Asturias Liberal > Asturias > Mamografías en Asturias: retrasos, propaganda y negligencia sanitaria

“No hablamos de un fallo técnico ni de una incidencia menor. Hablamos de prevención del cáncer de mama. Hablamos, literalmente, de vidas.”

“En el cáncer de mama, el tiempo no es un detalle técnico, el tiempo es una necesidad vital.”

“Esto no es mala suerte. Es mala gestión.”


Las mamografías han descarrilado también en Asturias. El HUCA anuncia una reorganización de circuitos, se cambian recorridos administrativos y se ensayan soluciones logísticas, pero se evita señalar el problema real: faltan especialistas entrenados para leer las pruebas diagnósticas.
Los médicos llevan tiempo alertándolo y, como ocurre de forma generalizada en España, no solo no se les escucha, sino que siguen siendo infravalorados, precarizados y sometidos a condiciones laborales incompatibles con una sanidad pública eficaz.
No hablamos de un fallo técnico ni de una incidencia menor. Hablamos de prevención del cáncer de mama. Hablamos, literalmente, de vidas.
La situación podría compararse con el reciente accidente ferroviario en Adamuz, con una diferencia esencial: aquí no fallan los equipos ni las infraestructuras, faltan maquinistas. De nada sirve cambiar de vía si no hay quien conduzca el tren hasta la estación correcta.

El tiempo, en oncología, no es negociable
Los retrasos en la lectura de mamografías en España no son una disfunción puntual ni un problema coyuntural. Son una negligencia estructural, una más de un sistema sanitario que hace aguas. Y, como casi siempre, las consecuencias no las pagan quienes gobiernan, sino las mujeres que esperan, con angustia, un diagnóstico del que depende su vida.
En el cáncer de mama, el tiempo no es un detalle técnico, el tiempo es una necesidad vital. Retrasar la lectura de una mamografía puede significar detectar tarde un tumor que era perfectamente tratable en fases iniciales. Las consecuencias clínicas, psicológicas y vitales de ese retraso son, en muchos casos, irreversibles.
Asturias no es una excepción, es un síntoma
Asturias no es diferente. En los últimos días, la prensa regional ha recogido testimonios de mujeres que confirman el deterioro progresivo de la sanidad pública.
No faltan máquinas ni edificios; faltan especialistas. Y las demoras en la lectura de pruebas diagnósticas están causando estragos en la salud y, en ocasiones, la muerte.
La gravedad del problema se vuelve incuestionable cuando deja de ser un rumor y pasa a ser un hecho documentado.El jefe de Radiología de un hospital asturiano reconoce por escrito a una paciente que los retrasos en la lectura de su mamografía se deben exclusivamente a la falta de personal, tal y como publicó La Nueva España el 1 de febrero.

No es una avería, ni un pico puntual de trabajo, es una carencia estructural, conocida y sostenida en el tiempo.

Esto no es mala suerte. Es mala gestión.
El contraste entre el discurso oficial y la realidad asistencial resulta especialmente obsceno.
El presidente del Principado, Adrián Barbón, presumió durante la campaña electoral de 2019 de la sanidad asturiana y de sus hospitales, en especial del HUCA, al que calificó como “la joya de la corona de la sanidad pública asturiana”. Entonces afirmó: “el 26M nos jugamos una sanidad de calidad que llegue a todo el territorio”.
Nos la jugamos y la perdimos.Se confundió la modernidad de un edificio con la calidad sanitaria, como si la arquitectura pudiera suplir la falta de profesionales. Hoy queda claro que no hay suficientes radiólogos para leer mamografías en plazo, y que un hospital nuevo no diagnostica ni cura por sí mismo.
Mucho lazo rosa, poca sanidad real
Mientras tanto, el marketing rosa funciona a pleno rendimiento. Este problema no es exclusivo de Asturias, es endémico en toda España.
Un país que se envuelve en lazos rosas, multiplica el postureo institucional y vende discursos de “prevención” que no resisten el menor contraste con la realidad asistencial.
Porque prevenir no es hacerse una foto, prevenir es diagnosticar a tiempo y hoy eso no está garantizado. Cada año, las administraciones hablan de “defensa de la mujer” mientras convierten el cáncer de mama en un producto emocional: carreras solidarias, camisetas rosas, slogans vacíos y discursos edulcorados.
  • Todo muy conmovedor.
  • Todo completamente inútil si el sistema no responde cuando tiene que hacerlo.
Esta explotación simbólica del cáncer de mama es profundamente cínica. Se instrumentaliza el sufrimiento real de miles de mujeres para lavar la imagen de un sistema que no garantiza lo más básico: pruebas diagnósticas leídas sin demoras inaceptables.
No faltan médicos, falta voluntad política
La excusa es siempre la misma:faltan profesionales”. Pero los datos desmontan ese relato. Hace apenas una semana, unos 34.000 aspirantes se presentaron a los exámenes de Formación Sanitaria Especializada para optar a 12.000 plazas, de las cuales algo más de 9.200 correspondían a Medicina (MIR).
El número de plazas lo decide el Ministerio de Sanidad, a través de la Dirección General de Ordenación Profesional.
El dato es demoledor: hay médicos, hay vocación y hay formación, pero el Ministerio que dirige Mónica García decide no crear suficientes plazas.
Si faltan radiólogos en la sanidad pública no es porque no existan. Es porque no se planifica, no se invierte y no se retiene talento. Los médicos están demonizados y maltratados, exigiendo condiciones dignas para poder atender correctamente a sus pacientes. La ministra —médica y madre— no escucha.
La prevención falsa también mata
Sin plazos garantizados, sin personal suficiente y sin voluntad política real, la prevención se convierte en una palabra vacía.
El cáncer de mama no se combate con propaganda, sino con mamografías leídas a tiempo, diagnósticos rápidos y recursos humanos suficientes.
Todo lo demás es ruido. Y lo que es peor: un engaño más.Esta crítica es extensible a cualquier especialidad médica y a cualquier prueba diagnóstica de la sanidad pública española. Como ocurre con las infraestructuras, la educación o los servicios sociales, todo ha ido a peor en los últimos años.
Eso sí, el Ministerio de Hacienda va “viento en popa a toda vela”. Los impuestos suben, la recaudación aumenta, pero no revierte en servicios públicos de calidad.

Al contrario, cada vez son más deficientes, y el deterioro de la sanidad pública es una de las pruebas más claras de ese fracaso.


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