Manual práctico de cómo no involucrar a Compras (y sobrevivir para contarlo)
Hace ya unos cuantos lustros —cuando no existían los móviles ni internet y los Excel todavía daban un poco de miedo— yo ocupaba una posición, digamos, “con cierta responsabilidad” en una empresa dedicada a fabricar esos artefactos discretos pero imprescindibles: grandes contenedores a presión para sectores donde los errores no se perdonan (Oil & Gas, químico, nuclear… vamos, sitios donde si algo falla no salta una alarma, desaparece media comarca).
Como broche final de cada criatura metálica venía el bautismo: la prueba hidráulica (o hidrostática, que suena más fino y permite asentimientos importantes en reuniones).
Básicamente consistía en llenar el bicho hasta las trancas de agua y someterlo a presión para comprobar que aquello no iba a decidir convertirse en un aspersor industrial a la primera de cambio.
La prueba hidráulica
Normalmente estas pruebas se hacen a una presión superior a la de diseño, típicamente alrededor de 1,25 a 1,5 veces la presión de servicio, para verificar:
- la resistencia estructural
- la estanqueidad (que no haya fugas, vamos)
- y, de paso, que nadie haya dejado “sorpresas” en soldaduras o materiales
Hasta aquí, todo muy técnico, muy serio… hasta que entra en escena la logística.
Porque claro, para llenar semejantes monstruos usábamos agua de la red potable. Sí, esa misma con la que te haces el café. Pongamos un ejemplo sencillo: depósito de 2.000 m³ (es decir, 2.000.000 de litros, que ya es agua como para pensárselo dos veces antes de abrir el grifo alegremente).

La red nos daba unos 20 m³/h. Traducido: más de 100 horas llenando. Más de 4 días. Y eso siendo optimistas, porque había que parar en los cambios de turno para que la gente pudiera ducharse (prioridades industriales, higiene, ante todo).
Total: plazos imposibles, penalizaciones de ciencia ficción (porque claro, esos equipos iban a refinerías -donde casi siempre el petróleo manda- y demás sitios poco dados a la paciencia) y nosotros ahí… viendo cómo pasaban los días… mientras el tanque se llenaba con la energía de un caracol reflexivo.
La gran revelación
Y entonces ocurrió.

A alguien —una mente lúcida, un iluminado, un elegido— (no fui yo pues a mí no se me ocurren esas cosas) dijo:
“¿Y si hacemos un tanque de almacenamiento de gran capacidad, por ejemplo, 2.000 m³?”
Silencio. Miradas. Revelación.
La empresa llevaba décadas sin ese tanque. Había sobrevivido, medrado profesionalmente, prosperado de forma notable, incluso, sin él. Pero de repente… lo convertimos en la piedra filosofal.
Y así, nos pusimos manos a la obra:
- cálculo
- diseño
- acopio de chapa y otros materiales
- instrumentación
- bombas
- tuberías
- ilusión (de la buena, de la que genera sinergias)
Problema: el taller estaba hasta arriba. Ni un minuto libre. Así que decidimos pensar en externalizar la construcción.
Pedimos ofertas. Asturias estaba en plena ebullición industrial. Resultado: precios que hacían llorar a cualquier departamento de compras o financiero.
Conclusión en comité: “No se hace. De momento es inviable.”
Fin de la historia.
…o eso creíamos.
La contrata misteriosa
Dos semanas después aparece una contrata misteriosa. Entraba y salía con sigilo de película barata de espionaje, pero convenientemente anunciada para no poner a prueba los reflejos del vigilante y éste le pudiera sacar artillería ligera.
Llegó sin hacer ruido. Sin PowerPoints. Sin comités. Sin “alineamientos estratégicos”.
Unos tipos de origen incierto (probablemente ninjas materializados de una dimensión paralela de proveedores urgentes) que se pusieron a construir el tanque.
Y lo terminaron, más tarde que pronto.
Así. Tardaron tanto como quien monta un mueble de IKEA con instrucciones indescifrables tamaño prospecto médico … pero de 2.000 m³.
El comité definitivo
Siguiente comité de dirección.
El máximo responsable, henchido de orgullo, nos regala una intervención para el recuerdo:
“Qué equipo tengo… incapaces de encontrar quién hiciera el tanque… y he tenido que venir yo a solucionarlo. Pero bueno, ya está hecho. ¿Algo que añadir?”
Silencio.
Ese silencio denso en el que en las películas del Oeste orientas la mirada a la bala de hierba que rueda entre los 2 contendientes. Esa calma queda que huele a pólvora.
Y entonces, servidor —ya con más mili que un cuartel— saca discretamente un as de la manga: una copia de la factura.

Y con toda la diplomacia que permite la situación:
“Efectivamente, tenemos tanque. Y gracias a tu gestión (énfasis sutil), podremos usarlo. Fantástico. Enhorabuena”
(Pausa dramática)
“Ahora bien… pequeños detalles sin importancia:”
- El precio hora de la contrata… ha sido adjudicado a más del doble del más caro que habíamos recibido.
- Las horas trabajadas… un concepto casi filosófico, porque no las controló nadie. Con las horas pagadas, podríamos haber hecho la Sagrada Familia a escala 1:2.
- Los partes de trabajo… inexistentes, como los unicornios. Digo esto porque si hubieran existido y estuvieran firmados/aprobados por alguien de nuestra organización, los hallaríamos grapados a la factura.
- Así, el coste final… entre 3 y 4 veces el mercado. Como mínimo.
“Pero bueno… ni Compras ni yo somos quién para cuestionar otras formas… creativas… de gestión.”
Y ahí lo dejé.
Ni aplausos. Ni gritos. Solo ese vacío sonoro lleno de significado que hiere algunas almas gerenciales. Pero ahora con eco.
Reflexiones finales
- En muchas organizaciones, la urgencia justifica decisiones… pero no las mejora. Solo las encarece.
- La falta de control no elimina los problemas: solo los pospone hasta que alguien saca la factura.
- Y, como decía el clásico: “zapatero a tus zapatos”. Porque cuando cada uno hace su trabajo —Compras comprando, técnica diseñando y dirección dirigiendo— las cosas suelen salir razonablemente bien. Cuando no… pasan cosas… y suelen venir con sobrecoste incluido.
Moraleja
Si algo parece una solución rápida, silenciosa y milagrosa…probablemente lo sea.
Pero también, casi seguro, al precio de oro… y sin ticket de devolución.
Y, por si quedaba alguna duda: en industria, como en la vida, invadir el terreno ajeno suele salir caro… y no precisamente en prestigio.
P. D. El tanque se pintó con una pintura bonita, nada sofisticada y de andar por casa y estuvo en uso durante muchísimos años. Lo dicho: una gran idea su construcción, aunque cara.
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Consultor empresarial.
Germánico en organización, perseverante en las metas, pragmático en soluciones y latino en la vida personal.
¿Y por qué no?
