Asturias Liberal > Aportaciones > Somos la misma raza

Nos llaman gusanera.
Nos llaman fascistas.

Nos reducen a una caricatura ideológica como si el dolor humano tuviera partido, como si el exilio se escogiera en una urna electoral y no bajo amenaza.

Quien así habla de la diáspora venezolana no sólo desconoce nuestra historia: la niega, la humilla y la vuelve a expulsar, esta vez con palabras. Y las palabras, cuando estigmatizan pueblos enteros, también hieren, también persiguen. Eso tiene nombre: odio.

La diáspora venezolana —más de nueve millones de personas regadas por el mundo— no es un capricho ni una moda política. Es una explosión humana provocada por la destrucción sistemática de un país: la demolición del Estado de derecho, la persecución del disenso, el hambre como política pública y el miedo como método de control.

Lo que ocurre en Venezuela no es una narrativa de partido. Son hechos documentados y denunciados por la Misión de Determinación de Hechos de la ONU, la Unión Europea y la OEA. Bastaría leer el Informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en donde se concluye que “la dictadura desarrolla un Terrorismo de Estado”. Se trata de crímenes de lesa humanidad, tortura y persecución sistemática que han sido elevados hasta la Corte Penal Internacional.

No emigramos por ideología.
Emigramos por supervivencia.

Un éxodo con memoria

Resulta particularmente doloroso escuchar estos ataques —aislados, afortunadamente— en España, porque la historia nos une mucho más de lo que algunos quieren recordar. Durante décadas, Venezuela fue tierra de refugio para miles de españoles que huían de la guerra, del hambre y de la represión. Llegaron con una maleta, con acento herido y con esperanza. Y fueron recibidos con brazos abiertos.

En Venezuela nadie preguntaba por quién habías votado o cuál era tu tendencia ideológica para darte trabajo, techo o pan. Pero sobre todo, afecto y respeto. Se compartía lo poco o lo mucho. Se construyó país juntos. Gallegos, canarios, andaluces, vascos, italianos, portugueses, alemanes… Europa entera echó raíces en Venezuela, y Venezuela los abrazó como hijos.

Por eso duele que hoy algunos pretendan borrar esa memoria y levantar muros morales donde antes hubo mesas compartidas.

Mi historia no es una consigna

Hablaré en primera persona, porque no soy una abstracción sociológica ni una etiqueta ideológica. Soy, entre miles, una víctima de persecución política.

Fui preso más de mil días por disentir de esa dictadura. Mi detención —o más bien secuestro— se produjo el 19 de febrero de 2015. Fui víctima de palizas propinadas por efectivos militares y policiales del régimen, hasta necesitar hospitalización.

Enfrentamos dos golpes militaristas de Estado en el transcurso del año 1992. Vi cómo el poder arbitrario arrasó con la Alcaldía Metropolitana que gané con votos el 23 de noviembre de 2008, para ser reelecto, muy a pesar de ese acorralamiento, en diciembre de 2013. Hice huelgas de hambre para defender los derechos de los ciudadanos.

Y finalmente tuve que organizar mi propia fuga para autoliberarme, después de que fuerzas policiales me sacaran arrastrado brutalmente desde mi “casa por cárcel” en la medianoche del 1 de agosto de 2017.

NOTICIA DE LA FUGA DE ANTONIO LEDEZMA EN LA TELEVISIÓN DE VENEZUELA:

No me fui porque perdí una elección.
Me fui porque querían “quebrarme o matarme”.

Como yo, miles. Como yo, millones, cada uno con su propia tragedia: madres separadas de hijos, abuelos muriendo solos, jóvenes que cruzaron selvas y mares con miedo y dignidad como único equipaje.

No somos una amenaza, somos un espejo

Decir que los migrantes venezolanos somos “extrema derecha” es tan absurdo como cruel. En el exilio hay de todo, como en cualquier pueblo: obreros, artistas, empresarios, estudiantes, creyentes, ateos, progresistas, conservadores. El exilio no tiene ideología; tiene cicatrices.

Lo que sí compartimos es algo más profundo: el idioma, la cultura, la historia, la sangre mezclada. Somos la misma raza, no en el sentido biológico, sino en el sentido más humano: la raza de quienes saben lo que es perderlo todo y volver a empezar.

Estigmatizar migrantes no es una opinión fuerte: es un retroceso civilizatorio. Europa sabe adónde conducen esos discursos. España lo sabe. Venezuela lo está sufriendo.

Hoy nos señalan a nosotros. Mañana será otro pueblo. Por eso no escribo desde el rencor, sino desde la memoria y la responsabilidad. Para que no se repita.

La diáspora venezolana no pide privilegios. Pide respeto. Y ofrece trabajo, talento, gratitud y amor por la tierra que la acoge. Como ayer lo hicieron los españoles en Venezuela.

Porque al final, más allá de banderas y etiquetas, somos la misma raza: la raza humana que huye del miedo y apuesta por la libertad.

Asturias Liberal
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.