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Análisis directo del nepotismo estructural en Venezuela: clanes familiares, violación sistemática de la ley y un Estado convertido en botín del poder. Texto de Antonio Ledezma.


Así como los médicos distinguen entre el colesterol bueno y el malo, en esta rapiña por el control de cada centímetro de la administración pública en dictadura, también podríamos bautizar un “nepotismo bueno” y un “nepotismo malo”. Pero vayamos al fondo, sin eufemismos ni medias verdades.

Hace pocas horas, en uno de esos debates incendiarios de imposturas, Jorge Rodríguez —el siquiatra devenido en jefe de la Asamblea Nacional fabricada tras operaciones electorales fraudulentas— se lanzó con toda su artillería verbal contra la Cruz Roja Venezolana, acusándola de ser víctima de nepotismo solo porque el Dr. Mario Villarroel y su hijo “forman parte de su junta directiva desde hace tiempo”.

Más allá de la falacia ad hominem, Rodríguez pretende disfrazar esa acusación como si la permanencia familiar fuese un crimen per se, ignorando deliberadamente lo que él mismo practicó y continúa practicando con total impunidad.

Pero lo que nunca hemos escuchado a Jorge Rodríguez —ni a nadie de su entorno— es una sola condena al nepotismo que impera en el propio corazón del poder en Cuba, donde Fidel Castro y su hermano gobernaron décadas sin cuestionamientos éticos. Ni tampoco hemos escuchado su voz cuando Hugo Chávez —hoy emblema del Socialismo del Siglo XXI— empujó la reelección sin límites, prometiendo un país para siempre en manos de una cúpula que también repartió cargos entre parientes y allegados.

El nepotismo, sin embargo, no tiene matices de bondad o maldad cuando se trata de saqueo, violación de la ley y destrucción del Estado. Y si ha habido un país donde el nepotismo se ha hecho pandemia, ese país es Venezuela, especialmente en esta nefasta era revolucionaria.

Bajo Nicolás Maduro, el nepotismo abandonó toda pretensión de ética y se concentró como una plaga en la estructura central del Estado, pivotando sobre la influencia directa de su esposa, Cilia Flores, la autodenominada “Primera Combatiente”.

Ahí está la lista, cruda y sin eufemismos:

— Nicolás Maduro Guerra (“Nicolasito”), diputado de la Asamblea Nacional, Director General de Delegaciones Presidenciales en la Vicepresidencia, y Jefe del Cuerpo de Inspectores Especiales de la Presidencia.

Walter, Yosser y Yoswal Gavidia Flores, los “Chamos”, hijastros señalados por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos por recibir beneficios de contratos estatales, incluidos los CLAP.

Carlos Erik Malpica Flores, sobrino de Cilia, que simultaneó cargos críticos como Tesorero Nacional de la República y Vicepresidente de Finanzas de PDVSA.

Irving Molina, primo de Cilia, juez del Tribunal Supremo de Justicia.

Magaly Gutiérrez Viña, nuera de Cilia, presidenta del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (IVSS) y Ministra de Salud.

Esto no es nepotismo “bueno”: esto es una red familiar tejida dentro del Estado, donde los apellidos valen más que la meritocracia y donde la fidelidad al poder prevalece sobre la ley.

Casos de “familias del poder” se replican con descaro en los círculos más cercanos del PSUV:

La familia Rodríguez: Jorge Rodríguez (Presidente de la AN) y Delcy Rodríguez (Vicepresidenta de la República).

La familia Cabello: Diosdado Cabello (Ministro de Interior y Justicia), su esposa Marleny Contreras (exministra de Obras Públicas y Turismo), su hermano José David Cabello (Superintendente del SENIAT por más de quince años) y ahora su hija Daniela, Ministra de Turismo.

No son ejemplos aislados ni errores de gestión: son patrones estructurales.

Y aquí viene el dato que más debería escandalizar a cualquier venezolano que aún cree en el Estado de derecho: la Ley Contra la Corrupción de Venezuela prohíbe explícitamente la designación de parientes hasta el cuarto grado de consanguinidad para cargos públicos bajo la misma jerarquía.

Eso no se ha cumplido, ni por asomo. Ha sido ignorado sistemáticamente, incluso burlado por quienes hoy señalan con dedos acusadores a instituciones como la Cruz Roja, que sostienen su mística de servicio bajo presión, no bajo privilegios.

¿Nepotismo bueno? ¿Nepotismo malo? La tragedia es que aquí no hay bondad en el nepotismo. Hay violación de la ley, consolidación de clanes en el poder, saqueo institucional, y un Estado convertido en botín familiar.

Y mientras ellos reparten cargos como si fueran fichas de dominó, el país se cae a pedazos. No extrañemos que en su relato alterno el nepotismo de una ONG les parezca más grave que el nepotismo de una élite burocrática que ha convertido al Estado en su finca privada.

Eso no es liderazgo, y eso no es ética pública. Eso es corrupción hecha familia. Eso es, definitivamente, el nepotismo del poder en Venezuela.


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