Parece que gran parte de la opinión pública tiene claro que la decisión tomada por Noelia es correcta. Si una persona decide poner fin a su vida, adelante: la libertad individual prima sobre cualquier otra consideración.
Hay circunstancias terribles cuyo fin es, sin duda, la muerte. Todos tenemos en la cabeza enfermedades muy duras que no admiten curación y que condenan al individuo a través de un camino, en ocasiones también penoso, hasta el momento final. Ante un hecho natural incontestable que ni la técnica ni el esfuerzo mental o espiritual pueden combatir, ¿para qué alargar una situación de sufrimiento?
Por otro lado, no hay duda de que en la vida siempre surgen momentos muy difíciles que no afectan a la supervivencia, pero que la hacen más dura y pesarosa. ¿Qué decir ante la pérdida prematura de un hijo o de la pareja con la que se lleva toda la vida? ¿Quién no conoce a alguien que recibe «palos», uno detrás de otro, que parecen inacabables y que le impiden ver el sol cada mañana con esa alegría que hasta ayer resultaba de un aburrimiento cotidiano?
¿Cuántas personas pasan por momentos tan difíciles que las abocan a actitudes autolíticas que a veces terminan siendo fatales? ¿Cuántas no son capaces de salir de esas situaciones y deciden poner fin a su vida?
El caso de Noelia ha sido ampliamente analizado en los medios de comunicación. Incluso ella participó en televisión días antes de su muerte para explicar por qué quería hacerlo, todo perfectamente aliñado con el morbo alentado por presentadores y colaboradores al explicar una y otra vez cómo había sido su infancia, su relación con unos padres ausentes, su paso por el sistema público de protección social, las agresiones físicas sufridas, su intento de suicidio… El morbo al servicio del espectáculo alimentado por unos espacios televisivos más interesados en el tortuoso camino andado que en plantear opciones de futuro.
Todos conocemos el final: para muchos, necesario y liberador; para otros, los menos, triste.
Durante los días finales y posteriores al luctuoso hecho, quizá para que el cuerpo social obtuviera ese confort moral que necesita cuando reconoce que su decisión no ha sido la mejor ante un desenlace tan trágico, se insistió en echar la culpa al «sistema» que durante años abandonó a Noelia y no logró darle el futuro y la esperanza que merecía. La culpa siempre se endosa a un tercero, y si es al abstracto Estado, mejor; como si este no lo formaran personas que por acción u omisión empujaron, en este caso concreto, a que Noelia pidiera que acabaran con su vida.
Porque esa es la clave: se ha cometido un asesinato con la connivencia del sistema legal, dotándolo de una perspectiva moral (del conjunto de la sociedad) y ética (del verdugo que la ejecuta) positivas de las que carece totalmente. Ninguna de las muchas personas que se alegraban en los medios o en las redes sociales es consciente de que también está apoyando la pena de muerte porque, en el fondo, ambos procesos son similares. Matar a Noelia y matar a un preso sentenciado son muertes ejecutadas por el Estado a través de sus empleados, verdugos bajo el amparo de una ley que permite asesinar a una persona sin consecuencias penales.
Se le quita la vida a una persona que decide no seguir viviendo porque su sufrimiento le impide llevar una vida digna. Se ejecuta a un preso que ha cometido crímenes horrendos que lo han despojado de cualquier dignidad como persona, da igual si se ha arrepentido o no. En ambos casos, de manera generosa y compasiva, se ayuda a morir para evitar el sufrimiento. En estricto sentido, sin duda, la pena de muerte es eutanasia procesal: desaparecida la dignidad humana por los crímenes cometidos, la sociedad termina con su vida.
En el caso de Noelia, su muerte tendría que haber sido la última opción. No sufría ninguna situación física irreversible, no se iba a morir. Su petición no era razón suficiente para realizar la eutanasia cuando lo que se debería haber hecho era proveerla de todo lo necesario para revertir esa sensación de falta de esperanza y de dignidad, para conseguir que volviera a ver la vida con plenitud. Desde el punto de vista ético, la eutanasia de alguien que no está condenado a morir o en los últimos momentos de su existencia es equivalente a un asesinato.
Sí, cuando apoyas la eutanasia de Noelia estás de acuerdo con esa eutanasia procesal que es la pena de muerte. No es posible aceptar una y desdeñar la otra. Son dos formas de eutanasia con un mismo fin: en el caso de Noelia, porque su vida carece de dignidad y, por tanto, no ha de seguir sufriendo; en el del condenado a muerte, porque los hechos tan horrendos cometidos lo alejan de la consideración de persona, incapaz de reintegrarse, que ha perdido toda dignidad moral.

Los hechos son los hechos, independientemente de los sentimientos, deseos, esperanzas o miedos de los hombres.
