A veces el liderazgo no se ejerce levantando la voz, sino sosteniendo el espejo.
Ocurrió hace ya unas cuantas décadas, en un comité de dirección de una empresa en la que yo ejercía como Director de Operaciones. De esos comités donde se despotrica mucho sobre lo ajeno, se escucha poco y se piensa lo justo para no hacerse daño.
Comités donde la frase más repetida es «es fundamental hacer», hasta que uno —normalmente yo— se ve obligado a aclarar que lo verdaderamente fundamental no es hacer, sino hacer-hacer, y dejar de una vez las discusiones filosóficas, circulares y eternas que no llevan a ninguna parte… salvo a la siguiente reunión.
Comités, también, donde alguno entra ya con el motor a varias miles de revoluciones, dispuesto a atropellar todo lo que se mueva.
En fin, vamos al meollo.
Uno de los directivos presentes decidió pasar de 0 a 100 sin semáforo, sin cinturón y sin casco. ¿El motivo del apocalipsis? Que el día anterior había acompañado a un cliente a los lavabos de los talleres… y estaban sucios. Horror. Catástrofe. López, directamente al pelotón de fusilamiento y contra el paredón.
—«López, parece mentira que los tengas así. No mereces el puesto que ocupas».
A partir de ahí, cinco minutos de soliloquio a voz en grito, con vena hinchada, ojos casi inyectados en sangre y una colección de exabruptos que no merece la pena reproducir. Una especie de stand-up comedy corporativo, pero sin humor, sin público y sin talento.
Cuando por fin hizo una pausa para respirar —creo que más por necesidad fisiológica que por educación—, soltó:
—«López, ¿no tienes nada que decir?»
Claro que sí. Pero opté por un formato más pedagógico y menos vocal: la visita guiada.
—«Sí. Pero mejor venid todos conmigo un momento. No nos llevará más de dos minutos».
Primera parada: el despacho del acusador
Observado prudentemente desde el umbral de la puerta. Un ecosistema salvaje. Papeles sin ordenar, carpetas campando a sus anchas, la mesa convertida en una trinchera estratificada de documentos. El cenicero —cuando aún se fumaba en las oficinas— rebosando colillas, con la ceniza repartida como si hubiera pasado una ventisca nicotínica.
Segunda parada: mi despacho
Todo en orden. Ni un papel fuera de sitio. Libros y archivadores alineados con precisión casi germánica. El suelo, huérfano de documentos caídos en combate.
Tercera parada: el baño de las oficinas
Lavabo sucio. Papelera llena hasta arriba, con papeles alrededor como si todos los lanzamientos hubieran ido fuera del aro. Los rollos de cartón del papel higiénico, ya difuntos, abandonados en cualquier rincón como restos arqueológicos de civilizaciones pasadas.
Regresamos a la sala de reuniones. Sin mediar palabra. El silencio empezaba a ser incómodo… para algunos.
Y entonces dije:
—«Algo que decir… Yo sí. En teoría, la gente de oficina suele ser más limpia: va de bata blanca —o casi—, manos suaves e indumentaria impoluta. En cambio, la gente del taller trabaja con grasa, polvo y aceite; manos y ropa sucias por definición».
Las apariencias ordenadas no siempre revelan conductas limpias.
Pausa breve, de las que anuncian tormenta.
—«¿Sabéis cuál es la diferencia entre la micción de un oficinista y la de un operario de taller?»
Silencio incómodo. De esos que pesan.
—«Que el segundo se lava las manos antes… y el primero se las lava después».
Otra pausa. Esta ya bastante más larga.
—«Así que, probablemente no conozcáis a nadie tan ordenado, meticuloso y germánico en organización como yo. Pero hay una faceta mía que quizá desconocíais: no me gusta que me llamen la atención sin razón. Y por eso, fulano, antes de fijarte en la paja sucia del ojo ajeno… convendría revisar con calma la viga, bastante más mierdosa, que llevas en el tuyo».
Silencio administrativo.
Fin de la función.
P.D. Fuimos buenos amigos. Años después, aquel mismo tipo me seguía diciendo:
—«López, es la primera vez que alguien me llama la atención sin decir casi una sola palabra. Yo estaba acostumbrado a liarme a voces con todo el mundo».
Las lecciones de liderazgo que duelen son las que permanecen.
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Consultor empresarial.
Germánico en organización, perseverante en las metas, pragmático en soluciones y latino en la vida personal.
¿Y por qué no?
