Corría la primera mitad de la década de los 90 del pasado siglo XX cuando el que suscribe cursaba sus estudios universitarios.
Recuerdo que algunos días tenía clases en horario de mañana y tarde, y luego solía quedar con un buen amigo para dar una vuelta por Oviedo y esperar juntos el autobús universitario de vuelta a nuestra casa: desde nuestra cotidianidad nos cuesta creerlo, pero no había teléfonos móviles y sabíamos dónde podríamos encontrarnos en un rango de horas determinado.
Un triste despido y dos buenos amigos
Un buen día mi amigo estaba con su primo, un hombre sensiblemente mayor que nosotros (calculo que en aquel momento rondaría la cincuentena) que estaba hundido: después de una vida entera trabajando en un concesionario de automóviles Renault, donde desde bien joven había aprendido el oficio y se había convertido en un fino chapista, la empresa había decidido despedirle súbitamente.
Como no podía ser de otra manera, su cara estaba compungida y su ánimo abatido, frutos de la desesperación y el desamparo con las que un despido inesperado golpea a quien se entrega a su empresa y a su profesión: “¿qué va a ser de mi ahora?”, “¿dónde voy a ir a mi edad?” … preguntas para las que ni mi amigo ni yo teníamos respuestas más allá del manido “tranquilo, la vida sigue, no te preocupes que algo aparecerá”.
Las primeras mistelas
Tratando de salir del paso, en busca de un consuelo o de una terapia de reanimación, le propusimos ir a tomar un vino, algo que desde su profunda pesadumbre no le quedó más remedio que aceptar, así que entramos en el -por aquel entonces- emblemático bar “El Manantial”, un bullicioso centro de tertulias en el Oviedo de la época: andábamos limitados de presupuesto (aunque mil pesetas de la época daban para mucho) y pedimos unas mistelas acompañadas de unos típicos bollos preñaos recién hechos… la mistela nos recordaba al vino de misa, pensamos que sería más ligera que el vino y que serviría para endulzar la nube negra que atormentaba aquel día al bueno de Ángel (así se llamaba el primo de mi amigo).
Más dulces vinos
Como esa primera ronda se nos antojaba un poco escasa, para la segunda vuelta decidimos ir a otro mítico bar aún hoy en funcionamiento, el “Casa Montoto”, que estaba a unos metros del primero… y allí seguimos con el tratamiento de reanimación: otra ronda de mistelas y bollos preñaos; mientras bebíamos y le intentábamos hacer ver que era un profesional de primera con mucha vida por delante y que no tendría dificultades en encontrar otra empresa, al pobre Ángel le seguía costando salir de su depresión.
La misión se estaba volviendo titánica y la animación de aquel pobre hombre nos estaba costando más de lo previsto, así que propusimos continuar con nuestra terapia en otra tasca legendaria ya desaparecida, de nombre “La Perla” (enfrente del Teatro Campoamor), un bar histórico donde los vinos aún entonces se almacenaban en pellejos.
Otras tres mistelas. A esta altura Ángel lleva su buena ración
Nuestro paciente -de tendencia escrupuloso- puso algunos reparos, que no fueron obstáculo para el ímpetu con el que nosotros afrontábamos el cometido de sacarle del pozo en el que se encontraba.
Cuando llegamos al bar pedimos otras tres mistelas y seguíamos la conversación mientras que Ángel se perdía escudriñando cada esquina y cada rincón de aquel lugar con tanta solera: la higiene no debía ser exquisita, algo que a él le incomodaba especialmente, pero… ¿a quién le importaba mientras saboreábamos unas deliciosas mistelas?
De este bar cuentan que una vez, un parroquiano le dijo al barman: “¡acabo de ver pasar a un ratón por detrás de la barra!”, a lo que el cantinero le respondió: “¡por lo que te cobro por el vino… ¿qué esperabas?, ¿ver a Sofía Loren?!”. Lo cierto es que cada vez que he entrado en uno de esos bares con tanta raigambre siempre he preferido pensar en lo que ahí se habrá vivido, en lo habrán visto esas paredes, las historias que ahí se habrán contado o en disfrutar de una experiencia histórica… antes que evaluar su condición higiénica.
Nuestro protagonista parecía que se iba animando, así que -como todavía teníamos tiempo antes de que llegara nuestro autobús- nos propuso ir a otro bar de un amigo suyo, algo que interpretamos como un avance en nuestra particular terapia para con él.
Para terminar, moscatel y las consecuencias no previstas
En aquel bar no tenían mistela, pero nos ofrecieron un moscatel de nombre Goya que nos supo a gloria, con el que apuramos la tarde a la vez que intentábamos rematar la curación.
Nos despedimos y al día siguiente, al volver a ver a mi amigo, me interesé por Ángel y me respondió: “muy bien pero casi la liamos”.
Resulta que, si bien las mistelas le habían hecho “dormir como nunca” -como él mismo reconoció- y mitigar el disgusto y el desánimo… nuestro protagonista era diabético (hecho que desconocíamos) y nosotros le habíamos estado cebando a base de vino dulce: nos contó que, se encontraba muy bien pero que para controlar la insulina en el cuerpo cada día tenía que orinar en unas tiras reactivas y aquella mañana su orina había quemado la tira.
Final feliz
La vida siguió, Ángel encontró trabajo en una empresa de montaje industrial donde fue muy apreciado hasta su jubilación y mi amigo y yo… seguimos recordando aquella peripecia y reflexionando sobre cómo un despido no deja de ser un choque emocional, un duro trago que hay que pasar, aunque te ayuden a remojarlo en mistela.
Por cierto, del concesionario Renault se encargó el tiempo: la política de despedir a sus maestros (sus otrora aprendices que habían llegado a oficiales desde abajo y aprendiendo de sus antecesores) se reveló errática y era sólo la punta del iceberg en una desnortada dirección que acabó con un próspero e histórico negocio en la capital del Principado de Asturias.

Licenciado en Filología Española (Literatura)
https://www.linkedin.com/in/j-aurelio-su%C3%A1rez-devesa/
