Asturias Liberal > Aportaciones > Manual práctico para decir “No a la guerra”…mientras facturamos: Guerra no. Paz sí. Defensa… puede. Negocios, siempre

Aclaraciones previas:

  1. Este texto no pretende, en ningún caso, ironizar sobre la guerra ni, mucho menos, sobre sus víctimas inocentes, que merecen todo el respeto y consideración.
  2. Tampoco busca hacer apología política ni posicionarse. Se trata únicamente de una reflexión, desde la observación crítica y el contraste de realidades.
  3. Del mismo modo, no se pretende trivializar otras problemáticas muy relevantes, como la desigualdad que aún afecta a las mujeres en múltiples ámbitos y países, y que merece un análisis serio y específico, fuera de cualquier enfoque irónico.

Cuenta la leyenda que allá por 2026, un ciudadano de a pie, sin especial formación en geopolítica ni macroeconomía —más allá de lo que le permitía su propia economía doméstica— y que, por alguna razón difícil de explicar, había estado desconectado del mundo durante varios años, decidió salir a la calle.

Casualidades del destino, se encontró de frente con una manifestación del “No a la guerra”. Pancartas, consignas, camisetas con lemas, ese aire de reivindicación moral que reconoció al instante.

Movido por la curiosidad, sacó el móvil y empezó a leer en diagonal la prensa digital del día. Y empezó a pensar:

  • ●No a la guerra, pero batimos récords de despliegues militares en el extranjero, como si fuesen medallas olímpicas de compromiso internacional.
  • ●No a la guerra, pero enviamos una fragata sin demasiado ruido, cuál viaje del IMSERSO.
  • ●No a la guerra, pero creamos centros de I+D por todo el ámbito nacional. Seguramente porque, al parecer, la paz también necesita innovación tecnológica… competitiva.
  • ●No a la guerra, pero queremos convertir Asturias en el campeón nacional de fabricación de blindados.
  • ●No a la guerra, pero ya asumimos que la industria de referencia será la de defensa. Total, el automóvil parece irse discretamente al garete.

Pero no acababa ahí la cosa. Siguió deslizando el dedo por la pantalla y le asaltaron otras dudas:

¿En qué punto exacto se había quedado la guerra entre Rusia y Ucrania? ¿Había terminado… o simplemente había dejado de ser tendencia?
¿Y el conflicto entre Israel y Palestina? ¿Se había resuelto… o se había normalizado?
No a la guerra, pero se anuncian sanciones históricas… y Rusia vende más gas y petróleo que nunca.

  • ●No a la guerra, pero los mercados energéticos reaccionan siempre al alza.

Y entonces llegó la duda doméstica:

Si el combustible actual fue comprado hace meses… ¿por qué sube ahora?
¿Y cuando toque consumir el comprado caro… ¿subirá otra vez?
¿Estamos pagando el conflicto dos veces?

Y así, entre titulares, miles y miles de euros empiezan a desfilar. Dinero destinado a la Defensa, a la seguridad… o, siendo pragmáticos, a negocios financiados con dinero público.

El hombre levantó la vista del móvil. La manifestación seguía su curso. Nada que objetar. Pero algo no encajaba. Era una especie de cortocircuito lógico.

Entonces, un conocido se le acercó.
—Fulano, tú que conoces a gente en Indra… ¿podrías hablar para meter a mi hijo allí?
El hombre parpadeó.
—No te entiendo —respondió—. Estás en una manifestación de “No a la guerra”…
El conocido ni se inmutó.
—Es que una cosa es decir “no a la guerra” y otra muy distinta es traer el pan a casa.

Hubo un breve silencio. No incómodo, pero sí revelador.

Y entonces, como quien recompone una ecuación imposible, empezó a pensar:
●Guerra no.
●Paz sí.
●Defensa… puede.
●Negocios, siempre.

Se guardó el móvil y, con una media sonrisa, se dijo:
“Creo que mejor vuelvo al mundo del que vine”.

Quizá el problema no era la contradicción, sino lo bien que habíamos aprendido a integrarla. A indignarnos por turnos, a olvidar por saturación. La guerra no desaparece: rota.

El sistema no se sostiene sobre certezas, sino sobre equilibrios incómodos. Principios que inspiran y realidades que aprietan. Y entre ambos, una sociedad que ajusta el discurso sin tocar demasiado la práctica.

Porque quizá la mayor paradoja no es decir “no a la guerra” mientras se invierte en defensa, sino asumir que ambas cosas conviven sin conflicto interno.

Moraleja:
Cuando los principios se enfrentan a la realidad, no siempre gana el más noble… sino el más rentable. Y ahí es donde las consignas dejan de ser respuestas y pasan a ser eslóganes.


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