Porque el problema nunca fue el coche.
Fue creer que el compromiso era negociable.
Hace ya unas cuantas décadas —cuando el teléfono era fijo (hasta de rueda en lugar de teclado), el fax de papel continuo parecía alta tecnología y los móviles eran…¿Qué era eso? — yo ejercía de Director de Operaciones en una empresa del metal que decidió que, ya que me fichaba, lo lógico era liarse la manta a la cabeza y crecer.
O más bien, me fichó para crecer (“López, si no vienes con nosotros, no nos metemos en este lío”, me dijeron).
Y crecer en el metal no es poner una maceta más en la oficina. Es comprar maquinaria, ampliar naves, contratar gente, aumentar la facturación… y, por supuesto, multiplicar también los problemas.
Porque toda subida de nivel viene con su correspondiente subida de dolores de cabeza.
Aquello era un no parar. Cada semana entrevistábamos decenas de caldereros, soldadores, ayudantes y aspirantes a ser todo en el metal.
En oficinas centrales filtraban currículums y yo remataba la faena en el taller. Buscábamos músculo industrial, pero también carácter.
Porque en producción, el carácter es una herramienta más.
“Apunta maneras”
Un buen día me llaman de oficina:
—“Oye, ha venido un chico que apunta maneras. Podría encajar como encargado o jefe de taller. O ya verás tú, que eres el que sabe…”
Palabras mayores.
Le cité esa misma tarde en la oficina.
Buen porte, experiencia razonable, conversación fluida. Había estudiado la extinta “efepé” en el mismo colegio que yo. Sabía de planos, de soldadura, de ritmos de producción. Vamos, que sobre el papel pintaba bien.
Solo tenía un pequeño detalle logístico: no tenía coche para llegar al taller al día siguiente.
Como vivíamos en el mismo barrio, me ofrecí a llevarle. Eso sí, con una condición muy sencilla:
—“Entramos a las 8:00, pero yo salgo a las 7:00 porque me gusta estar allí a las 7:20.”
No era capricho. Era costumbre. Entre las 7:20 y las 8:09, en que todo el personal se había incorporado, ya había visto la potencial carga del día, hablado con los encargados que madrugaban como yo, detectado posibles incendios y, si hacía falta, apagado alguno antes de que ardiera medio polígono.
Y si no, llegaba bastante antes porque me daba la gana.
Quedamos así.
El primer pulso
A la mañana siguiente, 7:00 en punto, yo estaba en el portal.
7:05… nada.
7:10… silencio.
7:15… ni rastro.
7:25… aparece el aspirante, tranquilo, casi pedagógico y al verme el hocico cuasi iracundo me suelta:
—“López, tampoco hace falta llegar media hora antes. Con salir a esta hora es suficiente.”
Ahí ya entendí que el problema no era el coche.
El problema era el reloj.
- Fuimos al taller.
- Le presenté a la gente.
- Observó.
- Preguntó lo justo.
- El día transcurrió con normalidad aparente.
Yo, mientras tanto, pensaba en algo muy simple: un jefe de taller no marca solo ritmos de producción; marca ritmos mentales.
Al terminar la jornada le pregunté con naturalidad:
—“¿Cómo vas a hacer mañana para venir? ¿Has hablado con alguien para que te acerque?”
Respuesta impecable, en su lógica:
—“No hablé con nadie. Pensé que volverías a traerme tú. Pero, ojo, a las 7:20, que no quiero llegar media hora antes.”
Ahí fue cuando el acero se templó.
Lo que estaba en juego
Si en tu primer día:
- 1. No buscas solución a tu propio problema logístico.
- 2. Das por hecho que otro lo resolverá.
- 3. Y además intentas fijar tú la hora a la que entra tu jefe…
No tienes un problema de transporte.
Tienes un problema de actitud.
Mi respuesta fue sencilla:
—“Fulano, si tuviste todo el día para buscar chófer y no lo hiciste, y si encima que soy tu jefe quieres imponerme la hora a la que entro y salgo del taller, no me interesas. Mañana no tienes que madrugar. Pasa por la oficina a la hora que estimes conveniente y tendrás la cuenta preparada.”
Sin dramatismos. Sin discursos motivacionales. Sin recursos humanos de por medio.
La lección (sin máster)
En industria aprendí algo que no enseñan en ningún máster:
La puntualidad no es llegar a las 8:00.
Es entender por qué alguien quiere estar allí a las 7:20.
Porque en el metal, como en la vida, el que empieza negociando el reloj suele terminar negociando la responsabilidad.
Y para eso, sinceramente, no hacía falta invertir en maquinaria nueva. Bastante inversión era ya la paciencia.
Porque el problema nunca fue el coche.
Fue creer que el compromiso era negociable.
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin la cita expresa de Asturias Liberal y de su autor.

Consultor empresarial.
Germánico en organización, perseverante en las metas, pragmático en soluciones y latino en la vida personal.
¿Y por qué no?
