Asturias Liberal > Aportaciones > Venceremos, Benito

Fotografía de portada: Giacomo Puccini


Vivimos tiempos en los que la polarización ha invadido todos los espectros, incluido el arte.

El pasado fin de semana se celebró en Santa Clara, California, la Super Bowl: el tradicional partido final que se disputa cada segundo domingo de febrero y decide el campeón de la NFL (fútbol americano).

Más allá de la emoción deportiva, la controversia en torno a este espectáculo llegó en el descanso del partido con la actuación del puertorriqueño Bad Bunny (de nombre real Benito Antonio Martínez Ocasio). La polémica mezcla críticas políticas, legales y culturales:


En cuanto a la política, el propio presidente Trump calificó el espectáculo como “absolutamente terrible” y “una bofetada en la cara” para el país. A través de sus redes sociales, afirmó que “nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo” y que el show “no representó los estándares de excelencia de la nación”. Por si eso fuera poco, tanto desde el sector republicano como por parte de algunos conservadores también han llegado peticiones de sanción para la NFL, la cadena NBC y para el propio artista y su música, so pretexto de que su temática se basa en palabras soeces, referencias al consumo de drogas, contenido sexual explícito, y “depravación”… además de exhibir coreografías inapropiadas para una audiencia familiar. El espectáculo incluyó simbolismos como la bandera de Puerto Rico con el triángulo azul claro (asociada al movimiento independentista) y referencias a los apagones en la isla. Además, el artista mantuvo su discurso contra el ICE (Servicio de Inmigración y Aduanas), el cual ya había iniciado en los Grammy días antes al gritar “Fuera ICE”.

En cuanto a las consecuencias legales, el autor se enfrenta a una demanda de 16 millones de dólares presentada por Tainaly Serrano Rivera, quien alega el uso no autorizado de su voz en la frase “Mira, puñeta, no me quiten el perreo”, en las canciones “Solo de Mí” y “EoO”.

En cuanto a la polémica cultural, el hecho de que el show (a excepción del tema de Lady Gaga) fuera interpretado íntegramente en español generó rechazo en sectores que consideran que el evento más “americano” de la televisión debería ser en inglés. Bad Bunny respondió previamente a estas críticas sugiriendo que quienes estuvieran molestos tenían “cuatro meses para aprender español”.


Vivimos en unos tiempos en los que la polarización ha invadido todos los espectros, incluido el arte. Sin entrar a valorar las polémicas políticas o legales, si me gustaría trasladar mi opinión sobre el tema cultural porque me parece que, poco a poco, generación tras generación, estamos asistiendo al declive de las expresiones artísticas. No entiendo de arte, pero todavía me quedan sentidos para contemplar y apreciar lo que es de mi gusto y lo que no lo es.

Una cultura musical hispanoamericana tan rica, con influencias europeas y criollas que durante los últimos siglos fructificaron en géneros como las cuecas y las zambas, el tango, el bolero, la cumbia, el vallenato, la bachata, el son, la salsa cubana, etc… no puede verse representada por “eso” que hace ahora Bud Bunny (o Benito Antonio). El cuidado y gusto por las letras, por las rimas o por la melodía y musicalidad en cualquiera de los géneros que antes he enumerado (por poner algunos ejemplos) no admite comparación alguna -insisto, en mi opinión- con lo que ahora perpetran y denominan “Trap Latino” y/o “Reggaetón”; he escuchado en un programa deportivo una definición para la música de Bad Bunny que me parece muy original: “parece un niño mudo al que le ha enseñado un logopeda a hablar”.

Cuando parece que la expresión artística busca la provocación por encima del deleite o del buen gusto, suelo preguntarme: ¿qué necesidad hay de ofender?

No cabe duda de que la libertad de este siglo XXI viene acompañada de nuevas expresiones artísticas que no nos queda más remedio que contemplar, aunque cueste encontrarles algún mérito que les haga acreedoras de respeto: todavía no nos hemos recuperado de las escenas de la inauguración de los JJ.OO. de verano de París en 2024, en las que varias drag-queens y un cantante casi desnudo protagonizaban una parodia de “La Última Cena” (recordemos que la organización se vio obligada a pedir perdón a quienes se habían sentido ofendidos, alegando que su intención era “celebrar la tolerancia y la inclusión”), por no recordar otro sketch que nos presentaba a una María Antonieta decapitada que servía de ornato para la actuación de un grupo de heavy metal…

En estos casos, cuando parece que la expresión artística busca la provocación por encima del deleite o del buen gusto suelo preguntarme: ¿qué necesidad hay de ofender?, ¿el artista no es capaz de expresarse sin que alguien se sienta ofendido?

Pero este fin de semana también hemos comprobado que hay esperanza en el mundo, que -parodiando a los geniales Goscinny y Uderzo– “una pequeña aldea poblada por irreductibles galos resiste…”, aunque no me refiero a ningún pueblo francés, sino a los defensores de otro tipo de cultura más tradicional, este caso representados por la República de Italia: con motivo de la inauguración de los Juegos Olímpicos de invierno de Milán-Cortina d’Ampezzo han dado -a mi juicio- una lección de buen gusto y de respeto por la cultura y las costumbres.

Italia y la ceremonia “Armonía”

La ceremonia de inauguración, de título “Armonía” se enfocó en la cultura italiana y en la unidad, por primera vez contó con dos pebeteros simultáneos: uno en Milán y otro en Cortina d’Ampezzo. El diseñador Giorgio Armani (fallecido en septiembre de 2025) dejó como legado los trajes oficiales del equipo italiano y algunos trajes monocromáticos de la ceremonia que -al unirse- formaban una representación humana de la bandera de Italia. Las coreografías se coordinaron simultáneamente en cuatro sedes (Milán, Cortina, Livigno y Predazzo), permitiendo que artistas y atletas en diferentes ubicaciones se sintieran partícipes de un único espectáculo que buscaba equilibrar la tradición artística con la modernidad tecnológica.

Como muestra, esta fue la solemne interpretación del himno italiano:

Después de esta interpretación y puesta en escena -a mi juicio emocionantes- se me ocurren los términos de sencillez, seriedad, respeto, solemnidad, admiración… e incluso envidia, cuando pienso en la moderna tradición implantada en mi país por las aficiones de determinados equipos deportivos y su falta de respeto por los símbolos nacionales que no parecen importar a nadie, puesto que nadie se atreve a decir nada ni a hacer nada:

Esto es un ejemplo de la final de Copa del Rey entre el FC Barcelona y el Athletic de Bilbao en 2015 que se repite en los últimos años:

Como se puede apreciar, si comparamos ambas actuaciones, en el caso de Italia se pide respeto y que -quien pueda- se ponga de pie para escuchar el himno nacional, mientras que en el caso de España sólo estamos expectantes sobre el nivel de decibelios que alcanzará la esperada pitada, una actuación concertada y organizada previamente.

Si, como hemos visto, en el caso de Bad Bunny en EE. UU. ha habido reacciones a todos los niveles e incluso denuncias por lo que consideran indecoroso… ¿alguno de ustedes conoce alguna denuncia o crítica elevada sobre lo ocurrido recurrentemente en la Copa del Rey en España? Amparados en una supuesta libertad (como Bad Bunny o los organizadores de la gala de inauguración de los JJ.OO. de París 2024), tanto los clubes como los organismos oficiales de este país, permiten y consienten el escarnio hacia símbolos nacionales por parte de una cada vez más numerosa masa humana, algo que se me antoja impensable en cualquier otro país: ¿qué ha pasado en España desde 1992, cuando fuimos capaces de organizar unos ejemplares JJ.OO. en Barcelona?, ¿seríamos capaces ahora de repetirlo con el mismo éxito?… lamento pensar que no sería posible.

Volviendo a la ceremonia italiana, otra escena -en mi opinión- tan emocionante como sobresaliente fue la llegada de la llama olímpica al estadio de San Siro portada por dos leyendas deportivas como Bergomi y Baresi, leyendas de los dos clubes de la ciudad y rivales acérrimos (Inter de Milán y Milán AC, respectivamente) que con su unión enfatizan la “Armonía” pretendida en el espectáculo:

La solemnidad y la elegancia de Laura Pausini para interpretar “Il Canto degli Italiani” (himno de Italia), así como de Andrea Bocelli para interpretar “Nessun Dorma” son muestras de seriedad, de profesionalidad y de saber estar a la altura del momento en la ceremonia, pero -sobre todo- de respeto hacia lo que se representa y a los que participaban directa o indirectamente en el acto: puede emocionar o no, pero es imposible que alguien se sienta ofendido.

Nessun Dorma” se eligió en esta ceremonia por ser un icono de la cultura italiana que, en un contexto de desafío (como el de Turandot), simboliza la confianza, la pasión y la seguridad en la victoria que espera al alba, como así lo expresa su famosa exclamación final “Vincerò!”… y por eso, una vez repasadas las muestras culturales de este fin de semana, me reafirmo en que no debemos abandonar nuestra defensa por el buen gusto, por la cultura tradicional, por el respeto hacia nosotros mismos, hacia nuestras tradiciones y hacia nuestros símbolos:

Vincerò, Bad Bunny!… ¡Venceremos, Benito!

Asturias Liberal
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.