Cuenta la Leyenda que años ha se descubrió Nuevo Horizonte VI, un planeta perfectamente habitable, con agua, atmósfera respirable y sin abogados, políticos o economistas ecosostenibles.
Fue tal el descubrimiento que las grandes potencias decidieron colaborar por primera vez en la historia de la humanidad.
Con un único objetivo: la construcción y puesta en el planeta de una nave espacial con todo lo necesario para llegar, probar y, eventualmente, habitar el mismo.
De esta manera, llegaron al consenso de que cada bloque geopolítico diseñaría aquello en lo que era experto. Para lo demás, se crearían grupos de trabajo, seguramente interminables, con cafés de cáterin de alta gama y PowerPoints tridimensionales. Todos aceptaron… excepto la Unión Europea, que anunció que estaba preparando una parte ultrasecreta que cambiaría el futuro de la exploración espacial para siempre.
Año 1: entusiasmo a raudales. Y gorras y banderas “a tutiplén”
Estados Unidos se encargó del sistema de mando, control y comunicación. Construyó una cabina ultramoderna, con pantallas táctiles, luces multicolores y dotada de inteligencia artificial llamada FREEDOM, capaz de tomar decisiones autónomas… siempre que no contradijeran los intereses estratégicos de su patrocinador principal.
La nave podía retransmitir en directo en 8K, tenía merchandising oficial y un botón rojo enorme que no se sabía exactamente para qué servía, pero quedaba muy sexy en las fotos.
Rusia diseñó el sistema de propulsión. No era elegante, ni silencioso, ni eficiente según los estándares modernos, pero funcionaba. Usaba una tecnología probada desde los años 70, reforzada con acero, cinta aislante y una fe inquebrantable en que “si no explota al principio, no explotará nunca”.
El manual de mantenimiento constaba de una sola frase: “No tocar cuando esté caliente.”
China asumió la fabricación del módulo de soporte vital y producción. En seis meses entregó tres versiones: una funcional, una más barata y otra idéntica, pero con el logotipo ligeramente cambiado. Todas funcionaban perfectamente, se integraban sin problemas y además incluían sensores que nadie recordaba haber pedido. Cuando se les preguntó por ellos, respondieron sonrientes que “era por si acaso”.
Israel desarrolló el sistema de defensa y seguridad. Pequeño, eficiente, increíblemente caro y terminado antes de la fecha prevista.
Detectaba amenazas antes de que existieran, neutralizaba meteoritos incluso de otros planetas a millones de años luz y podía netralizar naves enemigas mientras calculaba la trayectoria óptima para llegar el primero al café de la mañana. Nadie sabía exactamente cómo funcionaba, pero tampoco nadie se atrevía a cuestionarlo.
Brasil se encargó del módulo de habitabilidad social: zonas comunes, ocio y bienestar. Diseñó espacios abiertos, música integrada en los sistemas ambientales y un protocolo que garantizaba que, incluso en el vacío del espacio, siempre habría ambiente, comida compartida y alguien diciendo “tranquilo, se resuelve”.
Técnicamente no era imprescindible, pero sin ello nadie quería viajar.
Todos los países y grupos de trabajo acabaron el primer año. Todo listo para llevar la nave al planeta, excepto en la parte de la UE.
Años 2 y 3: sin contribución europea y esperando por la misma, todo se convertía en una calma tensa.
Mientras tanto, la Unión Europea llevaba tres años trabajando intensamente en su aportación revolucionaria. Pero era otro nivel: aquí ya no se hablaba de piezas, sistemas o soluciones técnicas. La UE había decidido jugar en otra liga.
La de los conceptos.
En ese tiempo se celebraron comités, subcomités, intercomités, grupos de expertos, grupos de expertos que analizaban a otros grupos de expertos, consultas públicas y consultas sobre cómo consultar mejor.
Todo fue traducido a 24 idiomas, revisado para no ofender a nadie y sometido a evaluación de impacto climático, social, emocional, intergeneracional y narrativo.
Año 4: la contribución europea (conceptual, transversal y resiliente)
Finalmente, la UE presentó su gran aportación estratégica al Proyecto Génesis Interestelar, desglosado en distintos apartados como Triple Transición; porque seguramente una transición ya no bastaba. Dos se quedaban cortas. Tres ya sonaban a mezcla de PowerPoint y Excel, europeos y con fondo verde degradado, iconos redondeados y palabras inclusivas como resiliencia, transversalidad y bien común.
Primera transición: la energética
Aquí nadie tenía aún claro si la energía para fabricar la nave debía ser renovable, limpia, verde, azul, turquesa o simplemente ecofriendly (cualquier cosa, siempre que lo dijera la etiqueta). Lo importante no era producirla, sino clasificarla correctamente.
Producir, lo que se dice producir, era lo menos relevante.
Las térmicas desaparecieron de los documentos. Las nucleares quedaron en un limbo moral: malas, pero no tanto como para que otros países no estuvieran construyendo cientos mientras Europa, con una fracción mínima de la contaminación mundial, decidía liderar el sacrificio ético planetario.
Ecologismo ejemplar: contaminar poco, pagar mucho y sentirse culpable siempre.
De igual manera, aparecía en los documentos el hidrógeno, ese gran unicornio energético. Se hacía mención a la aprobación de miles de millones para adaptar industrias a un recurso que no existía en cantidades relevantes, pero no importaba: era sostenible (es decir, viable mientras hubiera subvención).
Se debatía en el mismo reconvertir regasificadoras aunque fuera técnicamente inviable, reutilizar antiguos pozos de carbón para almacenarlo y confiar en que la física, con la narrativa adecuada, terminara cediendo.
En el documento de la UE y a modo de introducción, no se creó energía, pero se crearon agendas verdes, plataformas, observatorios y logos.
Energía no. Gobernanza sí.
Segunda transición: la economía circular
Un concepto maravilloso que se explicaba solo y no se concretaba nunca.
El funcionamiento era sencillo:
- • Se trabajaba.
- • Se pagaban impuestos.
- • Con ellos se creaban chiringuitos, mesas de diálogo, fundaciones y organismos resilientes y observatorios del observatorio.
- • Se reflexionaba, se concienciaba (hasta el próximo trending topic)
- Y se viajaba a país “sexys”, presentados siempre como ejemplo absoluto de sostenibilidad, aunque no se compartieran ni modelo productivo, ni demografía, ni clima, ni presupuesto.
Pero daba igual. Lo importante no era copiar lo que funcionaba, sino mencionar en cada ponencia a esos países a los que habían viajado los grandes gurús,.
Círculo cerrado. Economía circular cerrada.
Entraban también en escena las ecomanzanas: manzanas urbanas supuestamente sostenibles, llenas de sensores, carriles pintados y paneles explicativos. Costaban el doble, desplazaban a los vecinos de siempre y servían, sobre todo, para tranquilizar conciencias y justificar memorias de impacto de inmenso volumen documental.
Se hablaba de decrecimiento: vivir peor, pero con valores.
Y todo se envolvía en la etiqueta de innovación social: lo de siempre, pero explicado en PowerPoint.
Tercera transición: el mercado de trabajo
Nadie sabía hacia dónde iba, pero se transicionaba. Y eso era lo importante.
Desaparecían empleos reales y aparecían palabras nuevas: empleabilidad verde, talento transversal, empoderamiento (sentirte fuerte, aunque no cambiara nada).
No había estabilidad, pero sí resiliencia: se aguantaban recortes con una sonrisa.
No había trabajos, pero sí narrativa: la versión oficial de la realidad.
Y eso, según el marco conceptual vigente, también contaba.
Urbanismo avanzado: humanización de las ciudades
Aunque aún no se sabía si habría ciudades en el planeta, la UE consideró imprescindible humanizarlas de antemano.
Se redactaron directrices para calles amables, espacios inclusivos (lenguaje largo, ideas cortas), diversidad (todos distintos, mismo discurso) y entornos urbanos diseñados desde la perspectiva correcta (opinión obligatoria).
Todo debía orientarse al bien común (lo que deciden otros por ti) y gestionarse desde el colectivo (grupos que hablan en tu nombre sin preguntarte).
Incluso se propuso limitar la velocidad de las naves espaciales por justicia climática: el clima, pero ideológico.
Resultado final
La aportación europea se materializó en 143.875 folios que regulaban el desarrollo, homologación, certificación, mantenimiento, reciclaje, sustitución y marco ético del proyecto estrella y megasecreto de la UE: la alcayata donde colgaría la bicicleta oficial de la misión, en caso de que se pudiera circular por el planeta.
El documento incluía, entre otras joyas normativas:
- • Normativa detallada sobre la fabricación sostenible de la alcayata, que debía producirse exclusivamente con energía verde, o al menos con energía declarada como verde en origen, preferiblemente con certificado, sello, sub-sello y logotipo reconocible.
- • Regulación sobre igualdad de oportunidades en la cadena de suministro de la alcayata, garantizando que todos los agentes implicados —mineros, metalúrgicos, auditores, consultores y redactores del propio informe— cumplieran criterios de diversidad, inclusión y equilibrio territorial.
- • Directiva de equiparación salarial en la fabricación de la alcayata, independientemente del país, sector, productividad o necesidad real del componente.
- • Un capítulo específico sobre empoderamiento laboral en la industria de la alcayata, con especial atención a colectivos tradicionalmente infrautilizados en la producción de elementos metálicos curvados.
- • Un protocolo de justicia climática aplicada a la alcayata, que analizaba quién había sufrido históricamente más por no tener dónde colgar una bicicleta y cómo compensarlo adecuadamente. Además, el documento dedicaba un estudio amplio, profundo y sofisticado al reciclaje de la alcayata al final de su vida útil:
- • Análisis del impacto emocional de su retirada.
- • Evaluación participativa de si la alcayata deseaba ser reciclada o reutilizada.
- • Comparativas internacionales sobre modelos de economía circular aplicados a alcayatas en el país.
- • Creación de un observatorio europeo para el seguimiento post-reciclaje de la alcayata y su huella narrativa.
Todo ello acompañado de gráficos circulares, mapas de calor y recomendaciones no vinculantes, pero moralmente obligatorias.
Todo era transversal, inclusivo, diverso, sostenible y resiliente.
La nave estaba lista para despegar… excepto que nadie podía moverla hasta que la alcayata cumpliera la normativa.
15 años después, el planeta Nuevo Horizonte VI aún seguía ahí.
Esperando.
La alcayata, también.
Moraleja
Cuando el objetivo es llegar lejos, construir cosas ayuda.
Cuando el objetivo es no equivocarse, regularlo todo es más seguro.
Así que la humanidad no colonizó un planeta, pero dejó claro algo mucho más importante:
que incluso en el vacío del espacio, la burocracia siempre encuentra una alcayata dónde colgarse. Y si el futuro no avanza, al menos queda perfectamente regulado.
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Consultor empresarial.
Germánico en organización, perseverante en las metas, pragmático en soluciones y latino en la vida personal.
¿Y por qué no?