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La liturgia del último tramo

Hay una liturgia que se repite con puntualidad casi suiza en cada final de legislatura. No falla. Da igual el color del gobierno o el entusiasmo inicial: llega el último tramo de legislatura y, de pronto, desde el banquillo político se escucha el susurro quedo que lo cambia todo:

¡Calienta, que sales!”.

Y ahí los tienes, estirando promesas como si fueran gemelos agarrotados, trotando ideas que llevan tres años en reposo profundo, y mirando el reloj con esa urgencia de quien acaba de descubrir que el partido… se acaba.

Durante el 90% del encuentro, silencio táctico. Observación. Contención. Una forma elegante de decir que han estado agazapados en la banda, con el chándal impoluto y la nómina público-política en forma.

Pero, ay amigo, llega el minuto 80 y se desata la épica: carreras por la banda, centros al área, ruedas de prensa con sudor y anuncios que suenan a remontada histórica.

Porque claro, hay que dejar huella. Que el electorado —de memoria de pez y selectiva— recuerde ese sprint final y no el cómodo trote cochinero -casi apático- de los meses anteriores.

La oposición también calienta

En paralelo, en el otro banquillo, los opositores también empiezan a calentar. Han pasado la legislatura afinando el gesto grave en el atril, cronometrando el paso del tiempo con precisión de relojero y esperando su momento.

Y ahora, a un año de las elecciones, se produce el milagro de la multiplicación de promesas: resurgen, se desempolvan, se reempaquetan. Algunas vuelven tal cual; otras regresan con un ligero cambio cosmético —como esos productos “nuevos” que solo cambian el envase— y, por supuesto, se incorporan todas aquellas que el gobierno actual no cumplió… salvo, curiosamente, las que sí lo hizo, fuere por hacer suyo algo propuesto por los otros alguna vez o simplemente por pura coincidencia.

Asturias y Gijón: el catálogo del déjà vu

Así, en esta temporada alta del entusiasmo de última hora, la mayor parte de las comunidades y ciudades cuyas elecciones son coincidentes con la estatales, entre ellas Asturias y Gijón, se convierten en un catálogo de déjà vu con olor a asfalto recién echado.

Veremos levantar calles con una diligencia admirable, justo cuando ya llevaban dos mandatos pidiendo auxilio.

Inauguraciones relámpago y fotos con chaleco reflectante que dicen: “siempre estuvimos aquí”, aunque Google Street View opine lo contrario.

No faltarán las asfaltadoras en procesión casi litúrgica, ni los obreros convocados a toda prisa para “seguir avanzando” en el Huerna, como si el tiempo perdido pudiera recuperarse a golpe de retroexcavadora en horario intensivo.

Habrá peregrinaciones veloces a Madrid para reclamar lo que no llegó. ¿No llegó porque no se reclamó o simplemente…?

Asi, se desempolvarán viejos agravios con la emoción del primer día: el ansiado vial de Jove, la eterna autopista del Huernacausas nobles que, curiosamente, adquieren superpoderes mediáticos cuando el calendario electoral entra en modo cuenta atrás.

Y no faltará el informe definitivo sobre el primero, ese estudio sofisticado que el ayuntamiento presentará con solemnidad para concluir que el tráfico de camiones incrementa la polución en la zona oeste.

Un hallazgo revolucionario que, tras décadas de intuición colectiva, vendrá a reforzar la idoneidad de alternativas como el vial de Jove: una idea tan novedosa que ya se consideraba prioritaria a principios de los años noventa.

Y alrededor de cada anuncio, como en toda buena liturgia, aparecerá su industria auxiliar: vendedores de palas y pancartas para la primera piedra, especialistas en inaugurar lo inaugurado y en prometer lo ya prometido.

La imaginación urbanística no descansa

El Solarón, ese lienzo urbano de imaginación inagotable, vivirá una nueva reencarnación. ¿Centro cultural? ¿Zona verde? ¿Distrito innovador? ¿Edificio olímpico?¿Perriparque deluxe con vistas?
Todo es posible en la tierra de las oportunidades aplazadas.

Y en paralelo, el soterramiento de las vías en Gijón continuará su avance cuántico: ese en el que siempre está “más cerca que nunca” pero nunca llega a materializarse del todo, con planos que evolucionan más rápido que las obras y recreaciones virtuales que ya merecerían, por sí mismas, una inauguración.

La estación intermodal reaparecerá con una nueva versión —más integrada, más moderna, más todo— que conectará en teoría todos los modos de transporte conocidos y alguno por descubrir, siempre pendiente de ese pequeño detalle llamado ejecución.

La regasificadora, por su parte, vivirá un renovado entusiasmo sobre su uso inminente, estratégico y decisivo, una promesa que oscilará entre la hibernación técnica y la euforia institucional según soplen los vientos (nunca mejor dicho).

El bulevar de Rufo García Rendueles se consolidará como promesa firme de esta legislatura —esta sí, la definitiva— mientras emergen nuevas corrientes conceptuales como Naval Azul o Parque Azul, etiquetas frescas para envolver viejas aspiraciones con aroma a tendencia urbana internacional.

La ZALIA, por su parte, recibirá una nueva fecha de apertura —siempre impecable, siempre plausible— con la serenidad de quien sabe que el tiempo es relativo y los mandatos, muchos.

El superpuerto de El Musel volverá a ser “clave”, “estratégico” y “plenamente aprovechado” en titulares que ya se escriben solos.

Y el metrotrén… ah, el metrotrén. Ese agujero con vocación de leyenda urbana seguirá ahí, quizá ya no como infraestructura, sino como ecosistema: quién sabe si no alberga una civilización subterránea que, a este paso, acabará pidiendo competencias.

La política como espectáculo de descuento

Todo encaja en la coreografía final: anuncios, compromisos, cronogramas con fechas redondas y verbos en futuro perfecto.

Porque en política, como en el fútbol, lo importante no es solo jugar bien, sino parecer que lo has dado todo en los últimos minutos. Aunque el marcador lleve años congelado. O vayas perdiendo por goleada.

De todas manera, aunque te cabrees con el equipo, siempre irás a apoyarlo, sobre todo cuando obtengas un bono social para pasar el mes y asistir gratis al espectáculo.

Quizá no estaría de más —por higiene democrática y memoria mínima— hacer un pequeño ejercicio de retrospectiva. Volver a desempolvar aquel programa electoral de hace tres años, releerlo sin prisas y contrastar promesas con hechos: qué se hizo realmente en esta legislatura y qué sigue aguardando, paciente, su enésima reaparición como compromiso estrella en la siguiente.

Porque hay proyectos que no envejecen: solo cambian de campaña.

El reparto final de relatos

Y cuando suene el pitido final, llegará el momento más previsible de todos: el del reparto de relatos.

Porque, curiosamente, aquí no pierde nadie.

Los ganadores comparecerán exultantes, con sonrisa de goleada aunque el marcador haya sido de empate raspado.

Los perdedores, con gesto digno, recordarán que “no ha sido para tanto”, que alguna encuesta —aunque fuera una entre ocho mil— ya les daba incluso un escaño menos.

Y los que casi hayan desaparecido reivindicarán, con admirable resiliencia, que siguen vivos, dispuestos a reconstruirse mediante alianzas de minorías sobre un espacio electoral ya evaporado.

Después, sí, volverá el silencio. Se recogerán los conos, se guardarán las promesas en el almacén y comenzará el descanso activo: análisis, tertulias, algún fichaje… hasta que alguien, 4 años después y desde la banda, vuelva a gritar lo inevitable.

Calienta, que sales.

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