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HUERNA: RÉQUIEM FÚNEBRE A 60 KM/H, CON PEAJE OBLIGATORIO

Conviene aclararlo desde el principio. Este texto no pretende entrar en debates políticos, ni repartir responsabilidades, ni señalar propietarios, concesiones o apellidos propios.

No va de gobiernos pasados ni presentes, ni de D. Francisco Álvarez Cascos, ni de la empresa concesionaria del peaje del Huerna. No es un ajuste de cuentas ni un análisis técnico.

Tampoco se pretende entrar en disquisiciones sobre si la orografía de las laderas es idónea para una autopista de alta montaña y de peaje; eso escapa al ánimo de este texto.

Una percepción cotidiana, no ideológica

Es, sencillamente, la sensación compartida de cualquier ciudadano de a pie que pasa semanalmente por el Huerna, paga religiosamente su peaje y asiste, metro a metro, con nieve, con sol o con lluvia, kilómetro a kilómetro, a una escena que se repite sin cambios apreciables.

Una percepción cotidiana que nace no de la ideología, sino del volante, del freno y del omnipresente cartel de “60 km/h”.

De autopista a experiencia casi mística

Importante resaltar que quien no haya pasado últimamente por el peaje del Huerna quizá aún crea que se trata de una autopista moderna, funcional y acorde a lo que se paga por ella. Error.

El Huerna ya no es una infraestructura: es una experiencia casi espiritual. Un ejercicio de paciencia infinita de vecino atrapado en atascos.

Una comitiva fúnebre viaria en la que los vehículos avanzan en silencio, a 60 km/h, con un camión marcando el paso y el resto siguiéndolo como si el duelo fuera obligatorio y adelantar, una falta de respeto.

El argayo eterno

El motivo oficial es el ya célebre argayo. Un argayo que lleva más de un año en reparación. Un año y lo que queda. Tiempo suficiente para levantar una catedral, rodar una serie de Netflix o, puestos a soñar, construir una de las pirámides de Egipto.

De hecho, quizá no sería mala idea contratar a aquellos obreros: si fueron capaces de subir paralelepípedos de toneladas con medios rudimentarios, no tardarían nada en mover los cantos rodados —muy grandes, eso sí— caídos del argayo. Probablemente en una mañana y sin necesidad de cortes eternos.

Pero no aquí. Aquí el argayo se observa, se estudia, se analiza… mientras a lo largo de todo el trayecto —túneles incluidos— solo hay un único carril habilitado, como si el resto de la autopista fuera patrimonio histórico o una recreación museística de lo que en su momento iba a ser una vía de alta capacidad.

Pagar como si funcionara, circular como si no

Lo verdaderamente admirable del asunto es que el peaje se sigue pagando íntegro, aunque el argayo transcurra escasamente en unas docenas de metros y, sin embargo, las obras estén casi en todo el peaje.

No solo eso: subió a primeros de año. Pagamos como si la autopista funcionara al 100%, aunque en la práctica la usemos al 30% y con banda sonora de réquiem.

Es el mismo modelo que los centros deportivos públicos durante el confinamiento: no los usabas, o los usabas al mínimo, pero la cuota completa llegaba puntual. Aquí igual, pero con túneles, argayos y resignación.

Conos, máquinas y silencio

Uno pasa por allí semana tras semana y observa. Observa que trabajadores en activo, pocos. Muy pocos.

En cambio, conos hay más que kilómetros útiles, más que señales con sentido y, por momentos, casi más que coches. Conos por doquier. Conos como si hubiera una convención internacional del sector.

Y junto a ellos, máquinas paradas y perfectamente aparcadas en los carriles inhabilitados, limpias, alineadas, descansando del trajín diario, semanal y mensual, seguramente porque con una hora al día alguien decidió que sobrepasaba el límite de trabajo del tacógrafo.

Da la impresión de que hay más maquinaria detenida que personal trabajando, y que quizá cada operario haya acudido a la obra llevando a la vez dos o tres vehículos, por si acaso.

La obra milagro en campaña

Seguramente esto cambie dentro de poco, cuando sea el período preelectoral, cuando la escena se transforma: cuando de repente parece que los obreros se multiplican por cien, aparecen decenas de figurantes con chaleco reflectante y casco impoluto que posan para la foto institucional, con dron incluido, y los titulares tranquilizadores anuncian que “las obras avanzan a buen ritmo”.

El ritmo, claro, solo existe para la foto. El resto del año, sigue el mismo silencio administrativo y la misma procesión de 60 km/h.

Una idea peligrosa

De hecho, empieza a surgir una idea peligrosa: si todos los que pasamos por allí cada semana bajáramos del coche y moviéramos una piedra, solo una, el argayo ya estaría quitado. En menos tiempo del que se tarda en redactar una nota explicando por qué aún no se puede dar fecha de finalización.

Ni épica ni liderazgo

Eso sí, conviene decirlo claramente: ni en sueños podría uno imaginarse a los dirigentes bajando al tajo (más bien subiendo al Huerna), azuzando a los obreros como Mel Gibson en Braveheart, arengando a las tropas antes del fragor de la batalla.

Nada de épica, nada de líderes de causas perdidas dispuestos a embarrarse por una infraestructura que se cae a cachos.

Aquí no hay discursos encendidos ni palas en mano. Aquí hay silencio administrativo, prudencia institucional y mucha paciencia ajena.

Pasar, pagar y seguir pasando

Seguramente en otras regiones uno podría imaginarse perfectamente al máximo dirigente subido a un dumper, pala en mano, cortando el tráfico hasta que alguien se tomara en serio esta comitiva fúnebre viaria diaria. Aquí no. Aquí se pasa, se paga y se sigue pasando.

Porque eso implicaría asumir la causa como propia. Implicaría ponerse al frente, incomodar, exigir, quizá enfadar a alguien. Y eso no encaja demasiado bien con una forma de gobernar más afín a callar, mirar hacia otro lado y confiar en que el problema se diluya solo, como si los argayos entendieran de comunicados oficiales.

Porque si algo funciona a pleno rendimiento en el Huerna, no es la autopista.
Es el peaje.

El cohete ACME

Y todo esto ocurre mientras se nos repite que Asturias “va como un cohete”, según palabras del Presidente. Cierto. Pero será un cohete marca ACME, de esos que despegan con mucha épica, trazan una estela espectacular… y a los dos segundos se estampan contra la ladera. Y otro argayo que te crió.

Lo que está claro es que si quieres aprender a ser paciente, a resignarte y a pagar por algo que casi nunca funciona, solo tienes que conducir por el Huerna. Todo lo demás es secundaria.


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