Asturias Liberal > Aportaciones > Martensita, ferrita y austenita: tres sabias de parámetros perfectos… hasta que bajaron a un taller irrespetuoso que no había leído el informe del laboratorio

 

Un problema que no se dejaba domesticar

A finales del siglo pasado —cuando los teléfonos aún tenían cable y las pantallas eran cabezones en verde monocromo, yo ejercía de responsable de operaciones en una gran empresa. Y estábamos soldando unas piezas de ésas que te hacen sudar incluso en invierno: material gordo, pero sumamente delicado y que se quejaba por todo, consumibles de soldadura de altas prestaciones y requisitos de soldeo tan exigentes que parecía que estuviéramos cerrando herméticamente una nave espacial.

El problema era sencillo de explicar y desesperante de vivir: cada vez que soldábamos…la soldadura fisuraba.

•Fisuraba con alegría y entusiasmo.

•Fisuraba con convicción, con conocimiento de causa.

•Fisuraba como si tuviera vocación de fisura de alto standing.

La revisión total

Y como dice el refrán, “antes fui cocinero que fraile”, en mi caso, antes de estar en Producción había pasado por Calidad. Así que, antes de convocar la inevitable reunión de urgencia con los próceres de la empresa (Metalurgia y Soldadura, Calidad, Ingeniería y Compras), me curé en salud y revisé absolutamente todo.

Pero todo.

  • ●parámetros de la tarjeta de soldadura
  • ●WPS (procedimiento de soldeo)
  • ●temperatura de precalentamiento
  • ●tiempo de soaking post-soldadura
  • ●intensidad de corriente
  • ●voltaje
  • ●velocidad de avance
  • oscilación del electrodo
  • aporte de material
  • secado de electrodos
  • control térmico entre pasadas
  • secuencia de cordones

Vamos, que aquello estaba más controlado que la receta de la Coca-Cola.

La reunión de los próceres

Convoco la reunión.

—Gentes —dije—, estamos soldando siguiendo todos los parámetros indicados y la soldadura fisura. Y fisura. Algo no está bien diseñado. No sé qué es, pero así no avanzamos.

Y entonces se armó la de Troya.
—¡López! En Producción siempre estáis igual. Para sacar la prima de producción, los soldadores no cumplen los parámetros, luego vienes tú a que te resolvamos tu problema…

Y empezó una perorata tan larga que si la hubieran grabado habrían hecho falta varios audiolibros.

Cuando por fin me dejaron tomar la palabra:
—Chicos, estamos cumpliendo los parámetros al pie de la letra. No solo eso: están todos en el rango correcto y, para más inri, ni cercanos al máximo ni al mínimo, en la media. Y yo no soy nadie para cambiarlos; mi trabajo es seguirlos.

Las “-itas” bajan al escenario

Entonces vino el gran momento académico.

Un monólogo glorioso sobre la bonanza del acero, la noble martensita, la elegante austenita, la campechana ferrita y toda una familia de palabros acabados en -ita que sonaban más a comparsa de carnaval que a metalurgia: la perlita, la bainita, la cementita… Aquello parecía el listado de damas de honor de las fiestas patronales de mi pueblo.

Así que les corté con toda la educación que pude reunir:
—A ver, yo no vengo a quejarme de que algo esté mal. Vengo a deciros que a veces —gracias a Dios pocas— los ensayos de laboratorio no reflejan exactamente lo que pasa en producción.

Y tampoco vengo a disertar sobre la martensita, la ferrita o la austenita, porque, aunque soy Ingeniero Europeo en Soldadura (o European Welding Engineer, que suena más fashion), aplicadas a esto me suenan a tres chicas del pueblo de al lado. Con nombres poco sexis, pero chicas, al fin y al cabo.

—Así que, por favor, dejémonos de teorías y bajad al taller. No a darnos una master class -y mucho menos a los soldadores- sobre esas muchachas, sino como expertos a decirnos qué demonios estamos haciendo mal. Y asumiremos el mea culpa de buen grado.

La realidad del taller

Los grandes gurús de la Metalurgia y Soldadura, ya con el rostro del color del tomate maduro y tras un largo debate, bajaron conmigo.

Eso sí, por si acaso, yo ya había dejado a un mando del taller vigilando que todo se hiciera exactamente como estaba escrito. No fuera a pasar como en el cuento de Manolito y el lobo, que si cuando bajaran estábamos haciendo algo mal, la próxima vez que me quejara no me haría caso ni el segurata de la puerta.

  • ●Llegaron.
    ●Y empezaron a revisar.
    ●Y revisaron todo.
    ●Pero todo.

Aquello no era una inspección: era una auditoría que ya la quisiera Hacienda para sí.

Resultado:
todo correcto.
Y aun así…
la soldadura fisuraba.
Y fisuraba.
Y fisuraba.

El parámetro culpable

Al final, tras darle vueltas al asunto, subir a sus despachos, reunirse, re-reunirse, re-contra-reunirse entre ellos, revisar datos del laboratorio, del mundo-mundial de la soldadura, creo que incluso analizar la influencia de la luna y las mareas de ese día, apareció el culpable: uno de los parámetros.

En laboratorio funcionaba… sí, pero al límite de aceptación. Tan al límite que en producción se convertía en un festival de grietas.

Se modificó ligeramente —siempre dentro de norma, por supuesto— y, milagro industrial mediante, las cosas empezaron a funcionar.

●La soldadura dejó de fisurar.
●Y el taller volvió a respirar.

Moraleja

Moraleja:
Mucho hablar de martensita… pero al final la que manda es la soldadura pues en el laboratorio todo funciona; en el taller, sólo lo que funciona.
Porque lo que está claro es que el acero escucha la teoría… pero obedece a la realidad y la teoría manda… hasta que la soldadura se raja así que, cuando la soldadura fisura, menos pizarra y más botas de taller porque, entre la martensita del laboratorio y la grieta del taller, suele ganar la segunda.

En fin, la metalurgia explica el acero y en ella abundan las “-itas” muy sabias; pero, de vez en cuando, la que tiene la última palabra es esa grieta impertinente del taller.


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