> Asturias > Una Administración inútil es una Administración que mata

Llevamos grabada a fuego la idea de que lo público es lo mejor. La izquierda, el socialismo y su expresión más radical, el comunismo, han defendido incansablemente que la propiedad colectiva y la gestión estatal son las únicas capaces de garantizar acceso universal a los recursos, con equidad, dignidad y solidaridad.

Es un mantra que hemos escuchado generación tras generación, repetido hasta la saciedad, y ay de quien osara cuestionarlo.

Antes te tachaban de cualquier cosa con más o menos ingenio; hoy, simplemente, de facha. Poner en duda lo público se ha convertido en un acto de traición, una deslealtad imperdonable hacia los tuyos, hacia Asturias, hacia todos.

Crecimos convencidos de que lo público era incuestionable, un dogma que no admite réplica. Y, al final, terminamos por asumirlo, por confiar ciegamente en que así es. De niños nos formamos en las mejores escuelas, las públicas. No hay mejor asistencia sanitaria que la de nuestro SESPA, ni lugar más digno para pasar los últimos años que las residencias del ERA, donde la dignidad de la persona es principio rector.

Tanto hemos confiado en que esto es así, en que debe serlo, que cuando la realidad nos golpea con hechos inverosímiles, nos resistimos a aceptarlos. Preferimos consolarnos con un “son cosas que pasan” y agachar la cabeza ante las hienas liberales, esos antiestatistas que, como alimañas al acecho, aguardan el momento de despedazar lo que tanto esfuerzo nos costó construir.

Sin embargo, hay quienes se desvían del guion. Ciudadanos rebeldes —quizá conservadores, tal vez progresistas «atechados»— eligen otro camino.

  • Inscriben a sus hijos en la concertada, aunque, para esquivar las miradas reprobatorias de su entorno, se escudan en excusas logísticas antes que en principios ideológicos.
  • La sanidad pública sigue ahí pero el seguro médico privado, con su promesa de un especialista en días, se convierte en la opción predilecta ante cualquier dolencia, grande o pequeña, eso sí, siempre con la coletilla de que “para lo serio, como la pública no hay nada”, idea que suena más a coartada que a convicción.
  • Y luego están los Establecimientos Residenciales, un sistema que, contra todo pronóstico, funciona con una atención difícil de igualar. Ojalá que, por el bien de todos, no termine corrompiéndose.

Confiamos en lo público de la cuna a la tumba, sí, pero no queremos que nuestros hijos, atrapados en una manipulación descarada, malgasten horas de su educación en ocurrencias de la izquierda, aprendiendo lenguas que no sirven para nada o viendo frenado su potencial en una carrera absurda donde destacar está mal visto para no herir sensibilidades.

No estamos dispuestos a esperar una semana para una consulta en el centro de salud, ni a depender de un familiar joven que nos gestione una cita online porque nadie responde al teléfono.

Nos fiamos de lo público hasta que, por dejadez, ineptitud o algo peor, un familiar muere en un hospital por razones que nadie explica, o ni siquiera llega a pisarlo. Nos fiamos hasta que nuestros chavales se estancan en su formación porque no vislumbran un futuro laboral cierto, o hasta que los mayores quedan abandonados en su casa con un puñado de horas de asistencia social a la semana y un medallón de alarma —pagado de su bolsillo— como único consuelo por si todo falla.

Nos fiamos hasta que un día lees que cinco mineros mueren en un accidente en Cerredo, en una de las pocas minas que aún resisten. Los representantes de la Administración corren al lugar con el guion de siempre: “Estamos aquí, lo que necesiten, luto regional, investigaremos las causas”.

Palabras huecas, sacadas del manual del perfecto cínico, que suenan a rutina más que a compromiso.

Nos fiamos hasta que empiezan a salir a la luz las grietas: denuncias vecinales ignoradas por la Administración, informes de funcionarios de la guardería natural archivados sin trámite, permisos otorgados a una empresa que llevaba meses funcionando con cierta anormalidad y que ahora, con un nombre moderno de por medio, opera como si nada.

Cuando en 2022 murió un trabajador, se señalaron irregularidades en la explotación y nadie movió un dedo. Luego están los parientes de las consejeras —la actual y la anterior— vinculados a empresas mineras, los buzones de correo que nadie revisa y que hacen dudar de su utilidad.

Todo es tan vergonzoso que resulta hasta extraño que Adrián Barbón, siempre tan elocuente en redes, guardara silencio sobre Cerredo tras un vídeo del 1 de abril, dejando pasar cinco días para soltar el típico discurso de apoyo a las víctimas, “no politizar el dolor” y demás lugares comunes. Mientras tanto, en esos días se ha destapado la desvergüenza con la que su Administración ha actuado, y el temor a lo peor se hace inevitable.

Cuando vamos a votar, lo hacemos convencidos de que nuestra elección es la mejor —o la menos mala— entre las opciones que el sistema de partidos nos ofrece. Es normal no comulgar al cien por cien con las ideas o las políticas de nuestros líderes, pero siempre hay principios clave, irrenunciables, que nos llevan a respaldarlos.

Lo que rara vez consideramos es que tras ese voto hay una maquinaria que exige manos competentes, preparadas y responsables.

Cuando las instituciones se llenan de amigos y camaradas, colocados más por lealtad que por mérito, el resultado puede ser cualquier cosa: desde un error en una política menor hasta, como es el caso, la muerte de cinco personas en un tajo del suroccidente de Asturias.

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