Elisa Mouliá se ha convertido, seguramente sin quererlo, en la nueva afectada del feminismo administrado, ese que usa a las mujeres en su propio beneficio sin importar las consecuencias que sus acciones tengan para las propias mujeres.
Una magnífica cruzada que librar contra el imaginario patriarcado estructural y que instrumentaliza un asunto legal para engordar el cuento de una supuesta terrible situación que vivimos las mujeres, todas y cada una de nosotras, según vomitan, sin excepción.
No se le pueden reprochar a la presentadora los bandazos que ha pegado con respecto a la denuncia interpuesta contra el expolítico (ahora denuncio, ahora retiro la denuncia, ahora vuelvo a denunciar), porque cada uno es libre de hacer lo que le venga en gana, pero todo apesta a manipulación por parte de esos agentes de igualdad que marcan el camino de la buena mujer, como en tiempos pretéritos hacían otros.
Cristina Fallarás, periodista de extraño prestigio, cuyos recientes y más notables méritos han sido publicar denuncias anónimas sin contrastar («hermana, yo sí te creo») e insultar a todo un espectro político, declaró en RTVE que había hablado con Mouliá tras el anuncio de retirar su demanda, el mismo día que Mouliá volvió a reiterarse en la demanda. Todo parece indicar que Mouliá, quien ya manifestó que estar en el foco mediático no le estaba haciendo ningún bien, está siendo empujada a librar una batalla en unas condiciones, las de la exposición pública, que no son fáciles de sobrellevar.
El feminismo administrado no necesita referentes; lo que necesita con urgencia y ansia, para seguir alimentando su cuento, son mártires. Y le importa un bledo si se podrá o no con el peso que se carga a sus espaldas: hay que apretar y se aprieta. ¿Se ha planteado alguien las consecuencias que esto puede tener para la salud mental de Mouliá —salud mental que, insisto, ya ha manifestado que no está en su mejor momento—?
Eso no importa. Importa el relato, la historieta, el cuento para seguir alimentando una ideología espuria que somete a las mujeres, que las infantiliza y las hace sujetos de especial protección, solo por el hecho de ser mujeres.
La demanda por agresión sexual a Íñigo Errejón puede seguir adelante sin necesidad de montar un circo a costa de la denunciante, pero la denunciante es lo que menos le importa a la cuadrilla del feminismo administrado.
Como no le importan las mujeres, sino engordar una fábula que le permita perpetuarse, sobrevivir en tiempos en los que, por supuesto que hay machismo, pero un machismo que no podrán resolver, porque vive instalado en la ficción de que todos los hombres son culpables y todas las mujeres víctimas.
El análisis es tan chusco, tan de broca gorda, que sorprende, y mucho, que siga teniendo adeptos que no vivan de ello y lo hagan exclusivamente por convicción en el argumentario.
Créanme o no, haya ustedes, pero o se pone freno a esto o tendremos una generación —si no la tenemos ya— que será incapaz de defenderse: mujeres y hombres idiotas, en sentido etimológico, perdidos en una ideología que, lejos de ayudarles, les convertirá en el caldo de cultivo perfecto para que la estupidez y el machismo campeen a sus anchas.
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin la cita expresa de Asturias Liberal y de su autora.

