Asturias Liberal > España > Debate político

Ésta es la maldición de España en este momento: en cualquier grupo de amigos o tertulia, el debate razonado parece haber muerto; el sentimiento supera a la razón, se juzga por intenciones en lugar de por hechos.

Cuentan las lenguas que existe cierto grupo de WhatsApp, donde se cuentan grandes profesionales, como periodistas, profesores, ingenieros, historiadores, escritores, catedráticos, notarios y hasta militares de alta graduación; gente altamente cualificada y preparada, de gran cultura, que sabe de arte, economía, filosofía, historia…

Esa es su grandeza: la variedad y pluralidad. En ocasiones se habla y se debate de uno y mil temas, siempre aprendiendo unos de los otros, con respeto y educación.

Pero un día, uno de sus miembros publicó un mensaje que “olía” a política de un determinado color. No tardó en aparecer quien le contestara, mostrando su desacuerdo con el mensaje por ser del sesgo político contrario.

Se abrió el correspondiente debate, y la única conclusión a la que se pudo llegar es que “mejor no hablar de política”.

Polarización y etiquetas. Reglas mínimas de la democracia

Afloran los rojos y los azules. Los tirios y los troyanos. La sociedad está polarizada y eso nos está destruyendo.

Si supuestamente todos somos demócratas —pocos habrá que se atrevan a decir abiertamente que no lo son—, tenemos que estar de acuerdo en las mínimas reglas del juego: la democracia, el pluralismo, las elecciones periódicas, el juicio por debate, la libertad personal para presentarse a las elecciones, favorecer la alternancia política, el respeto por las mayorías

No eres demócrata si solo deseas que gane tu partido favorito en todos los ámbitos de gobierno y no das ninguna oportunidad a los partidos “contrarios”.

La alternancia es una de las cosas más sanas, y la prueba es que allí donde siempre gobierna el mismo partido se hacen los “dueños del cortijo”, y la corrupción y el clientelismo brotan natural e inevitablemente.

Identidad, pertenencia y fanatismo

Habitualmente interiorizamos en nuestro carácter y personalidad la pertenencia a un determinado grupo. Entonces, si yo soy periodista o asturiano y me encuentro con alguien que insulte a los periodistas o a los asturianos, me siento concernido y me molesta.

Lo mismo ocurre si soy conservador, liberal o socialista: cuando alguien ataca a “mi” grupo, también lo tomo como cosa personal y lo defiendo, según el carácter de cada uno, incluso de forma agresiva. Esto es muy habitual, y muy humano.

Pero deberíamos tener en cuenta que, para las ideas políticas, uno no debería “ser” sino “pensar”. Ser capaz de pensar que tal o cual ideario puede ser útil en este momento por determinadas razones; apoyar unos proyectos políticos que reformen lo que está mal o es mejorable; y ser capaz de reconocer cuando esos proyectos o ideas dejan de funcionar, o no son necesarias, y votar en otro sentido en la siguiente elección, premiando o castigando al grupo político que lo haga bien o mal.

Evidentemente, si uno dice “ser” socialista, conservador o liberal, se considera miembro de ese grupo, y pasamos al fanatismo de pertenencia, como quien es del Sporting o del Oviedo.

Las personas no deberían “ser” de ningún grupo político; deberían pensar, comparar y decidir en cada coyuntura.

Partidos, liderazgos y coyunturas

Incluso un mismo partido —las mismas siglas a las que en un determinado momento se votó con entusiasmo— puede tener distinta deriva según lo dirija un determinado líder u otro, con un equipo u otro, llevándolo por otros derroteros ideológicos y resultar invotable en un determinado momento.

Se presupone que la gente culta debe saber esto y no enmarcarse poniéndose una “camiseta” que hoy puede ser nueva y flamante, y mañana “oler rancio”.

Ensayo y error, con respeto

Lo mismo que en la ciencia, la sociedad avanza por ensayo y error. No seamos tercos perseverando en el error una vez lo detectamos, solo por el sesgo de pertenencia. Todo debería ser debatible dentro del respeto, la cortesía y la educación. Incluso si se concluye que es el sistema el que está funcionando mal —más allá de lo que un partido u otro hagan—, y debería reformarse o cambiarse.

En todo caso, como demócrata, lo que diga la mayoría.