Del “presunto AVE” a la Alta Velocidad Emocional: crónica de un viaje entre promesas, trasbordos y pantallas que no funcionan.
La semana pasada me tocó volver de Madrid a Asturias en el presunto AVE.
Digo presunto porque, ingenuo de mí, al salir del Metro iba buscando los carteles de RENFE, hasta que un alma caritativa me dice:
—¿RENFE para Asturias? No, no… tú sigue los letreros del AVE.
¡Ah, rediossss, es verdad, ya tenemos AVE! ¡Qué cabeza la mía! Y allá voy, siguiendo las flechas luminosas hacia la modernidad sobre raíles.
Control “aeropuerto”, pantallas de museo
Paso el control, que ya se parece sospechosamente al de un aeropuerto, aunque con matices: las maletas pasan por el “arco de triunfo” —por si llevas una bomba o, peor aún, un bocadillo de panceta—, mientras que los pasajeros somos “cacheados” o no según la inspiración del guarda de turno. Un sistema muy científico.
Ya a bordo, una voz en megafonía anuncia con solemnidad: “Disponemos de servicios multimedia en cada asiento y cafetería en el vagón X.”
Bueno, bueno… ¡Lujo al máximo nivel, película sólo para mí! Enciendo mi pantallita y aparece un menú con “películas”, “música”, etc. Emocionado, intento pulsar algo… pero nada. El menú es como un cuadro de museo: se mira, pero no se toca. Imagino que con el becario que la programó se les acabó el presupuesto, justo después de diseñar la pantalla de inicio.
Eso sí, al menos sirve para cargar el móvil. Un avance.
Mi compañero de asiento no tuvo tanta suerte: su pantalla ni siquiera enciende. Tuvo que recurrir al enchufe de toda la vida, como los cavernícolas tecnológicos. Tecnología punta versión 5.0.
Debajo del asiento hay dos misteriosas palancas:
–La primera, tras varios tirones, descubrimos que sirve para acercar o alejar el asiento.
–La segunda… ni idea. Mi compañero (que además de más joven parecía mucho más listo que el que suscribe) y yo llegamos a la conclusión de que debía activar las mascarillas en caso de despresurización del vagón, o quizá liberar chalecos salvavidas si el tren decidía sumergirse en el Cantábrico.
Todo muy lógico.
Del “200 km/h” al Tren de la Bruja
Hasta Pola de Lena, todo iba de maravilla, a velocidades de más de 200 km/h. ¡Espectacular!
Pero, llegando a León, por megafonía nos dicen que habrá que hacer trasbordo. Nadie explica por qué, pero todos asumimos resignadamente que eso significa una horita más de viaje.
Minutos antes de llegar, vuelven a anunciar que todos los pasajeros deben bajarse. Al instante, otro mensaje automático contradice al anterior: “Los pasajeros con destino León, bájense; los que sigan a Asturias, permanezcan en sus asientos.”
¿Bajamos o no bajamos? Como todo el mundo se levanta, yo también. A veces la sabiduría está en la masa.
En el andén, un operario nos dice que el tren a Oviedo es en el mismo andén… así que subimos a ese otro, obedientes pero con cara de póker.
El nuevo vagón parece sacado del pleistoceno ferroviario. Vuelven a prometer película (esta vez en singular pues es con pantalla única delante del todo y para todos los pasajeros), aunque esta vez sin cafetería.
Y el sistema de auriculares, por supuesto, tampoco funciona. En la pantalla solo aparece la fecha, la velocidad y la hora… con horario de verano (o sea, parece que ya al subir vamos una hora tarde).
Genial: ni puntuales ni actualizados. Y cabreados porque, lógicamente, el letrero indica una hora más.
En algunos tramos alcanzamos picos vertiginosos de 46 km/h. Un caracol nos adelantó con intermitente y todo, y seguro que él no tenía prisa por llegar a casa, pues la llevaba a cuestas.
Llegar tarde… pero menos
Al final, llegamos. Con retraso, pero vivos, que ya es mérito. Como dijo un pasajero:
“Hombre, esta vez hemos llegado tarde, pero menos que de costumbre.”
Todo un logro del AVE Madrid-Asturias, símbolo de la tecnología punta del siglo XXI.
En ciertos momentos me vino a la cabeza la canción de Víctor Manuel, El tren de madera (versión 5.0 del Siglo XXI):
“Cuántas ilusiones lleva a la ciudad
Ese tren tan viejo que no puede andar.”
Y pensé: pues mira, igual lo del AVE era solo una metáfora poética… Porque, en el fondo, las altas instancias llevan meses repitiendo que ya tenemos AVE a Asturias, con sonrisas de foto y cintas inaugurales, cuando lo único realmente nuevo es la Variante de Pajares.
Eso sí, el túnel es una maravilla: reduce el viaje en unos 30 minutos, lo cual —si no se estropea la pantalla, no hay trasbordo y el caracol no se nos cruza— ya es casi ciencia ficción.
El resto, las mismas vías, los mismos trenes… y la misma historia de siempre: vender humo a toda velocidad.
Porque, de AVE sólo tienen “Alta Velocidad Emocional (baja velocidad real)”.
Conclusión: mucha etiqueta de Alta Velocidad, poca velocidad real; promesas a toda máquina y usuarios en “Tren de la Bruja”.
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Consultor empresarial.
Germánico en organización, perseverante en las metas, pragmático en soluciones y latino en la vida personal.
¿Y por qué no?