En una narco-cleptocracia criminal totalitaria no hay “salida negociada” porque el problema no es político: es existencial. Abandonar el poder significa perderlo todo —dinero, impunidad y libertad— y, en muchos casos, enfrentarse a penas que equivalen a cadena perpetua.
Por Hugo Mena Keymer, PhD Economía
Serie basada en el estudio “Venezuela: un caso inédito en la historia con implicaciones regionales”. Tercera entrega.
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VENEZUELA (por Hugo Mena K.)
Si en la primera entrega describimos el método —la dictadura institucionalizada— y en la segunda el resultado —la narco-cleptocracia criminal totalitaria—, en esta tercera entrega llegamos al punto que incomoda a quienes aún esperan un final “convencional”: la estructura del régimen venezolano lo vuelve perenne. No por magia. No por popularidad. No por eficacia. Por lógica fría: no tiene incentivo alguno para abandonar el poder.
Durante años se han repetido recetas conocidas: diálogo, negociación, garantías, acuerdos, mesas, acompañamiento internacional, “salidas electorales” y promesas de convivencia futura.
En el análisis de Hugo Mena, esa esperanza se estrella contra un muro: el régimen no funciona como un gobierno autoritario clásico. Funciona como un conglomerado criminal que usa el Estado como plataforma logística, financiera y militar.
Y un conglomerado criminal —por definición— no entrega voluntariamente su fuente de riqueza y su escudo de impunidad.
1) El error de diagnóstico: tratar una estructura criminal como si fuera un actor político
La mayor confusión, sostiene el autor, consiste en hablar de “negociaciones políticas” con un sistema que ya no se rige por los incentivos de la política.
- •Una dictadura convencional puede, bajo ciertas condiciones, negociar una transición: sus jerarcas pueden aceptar exilio, amnistías, cuotas de poder o garantías de supervivencia. Incluso pueden perder elecciones si el coste de reprimir se vuelve demasiado alto.
- •En cambio, una narco-cleptocracia criminal totalitaria opera bajo otra lógica: la del botín y la del riesgo penal. Sus líderes no se juegan un cargo. Se juegan su libertad —y en ocasiones su vida—.
Por eso, lo que para una oposición democrática es un “conflicto político”, para el régimen es un dilema existencial.
Este diagnóstico explica, según Mena, por qué fracasaron todos los intentos de diálogo: no chocaron contra un problema de confianza, ni contra un exceso de polarización, ni contra la falta de mediadores eficaces. Chocaron contra la estructura de incentivos de una organización que no puede permitirse dejar el poder.
2) Los dos costes incompensables de abandonar el poder
La tesis central se apoya en una idea simple: el coste total de salida para el régimen es incompensable. Está compuesto por dos grandes bloques.
•Primero, el coste económico. Abandonar el poder implica renunciar a ingresos gigantescos asociados a: saqueo del erario público, narcotráfico, tráfico de minerales estratégicos, contrabando de petróleo, trata de personas, exportación de delincuencia organizada, extorsión, sicariato y otros negocios ilícitos transnacionales. El autor lo formula como un coste de oportunidad que, si se calcula como valor presente, se vuelve astronómico.
Segundo, el coste no pecuniario: el coste penal. Al perder el control del Estado, los jerarcas se exponen a procesos judiciales nacionales e internacionales por corrupción, lavado de capitales, violaciones sistemáticas de derechos humanos y crímenes de lesa humanidad —imprescriptibles—. En un número significativo de casos, las imputaciones acumuladas podrían llevar a sentencias que, en términos reales, equivalen a cadena perpetua.
La suma de ambos bloques —dinero inconmensurable más riesgo penal extremo— produce un resultado inevitable: el régimen no abandona el poder “por incentivos”, salvo que el incentivo sea evitar un mal mayor percibido como inmediato.
3) Por qué el régimen es inmune a elecciones, diálogos y diplomacia

Cuando se entiende la naturaleza del coste de salida, se entienden también tres “inmunidades” del régimen.
•Inmunidad a la vía electoral. En un sistema donde el poder real está unido a una economía criminal, una elección no es un mecanismo de alternancia: es una amenaza existencial. El régimen no puede aceptar la derrota porque la derrota no significa “salir del gobierno”: significa quedar expuesto ante tribunales y perder el control de los flujos ilícitos.
•Inmunidad a la negociación política. El régimen no es un actor que “negocia” porque no se concibe a sí mismo como una organización política normal. En palabras del autor, no son “políticos” en el sentido clásico; su leitmotiv dominante es el poder como blindaje y el dinero como finalidad.
•Inmunidad a la negociación diplomática tradicional. La diplomacia funciona cuando hay un terreno compartido: reputación, reconocimiento, incentivos económicos legítimos, integración internacional. Pero cuando el núcleo del sistema es una industria ilícita transnacional, y cuando parte del poder se sostiene en redes criminales y alianzas con actores armados, las sanciones y acuerdos pierden fuerza. La estructura se adapta, muta, busca nuevos intermediarios y explota los vacíos del orden internacional.
4) La conclusión operativa: solo cae por coerción compulsiva
Llegados aquí, la conclusión de Mena no es retórica: es operativa. Si el régimen es estructuralmente perenne, entonces el cambio de poder no puede depender de “buena voluntad”, ni de “presión moral”, ni de “mesas de diálogo” diseñadas para actores racionales convencionales. El cambio solo puede producirse mediante un proceso compulsivo.
¿Qué significa “compulsivo”? Significa que el régimen solo abandonará el poder cuando el coste de permanecer sea percibido como superior al coste de salir.
Y dado que el coste de salir es casi infinito (económico y penal), el coste de permanecer tendría que adoptar una forma extrema: el riesgo inmediato de perder la vida, o la destrucción total del entramado criminal por medios coercitivos.
No es una invitación al fatalismo: es una advertencia sobre el terreno real en el que se juega la libertad venezolana. Quien planifica estrategias de salida con diagnósticos equivocados está condenado a repetir, una y otra vez, el mismo ritual fallido con nombres distintos.
5) El efecto colateral más grave: el tiempo como arma del régimen
La perennidad estructural tiene otra consecuencia: el tiempo se vuelve un arma.
Mientras el régimen permanezca, su economía ilícita se consolida, sus redes se internacionalizan, sus alianzas se profundizan, y la sociedad se debilita por migración masiva, empobrecimiento y represión. Cada año adicional no es solo “un año más”: es una inversión del sistema para blindarse mejor.
En este contexto, la prolongación indefinida del statu quo no es neutral. Tiene costes humanos y estratégicos crecientes. Por eso, sostiene Mena, resulta crucial abandonar el autoengaño de las soluciones cosméticas y comprender la naturaleza real del régimen.
6) Puente hacia la cuarta entrega: Estados Unidos y la lógica de la “guerra indirecta”
Esta lectura conduce directamente a la siguiente pregunta: si no hay salida pacífica viable, ¿qué fuerzas externas o internas pueden romper la perennidad del régimen?
En la próxima entrega, Hugo Mena analiza la intervención militar de Estados Unidos como respuesta de seguridad nacional ante lo que denomina “guerra indirecta”, y detalla las razones estratégicas y jurídicas que, desde su perspectiva, la vuelven inminente.
Dicho de otro modo: si el régimen es estructuralmente perenne, el debate no es si habrá presión; el debate es qué tipo de presión puede ser eficaz y bajo qué marco legal y geopolítico se articulará.
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