Asturias Liberal > Aportaciones > Las aguas turbias de Donakon

Todos veíamos al rey desnudo pero él no parecía darse cuenta de que lo estaba. Hasta hoy. Hasta hace unos días. Ya está, ya es consciente de que todo frente a lo que se crecía le ha vencido y la decrepitud hace mella en su cuerpo.

No solo está desnudo sino también el antaño primoroso luce ahora enjuto, consumido, enteco. No le queda nada de la luz que le llevó a lo más alto. Su encanto para ilusionarlas, su determinación para encandilarlos, ¿dónde quedaron?

Aparece en declaraciones solemnes intentando disimular lo imposible. Ha escondido a su mujer pero no dejan de aparecer burdas revelaciones de los más cercanos, complots de los que le precedieron, cuqueros arribistas, macaqueros, soquetes de medio pelo.

Se indigna porque nos limosnea y no le damos las gracias, no nos postramos presurosos, no le tiramos salvas, no nos entregamos cual plumbago blanco, añil. ¡Desagradecidos!

Nos entrega sin pena a sus hijos, ansía calmar nuestra sed, distraernos, olvidar sus miserias para reinar tranquilo. Hijos tiene muchos. Pobres, que no conocen al padre, o tal vez, no quieren ver cómo es su padre. Condenó al legista, ahora pone en el cadalso a la enseñante, la envía a Arga a sacrificarse en vano. Nada servirá. Él obtendrá redención. Ella, el olvido.

Desconocemos quién será el psicopompo que le acompañe en su sirat particular.

No le lloraremos.


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