Asturias Liberal > Aportaciones > Si no fuera por la música…

 

En mi época de estudiante adolescente llevaba la carpeta forrada con fotos de coches, mis queridos Dire Straits, letras de canciones y citas curiosas. Una de esas citas rezaba “en verdad, si no fuera por la música habría más motivos para volverse loco”, una expresión atribuida a Tchaikovsky, aunque yo no conocía la situación ni el momento que le llevó a tal reflexión.

Años más tarde he podido enterarme de que esa cita es una de sus múltiples reflexiones plasmadas en las numerosas cartas que intercambió con su mecenas Nadezhda von Meck.

La vida de Piotr Ilich Tchaikovsky fue una lucha constante contra sí mismo, un tormento interior que intentó canalizar hacia el trabajo y la genialidad creativa.

Nacido en 1840 en el seno de una familia acomodada, fue un joven extremadamente sensible, con un conflicto interno provocado por su homosexualidad y propenso a episodios de crisis nerviosas, depresión profunda e inseguridad que le hacían dudar de sí mismo y buscar refugio en un trabajo técnico riguroso como músico y compositor (solía decir que “la inspiración es un invitado que no visita voluntariamente a los perezosos”).

En 1877, y en un intento desesperado de normalizar su vida o buscar cierta estabilidad, contrajo matrimonio con su admiradora y alumna Antonina Miliukova… aunque esa unión fue un auténtico desastre, estalló por los aires y desencadenó otra severa crisis nerviosa en nuestro músico.

Por su parte, Nadezhda von Meck había nacido en 1831 en el seno de una noble familia rusa y se había casado con Karl von Meck, un empresario de éxito en el floreciente negocio del ferrocarril.

Después de dieciocho hijos (de los que sobrevivieron once), Nadezhda von Meck enviuda en 1876 y se queda al frente de una enorme fortuna, negocios boyantes y al cuidado de sus once hijos, si bien su carácter fuerte e independiente le hace delegar sus obligaciones empresariales y maternales en servicios profesionales para dedicarse a su verdadera pasión: la música.

Huyendo de relaciones sociales (y mucho más de eventuales pretendientes) se embarca en la tarea del mecenazgo de jóvenes y prometedores músicos.

Hemos llegado al año 1877 y tenemos a un Tchaikovsky recién separado de su efímera esposa pasando por una severa crisis que lo paraliza y coloca en una situación de extrema fragilidad, y una Nadezhda von Meck que, tras fijarse en la música de cámara y en algunas obras para piano de Tchaikovsky, encuentra en él no sólo a un artista emocional y lírico, sino a un genio indefenso y frágil necesitado de protección, algo que incita a nuestra mecenas para iniciar un acercamiento al músico a través de cartas, de una manera delicada para que él no se sintiera menospreciado o dañado aún más en su integridad moral: ella le muestra su admiración y le ofrece un pacto consistente en generosas ayudas económicas a cambio de que él se entregue a la composición y cumpla sólo con el requisito de que en ningún momento tendrán contacto físico… nunca deberían conocerse personalmente.

Ambos habían dejado atrás sendos matrimonios y en ese momento los intereses de ninguno de los dos pasaban por nueva vida social y mucho menos amorosa, sino por centrarse en otras pasiones y por una relación idealizada que les permitiera emociones directas.

El intercambio epistolar empezó en 1877 y duró hasta 1890, periodo en el que se intercambiaron más de 1200 cartas en las que pueden encontrarse confesiones personales (el autor le hablaba de su ansiedad, de sus inseguridades, de su miedo constante al fracaso, de su melancolía…), reflexiones musicales (el autor le explica detalladamente el significado emocional de sus obras) o la soledad compartida (ella le reconocía que, pese a su riqueza, vivía asilada y retirada socialmente mientras que él se sentía incomprendido por más que su fama fuera en aumento): ambos se admiraban y se profesaban afecto, pero de una manera más espiritual que romántica.

Si bien Tchaikovsky se empleaba con una franqueza casi compulsiva (en una sociedad rusa marcada por el conservadurismo moral, la escritura le permitía sincerarse sin correr un riesgo inmediato), la señora von Meck respondía con afecto, pero de una manera más prudente y con una mayor contención emocional: para ella la distancia –en todos los sentidos- era esencial, lo que le obligaba a mantener la relación dentro de unos límites.

En esta relación ella le ofrecía estabilidad económica al músico, pero también un sostén psicológico que le proporcionó el equilibrio necesario para corresponder con su genialidad artística y apertura emocional; no cabe hablar de romance, sino de una alianza espiritual entre dos almas solitarias y afines que encontraron en esta distancia un espacio seguro para la sinceridad: el arte puede convertirse en puente entre vidas que nunca se encontraron frente a frente y crear una dependencia en la que él encontraba terapia a su desesperación a la vez que ella encontró una mente brillante a quién admirar, una sensibilidad digna de su mecenazgo y un vínculo intenso pero controlado.

Gracias a esta historia y a las cartas escritas por mecenas y autor hoy sabemos que Tchaikovsky no sólo le dedicó algunas de sus obras a Nadezhda von Meck (empezando por la Sinfonía nº4 con la que quería representar “el destino”, una fuerza que aplasta la voluntad humana), sino que le explicaba cómo concebía cada obra, qué sentimientos la motivaban, qué dudas le iban asaltando durante el proceso creativo… mientras que ella preguntaba, opinaba y discutía sobre los argumentos del autor.

En 1890, Nadezhda von Meck anunció el final de su apoyo financiero y relación, algo que para Tchaikovsky fue un duro y devastador golpe a nivel emocional. No volvieron a tener contacto. El músico falleció en 1893 y su mecenas en 1894.

Por cierto, la cita con la que abría el artículo se encuentra en una de las cartas escritas por el autor entre el 23 de noviembre y el 5 de diciembre de 1877 (carta 659), en uno de sus momentos más depresivos:

“…Truly one should go mad were it not for music. Music is indeed the most beautiful of all Heaven’s gifts to humanity wandering in the darkness. Alone it calms, enlightens, and stills our souls. It is not just a straw in the wind, but a genuine friend, protector and comforter, and it alone makes life worth living.”

En esa misma carta reconoce que ni la filosofía ni la religión (a pesar de reconocerse creyente) han logrado calmar sus inquietudes ni dar respuesta a sus contradicciones, por lo que sólo en la música encuentra consuelo a su desesperación y hace que la vida merezca la pena: la composición musical fue para Tchaikovsky su único mecanismo de defensa contra el «autodesprecio» y el miedo constante; para él, la música no era un adorno, sino una necesidad biológica para procesar emociones que no podía expresar de otra forma.

Si ustedes tienen interés en el asunto, les recomiendo la página:
Tchaikovsky Research

 

Asturias Liberal
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.