Jesús Sanz Montes dispone, en el diario regional La Nueva España, de una tribuna en la que se pronuncia sobre cualquier tema digno de su interés y atención. Si algo se le puede agradecer es que, fiel a sus principios, no intenta navegar entre las turbias aguas de reaccionarios de derechas e izquierdas y se ciñe, siempre con rigor, a los preceptos que rigen su desempeño.
Estamos seguros de que la carta publicada ayer, 8 de febrero, habrá sido un ejercicio difícil para Sanz Montes. En ella amplía —no explica, por ser innecesario— una publicación realizada en X (antes Twitter) el pasado 29 de enero, relacionada con la prevista regulación masiva de inmigrantes que ha propuesto el Gobierno de Pedro Sánchez de acuerdo con sus socios de Podemos. A la habitual turba de la izquierda radical, acostumbrada a torcer y acomodar las palabras del enemigo para justificar sus absurdas pretensiones, siempre fracasadas, tal y como la Historia se empeña en recordarnos, se unió un grupo de “católicos” que se mostraron avergonzados porque Sanz Montes planteaba sus dudas frente a esa regulación masiva e incontrolada.
Que Sanz Montes no gusta en determinados círculos es evidente. Que nos agrada que así sea, también, porque eso significa que no se aparta del ministerio que le ha sido encomendado, que se mantiene fiel a la Palabra que ha de pronunciar, defender y enseñar.
Las misiones fundamentales de la Iglesia son la evangelización (kerygma), para proclamar la Buena Noticia de Jesucristo; celebrar la fe y santificar, alabar a Dios y alegrarse por los misterios de la salvación (sobre todo la Eucaristía); y, por último, servir al ser humano desde la caridad (diakonía), mediante una Iglesia enviada para amar, sobre todo a pobres y sufrientes, a través de la justicia, la reconciliación y la paz. La caridad no es un añadido más: es una expresión constitutiva de su misión en el mundo.
Por tanto, las palabras de Sanz Montes en su breve tuit son claras: acoger, sí, pero teniendo en cuenta que, no siendo nuestra casa infinita, debemos ser cuidadosos y prudentes; abrir las puertas al perseguido, hambriento y necesitado, cuidándonos del perverso, malintencionado o indeseable que solo viene a perturbar la necesaria convivencia pacífica. Todo lo demás es demagogia o imprudencia, prácticas deleznables tanto en el consciente como en el inconsciente. Y siempre desde la fe, desde la primera misión de la Iglesia, evangelizadora, y no otras, espurias y retorcidas, como bien nos apuntó hace muchísimos años don Pedro Fernández, ahora párroco en Cabrales, cuando, con su vehemencia habitual, advirtió: “El que quiera ayudar al prójimo sin tener a Cristo en el corazón, que se vaya a una ONG”.
En 2 Pedro 3,15-17 (RVR1960) se explica muy bien lo sucedido: “Y tened entendido que la paciencia de nuestro Señor es para salvación; como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito, casi en todas sus epístolas, hablando en ellas de estas cosas; entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición. Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que, arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza”.
Paciencia, porque como ésta vendrán muchas más.

Los hechos son los hechos, independientemente de los sentimientos, deseos, esperanzas o miedos de los hombres.
