días. No es casualidad ni capricho. Ambos colectivos llevan años alertando de lo mismo: sobrecarga de trabajo, falta de recursos, plantillas insuficientes, pérdida de poder adquisitivo y una burocracia asfixiante que les impide hacer bien su trabajo. Durante meses —a veces durante años— sus reivindicaciones son ignoradas. Hasta que estalla el conflicto.
Y entonces ocurre lo de siempre.
Cuando “se monta el cisco”, cuando hay ruido mediático, malestar social y amenaza de desgaste político, el Principado saca la bolsa de caramelinos: alguna mejora puntual, algún complemento, algún compromiso que llevaba años siendo “imposible”.
Lo que antes no se podía pagar, de repente aparece. Lo que no era prioritario, pasa a ser urgente. No porque haya cambiado la realidad, sino porque ha cambiado el coste político de seguir mirando hacia otro lado.
La pregunta es evidente:
¿Por qué solo se reacciona cuando hay huelga?
¿Por qué quienes sostienen la educación y la sanidad tienen que llegar al límite para ser escuchados?
Esta forma de gobernar revela una lógica profundamente equivocada. Se actúa no desde la planificación ni desde el respeto institucional, sino desde la contención mínima del conflicto.
Se estira la cuerda todo lo posible, se normaliza el desgaste profesional y personal, y solo cuando la situación amenaza con romperse se concede lo imprescindible para apagar el incendio.
No para solucionar el problema de fondo, sino para ganar tiempo.
El resultado es devastador a medio y largo plazo. En educación, se deteriora la calidad del aprendizaje, se quema al profesorado y se empobrece la cultura crítica de la sociedad. En sanidad, se cronifican listas de espera, se sobrecarga a los profesionales y se pone en riesgo la atención al paciente.
Lo más grave es que hablamos de colectivos que no piden privilegios. Piden condiciones dignas para poder hacer bien su trabajo. Piden tiempo para enseñar, tiempo para atender, recursos suficientes y reconocimiento profesional. Piden, en definitiva, respeto.
Asturias no puede permitirse seguir tratando a sus maestros, profesores y médicos como si fueran un problema presupuestario y no un activo estratégico. Cada conflicto que estalla es un síntoma de una política que falla. Y cada “caramelín” concedido tras la huelga es la prueba de que las soluciones estaban ahí desde el principio, pero faltaba voluntad.
Una última pregunta. ¿Qué hace el Presidente del Principado?
Es cierto que el Gobierno de Pedro Sánchez no se lo pone sencillo. Desde que el presidente lanzó la propuesta del reparto autonómico a través de su Vicepresidenta taquilálica, Adrian Barbón parece instalado en una trinchera permanente, más preocupado por no equivocarse de bando dentro del PSOE que por liderar con claridad los problemas reales de Asturias.
Se parapeta tras sus consejeras, a las que deja el desgaste, el choque con los colectivos y la exposición pública, mientras él observa desde la retaguardia, esperando que le saquen las castañas del fuego.
Cuidado que el fuego está llegando de la mano de los agricultores y ganaderos que hoy están quemando hierba en la plaza de España de Oviedo esperando que la tocaya de Barbón les reciba, al parecer la Delegada de Gobierno tampoco da la cara al campo asturiano respecto al convenio con Mercosur. Otro frente más abierto y los que llegarán.
El problema de Adrian Barbón y Adriana Lastra es que no saben muy bien hacia dónde mirar: si hacia Ferraz, hacia Moncloa o hacia una Asturias cada vez más cansada. Y mientras dudan, su único plan es aguantar en la poltrona el mayor tiempo posible, cueste lo que cueste y se queme quien se queme. Que ardan otros.
Pero gobernar no es esconderse ni resistir por inercia. Gobernar es asumir responsabilidades, anticiparse a los conflictos y cuidar a quienes sostienen el país y, en este caso, a Asturias. Y eso, hoy por hoy, sigue brillando por su ausencia.
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Licenciada en Químicas
Profesora jubilada de intitutos.