¿Hablamos peor que antes? Una reflexión irónica, lúcida y necesaria sobre el empobrecimiento del lenguaje.
Hace unos días, mientras tomaba un té con unos amigos y comentábamos uno de mis artículos, uno de ellos me dijo “estás muy prolijo últimamente” … y antes de que yo pudiera decir algo, otro colega le contestó “¡será prolífico!”. Para intentar cerrar la conversación yo intervine diciéndoles “estamos a un par de artículos de que me convierta en profiláctico”, y les recordé una divertida anécdota de hace ya unos cuantos años cuando mis amigos de soltería y yo íbamos a cenar a un conocido restaurante ovetense y, tras una buena cena y cuando el camarero -tan eficiente como amanerado- nos preguntaba si queríamos postre, solíamos pedirle con cierta dosis de sorna (y con la intención de provocarlo y ponerle en un aprieto) unos “profilácticos de chocolate” en lugar de unos inocentes profiteroles, a lo que él contestaba con unos coloretes en la cara y una pícara vergüenza “¡uy!, de eso aquí no tenemos”.
Confusiones lingüísticas cotidianas
En cierta ocasión escuché a una farmacéutica decir que mucha gente le pedía “locutorio” en lugar de “colutorio”, un reto tremendamente fácil -según mi criterio- para alguien capaz de descifrar la ininteligible letra de algunos médicos en las antiguas recetas.
El caso es que empecé a emplearlo en broma y he conseguido que gente muy cercana a mí y bastante culta ya tenga que pararse a pensar si se dice colutorio o locutorio cada vez que entra a un establecimiento a comprar enjuagatorio medicinal.
¿No les da la impresión de que cada vez hablamos peor?
De la alfabetización al descuido
Podemos entender que en el siglo pasado hubiera gente iletrada por falta de posibilidades, porque no todo el mundo tenía acceso a una escuela o a unos estudios elementales, pero la gente se esforzaba por leer: novelas, periódicos, programas de cine, esquelas… había un esfuerzo por alfabetizarse y cultivarse para prosperar, una voluntad de leer para adentrarse en historias novelescas o -simplemente- estar informado de cosas más o menos cercanas y más o menos importantes.
Afortunadamente, en los últimos cincuenta años ya no tiene por qué haber casos de analfabetismo y sin embargo tendemos a usar un vocabulario cada vez menos cuidado. He tenido el placer de viajar a Colombia y tratar con algunos colombianos, y me parece admirable el uso que hacen de nuestro idioma común: el esmero en la redacción, la riqueza de los términos que emplean…
La paradoja de las cifras
Se calcula que hoy en día el idioma español atesora más de 93.000 palabras, y que un hablante medio puede controlar entre 3.000 y 5.000, aunque para el uso diario una persona de un perfil medio se conforme con unas 300 palabras y una persona culta pueda llegar hasta las 500: dicho de otra manera, podemos controlar entre un 3% y poco más del 5% del vocabulario español y nos conformamos con emplear entre un 0,3% y un 0,53% en nuestra vida cotidiana.
El riesgo no es no saber leer, sino no saber usar lo leído.
Analfabetismo funcional
En menos de un siglo hemos pasado de una sociedad con personas iletradas por falta de oportunidades –pero con un interés en aprender- a correr el riesgo de convertirnos en analfabetos funcionales: personas que, a pesar de saber leer, escribir y contar, no somos capaces de utilizar esas habilidades de una forma eficaz en situaciones de vida cotidiana.
Hace medio siglo nuestra sociedad leía los periódicos, y -aunque hoy en día parezca una cosa menor- debemos tener en cuenta que hasta la más humilde publicación contaba con un “libro de estilo” que se seguía a rajatabla, un manual de referencia que establecía las normas éticas, lingüísticas y técnicas que los periodistas debían seguir en sus redacciones.
Además, siempre contaban con la figura del “corrector de pruebas” o “cerrador”, que eran aquellas personas cuya función era detectar errores o incoherencias, revisar puntuación, redacción, etc… y verificar que la noticia se adecuaba al manual o libro de estilo antes de que la publicación llegara al lector.
De la misma manera los medios audiovisuales (radio y televisión) también tenían un manual de estilo que se ocupaba no sólo de la gramática, sino también de la oralidad o la imagen.
El deterioro mediático
Supongo que estaremos de acuerdo en el declive de nuestros medios escritos y audiovisuales en los últimos años en cuanto al esmero en la redacción y el uso del lenguaje se refieren: parece que los libros o manuales de estilo se han perdido, que algunos periodistas son iletrados, o -al menos- se emplean como si fueran analfabetos funcionales a los que no sólo no les importa el esmero en el lenguaje y la redacción, sino que no tienen la más mínima vergüenza en dar patadas al diccionario o tener licencias con las faltas de ortografía.
Cualquier procesador de textos moderno alerta ante una falta ortográfica, así que no tiene justificación que las publicaciones no sean ejemplares.
Tecnología y responsabilidad
Hay quien dice que las nuevas tecnologías y nuestra dependencia de las redes sociales tienen la culpa de que cada vez seamos más pobres en nuestra retórica, pero -honestamente- creo que no debemos echar la culpa a unas herramientas o a unos medios de nuestro propio desinterés o falta de cuidado.
La R.A.E. y la claudicación
La decadencia en el uso de nuestro lenguaje es tal que hasta la R.A.E., en lugar de mostrarse intransigente y trabajar por el fomento de la corrección lingüística, parece haber tirado la toalla y dado su brazo a torcer ante aquellos que hacen un mal uso del idioma español admitiendo en su diccionario términos como “almóndiga”, “asín”, “toballa”, “murciégalo”, “setiembre”, “vagamundo”, etc… aunque con la advertencia de que se trata de vulgarismos.
Cuando el lema se descompone
Esta misma semana, mientras comía con unos colegas, uno de ellos se interesaba por el manido lema de la R.A.E., a lo que otro rápidamente contestó: “Limpia, fija y da esplendor”, un lema que data de 1715 y que resume su misión fundacional de mantener la unidad y pureza del idioma. Un tercer comensal, que debía estar más atento a la chuleta que a la conversación o a saber en qué estaba pensando, tardó unos segundos en asimilarlo para intervenir: “pija limpia da esplendor… muy bueno: ¿de quién era eso?”.
Somos incorregibles.

Licenciado en Filología Española (Literatura)
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