Asturias Liberal > Aportaciones > La mala influensia

 

A veces no es que la vida cambie: es que cambia el modo de estar con los otros. Y, sin darnos cuenta, acabamos llamando “modernidad” a una forma elegante de volvernos más secos.

En unos días el que suscribe celebrará su vigésimo séptimo aniversario en la empresa, un hecho que para unos puede ser un honor y para otros una muestra de acomodamiento o falta de ambición.

Como en cualquier relación, creo que es justo reconocer que ha habido mejores y peores épocas, pero –sobre todo- diferentes maneras de trabajar a las que no ha quedado más remedio que adaptarse: las empresas, como la sociedad, han cambiado en estos últimos años y tan de necios sería afirmar que todo lo de antes era mejor como que los tiempos modernos son una maravilla.

Atenciones que ya no se estilan

Una de las cosas que con el paso de los años han dejado de hacerse son las atenciones que solíamos tener con los clientes o sus representantes cuando nos hacían una visita: hace más de veinte años era normal ir a recoger a cualquier representante de un cliente al aeropuerto, atenderle en el cometido de su visita (en mi caso lo normal eran visitas de seguimiento y/o inspección a los talleres, revisión de documentos, etc) y terminar la jornada con un almuerzo antes de volver a llevar a nuestro invitado al aeropuerto.

Debo anticipar que guardo muy buenos recuerdos de casi todos mis visitantes, especialmente aquellos que me superaban ampliamente en edad, por todo lo que me enseñaron y puede aprender de ellos en el campo profesional, pero también en el plano personal… algo para lo que servían de manera especial los momentos de la comida.

La comida, esa ceremonia humilde: donde se revisan planos, sí, pero también se ajustan almas.

Por ejemplo, recuerdo a un excelente profesional que estaba cercano a la jubilación y con el que solíamos hablar de su Soria natal y del contraste con su vida en Madrid, de un Austin Morris que aún conservaba y de nuestros gustos afines por la comida, no en vano solía adjudicarme el refrán que él mismo se aplicaba: “De lo que come el grillo, poquillo”… cuando se trataba de elegir el menú y descartar las verduras en favor de algún pescado o –sobre todo- alguna carne.

Cuando el invitado venía de lejos

Con cierta frecuencia nuestros invitados eran extranjeros, y en estos casos debíamos extremar la sutileza para ofrecer viandas que fueran de su agrado o no se consideraran agravios para sus costumbres o religión. Uno de estos casos era un inspector de origen iraní (aunque él insistía en que era persa) que, cuando le tanteábamos sobre sus gustos o limitaciones con el menú, solía respondernos: “estamos la tierra de vuestro profeta, y éste dice que bebamos vino en su memoria” … argucia con la que nos daba vía libre para acompañar los manjares de un vino adecuado.

Siguiendo con el vino, recuerdo a otro inspector que nos visitaba de manera periódica a pesar de superar holgadamente los setenta años (según su opinión, porque en su empresa las nuevas incorporaciones no querían adaptarse a su trabajo de viajar cada semana a un sitio distinto y los perfiles para este tipo de cometido escaseaban), que solía agradecer un menú del día con plato de cuchara (si eran alubias mucho mejor)… y con vino: “Aurelio, si quieres llegar a los setenta y dos -como yo- al pie del cañón, hay que tomarse media botella de jarabe tinto al día”, solía recetarme.

Del “sol y sombra” al alcoholímetro

En estos años de vida laboral he pasado de los montadores que tomaban un copazo antes de entrar a trabajar, de las máquinas de refrescos en los talleres donde -apuesto a que- la cerveza tenía más demanda que otros refrescos, o del “sol y sombra” (aplíquese a cualquier otra bebida espirituosa) después de la comida… a las empresas donde el consumo de alcohol está terminantemente prohibido: no en vano en cada vez más empresas se están implantando protocolos para el acceso a sus instalaciones con controles de alcoholemia sin margen para un solo gramo de alcohol.

El día que me bautizaron

De vez en cuando suelo ir a comer con mi “grupo Acapulco” de compañeros a un conocido restaurante donde algunos de ellos llevaban años yendo a diario (lamentablemente han dejado de hacerlo por motivos inflacionarios). La dueña del local, una morena colombiana muy trabajadora y de afable carácter, tenía con ellos una especial relación de cercanía merced a estas visitas cotidianas, y siempre saludaba con un alegre “¿qué tal estáis chicos?” endulzado con su acento colombiano.

Un buen día, en el que yo estaba presente, al acostumbrado saludo le acompañó un alegre: “¿hoy está también la mala influensia?”, refiriéndose sin lugar a la menor duda a mí… y el motivo de hacer méritos para ese calificativo fue que la chica se daba cuenta de que mis compañeros comían siempre con agua salvo el día en el que yo les acompañaba, ocasión en la que se comía con vino y gaseosa.

“Mala influensia”: dicho con cariño, pero con la puntería de quien observa patrones mejor que un auditor.

Prohibir no siempre es mejorar

Entiendo la absoluta prohibición de alcohol para determinados trabajos, de la misma manera que algunas profesiones deberían tener una mayor rigurosidad en cuanto a controles físicos o psicológicos, pero creo que –aún a riesgo de manifestar una opinión controvertida– a veces nos pasamos con las prohibiciones y nos encaminamos peligrosamente hacia una sociedad anti-social: pocos momentos hay más relajantes que una comida con un poco de vino en la que hablemos de cosas triviales y simples para desconectar de los problemas laborales y oxigenar nuestras cabezas.

A veces nos pintan tiempos pasados oscuros, con penurias y carencias en cuanto a la libertad, pero lo cierto es que los tiempos modernos nos llevan hacia cánones que rayan la dictadura, en los que una copa de vino, un piropo o una canción estarán prohibidos (si no lo están ya) por colisión con los preceptos de alguna minoría o normas generalmente paridas por algún meapilas acomplejado: una sociedad triste y carente de sensibilidad que se identificará antes con temas del famoso Bad Bunny que con algo tan nuestro como un pasodoble.

Asturias Liberal
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.