El “placer de casa ajena” es un fenómeno psicológico y social que, si bien rara vez se nombra, define gran parte de nuestra arquitectura emocional moderna.
Como repasábamos en algún artículo anterior (“The truth of the barquero”) en los últimos años, y de una manera mayoritaria, la prensa ha desistido de su papel como cuarto poder y ha renunciado a su independencia para convertirse en una blanda inquisición o un medio de influencia que se limita a administrar un relato a conveniencia del capo de turno.
En los numerosos coloquios que pululan por los medios audiovisuales (muchos de ellos sin nada que envidiar a auténticos gallineros) suelen participar contertulios con la vitola de “imparciales”, aunque su supuesta independencia se caiga antes del tercer comentario… pero también intervienen otros opinadores profesionales que no ocultan su favoritismo o su vehemente apoyo a determinados postulados.
El comentarista que siempre admira lo de fuera
En el caso de las tertulias deportivas esta circunstancia es particularmente más marcada, llegando al extremo de periodistas que van con la camiseta del club de sus amores o que no dudan en presumir de su historial como socios del club.
Hay uno de estos tertulianos -de cuyo nombre no quiero acordarme- con canal propio en redes sociales y presencia en varios medios y diversas tertulias, que presume de ser socio del Real Madrid desde hace décadas y se arroga la representación del sentir de muchos madridistas, además de defender –presuntamente- los intereses del club.
Mi admirado Richard Dees ha tenido la genialidad de bautizar a este advenedizo como “fuego amigo”, si bien en los últimos tiempos ya empieza a ser conocido también como “placer de casa ajena”: su discurso habitual desde hace años -insisto, a pesar de jactarse de ser socio y aficionado del Real Madrid– es que el club lo hace todo rematadamente mal, que los jugadores merengues son todos unos paquetes y que los buenos son siempre los que están en otros clubes… todo lo mejor siempre está en otros clubes.
Afortunadamente para los aficionados blancos, este hombre nunca ha acertado con sus catastróficas predicciones ni con sus valoraciones y, a pesar de sus críticas a entrenadores, jugadores y directiva, el club ha seguido cosechando títulos de una manera notable (obviamente no siempre se pueda ganar: esto es deporte).
Cuando no se valoran las propias fortalezas y se anhela o quieren copiar otros modelos sólo por apariencias externas, el fracaso está casi garantizado.
Tildar a este sujeto como “placer de casa ajena” por su eterna y desmesurada admiración hacia los entrenadores y jugadores de otros clubes llamó mi atención y me ha parecido muy brillante, porque es un fenómeno que también he visto en muchas empresas y que ha llevado a la mayor parte de ellas a la ruina: cuando no se valoran las propias fortalezas y se anhela o quieren copiar otros modelos sólo por apariencias externas, el fracaso está casi garantizado.
Igual que pasa en las empresas, seguro que muchos de nosotros conocemos también casos de relaciones personales en las que una pareja se ha roto por no saber apreciar lo que se tenía al lado mientras se deseaba la cara externa de lo ajeno.
El “placer de casa ajena” es un fenómeno psicológico y social que, si bien rara vez se nombra, define gran parte de nuestra arquitectura emocional moderna.
Aunque a simple vista el alivio de disfrutar de un espacio donde no somos responsables de las goteras ni de las facturas parezca una sensación inocente, cuando este placer se desvía pasa a conectarse con una de las sombras más persistentes de la condición humana: el deseo incesante de los bienes ajenos y el menosprecio sistemático de lo propio.
La idealización de la casa del vecino
Este fenómeno guarda relación con el conocido “síndrome de la hierba más verde en el jardín del vecino”, y es -en esencia- un placer de desconexión: cuando cruzamos el umbral de un hogar que no es el nuestro, experimentamos una suspensión temporal de la carga mental.
En nuestra casa, el césped hay que trabajarlo, el papel pintado nos recuerda que hay que cambiarlo, el fregadero lleno nos habla de tareas pendientes, el silencio puede recordarnos la soledad… en cambio en la casa ajena somos espectadores.
Esta posición de «espectador» es la clave de la idealización porque, al no participar en la gestión del orden ni en las responsabilidades o conflictos que sostiene esa estructura, solo percibimos el resultado final: el jardín perfecto, la estética, la luz, el aroma del café recién hecho… es un placer estético libre de compromisos o del desgaste de la existencia diaria.
El problema surge cuando extrapolamos este alivio momentáneo a una conclusión existencial que nos haga pensar que «la vida de los demás es más limpia, más bella y fácil que la mía«.
La razón por la que el césped del vecino nos parece más verde no es puramente psicológica, sino también geométrica: desde nuestra posición, miramos nuestro jardín desde arriba y vemos la tierra seca entre las briznas, los insectos y las zonas amarillentas; sin embargo, al mirar el jardín del vecino, lo hacemos desde un ángulo oblicuo y desde esa perspectiva las briznas de hierba se superponen visualmente, ocultando la tierra y creando la ilusión de un manto denso y perfecto.
Al desear la “casa ajena”, no estamos deseando la realidad del otro, sino la versión editada que el otro proyecta.
Psicológicamente ocurre lo mismo: nosotros vivimos nuestra vida desde el «backstage«, conocemos nuestras deudas, nuestras miserias, nuestras inseguridades y el esfuerzo que nos cuesta levantarnos cada mañana; mientras tanto, del vecino sólo vemos la fachada, el «estreno«, las fotos del viaje, el coche nuevo o la sonrisa en una fiesta… lo que inevitablemente nos lleva a comparar nuestro caos interno con su fachada externa, una batalla que siempre estamos destinados a perder: al desear la «casa ajena«, no estamos deseando la realidad del otro, sino la versión editada que el otro proyecta, y este menosprecio de lo propio nace de una injusticia perceptiva, puesto que se nos olvida que juzgamos nuestra globalidad (con todas sus vicisitudes) frente a la fragmentariedad perfecta del vecino, y esto es una batalla en la cual lo propio -insisto- siempre está destinado a perder… incluso aunque acompañen los éxitos, como en el caso de nuestra empresa o del Real Madrid, por remitirnos al caso del que hablábamos al principio.
Adaptación hedonista, envidia e insatisfacción
La relación entre el placer de lo ajeno y el deseo permanente de bienes extraños se fundamenta en un sesgo cognitivo que es la adaptación hedonista: los seres humanos tenemos una capacidad asombrosa para acostumbrarnos a lo que tenemos.
Cuando compramos un coche nuevo o reformamos la casa experimentamos un éxtasis de dopamina, pero con el tiempo ese objeto se vuelve parte del paisaje, deja de ser una «posesión valiosa» para convertirse en «lo de siempre«; por el contrario, lo ajeno conserva la frescura de la novedad porque no lo vemos a diario, no está sometido al desgaste del uso cotidiano y brilla con una intensidad que lo nuestro ya perdió.
El deseo permanente de lo ajeno es, en realidad, un intento desesperado de recuperar ese «estreno» emocional que ya no sentimos por nuestra propia vida.
El peligro, más allá del deseo por el bien ajeno, es que ese sentimiento suele derivar en la envidia, uno de los siete pecados capitales para un cristiano pero también una emoción que la psicología define no solo como el deseo de tener lo que el otro posee, sino como el dolor ante el éxito ajeno.
La envidia -en este caso- actúa como una venda porque nos impide ver la utilidad y la belleza de nuestras propias herramientas mientras estamos demasiado ocupados analizando las del prójimo.
Cuando despreciamos lo propio, caemos en un círculo vicioso de insatisfacción crónica, que a buen seguro es lo que ya tiene el tertuliano “fuego amigo” y muchos de sus colegas.
Si nada de lo que tenemos es suficiente porque siempre hay algo mejor fuera, nos condenamos a una pobreza mental -independientemente de cuánta riqueza acumulemos- alimentada por la ansiedad de alcanzar lo que no tenemos y la incapacidad para disfrutar de lo propio.
La persona que desea permanentemente lo ajeno vive en un estado de «exilio emocional«, habitando su casa, pero con el corazón puesto en la del vecino.
La única casa que puede habitarse de verdad
La verdadera riqueza no se mide por la cantidad de bienes que poseemos, sino por la capacidad de habitar nuestra propia realidad sin sentir la necesidad constante de ser otro, de estar en otro lugar o de poseer otras cosas.
Al final del día, el único jardín que podemos regar, mejorar y disfrutar plenamente es el nuestro, y despreciarlo en favor de un espejismo lejano es la forma más segura de quedarse sin hogar… incluso teniendo un techo sobre la cabeza.
Recuérdenlo cuando hablen de su club, de su empresa, de su familia, de su vida…

Licenciado en Filología Española (Literatura)
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