El fin de año tiene una virtud un tanto fastidiosa: obliga a mirar el conjunto. No el titular. No la anécdota. El conjunto.
Y, cuando uno contempla la agenda pública de Adrián Barbón durante 2025 —sus balances, sus rectificaciones, sus dimisiones administradas, sus viajes institucionales, su insistencia en el relato de estabilidad— entiende que Asturias no vive solo una alternancia de siglas, sino una alternancia más profunda:
La que separa a quienes conciben el Gobierno como mantenimiento del poder y a quienes lo conciben como dirección histórica.
Por eso conviene recuperar la comparación que ya hicimos en Asturias Liberal a propósito de dos discursos de investidura: el de Francisco Álvarez-Cascos (2011) y el de Barbón (2019). Aquellos textos no son piezas de museo; son radiografías de dos temperamentos políticos. Y, sobre todo, de dos relaciones con Asturias: una relación de proyecto y otra de preservación.
El método Barbón en 2025: cuidar a los suyos, compensar a los cazadores de rentas
La Asturias de 2025 ha visto un presidente hábil en la técnica más definitoria de su política: no tanto dirigirla a todos los asturianos como cuidar a quienes le importan a él y la casta que vive del presupuesto público.
Desviando la mirada embobada de muchos asturianos hacia lo sentimental — con discursos de lluvia, dignidad y poesía—, centró su acción de gobierno en preservar apoyos de élite, compensar a los actores con capacidad real de anclaje en su propia poltrona e indiferencia de duro rostro ante la decadencia de la región.
Obsérvese el patrón, repetido con desesperada disciplina: cuando una tensión amenaza con abrir grietas en la cúspide —en el funcionariado privilegiado, en La Nueva España, en los sindicatos con sueldo público, en el perímetro empresarial subvencionado que marca el ritmo de la gobernabilidad— el Gobierno reconfigura, rectifica o sacrifica piezas…cambia todo para que nada cambie.
Así en Asturias, como en la Sicilia de Lampedusa de su magistral Gatopardo.
La dimisión de una consejera tras una crisis minera de enorme impacto simbólico, o la marcha atrás en educación ante una escalada de conflicto docente, no son meras contingencias: son el recordatorio de que el poder de Adrián Barbón se mantiene evitando que los apoyos decisivos y poca amplitud se sientan malpagados. ¿Y la mayoría social? Entretenida mirando al dedo de su grandilocuencia.
En la política de Barbón, el error no es equivocarse: el error es dejar que la equivocación se convierta en una ruptura interna aunque sea a costa de la ingenuidad de los ciudadanos.
Mientras tanto, la base social amplia recibe lo que el régimen de atolondrada estabilidad exige: un flujo constante de mensajes de empatía, de autojustificación y de promesas de refuerzo de lo público. Un aparato editorial, Prensa Ibérica por delante, bien regado le ayuda a ello, y mucho.
Es el reparto simbólico: el “estamos”, el “acompañamos”, el “nadie se queda atrás” convertido en titulares tapadera del papel de periódico.
Pero lo sustantivo se decide en otro círculo, donde el Gobierno mide, día a día, qué hay que compensar, qué hay que desactivar y a quién conviene mimar para que el sistema de succión de riqueza y de ilusiones siga funcionando sin sobresaltos.
El discurso Barbón: emotividad universal, concreción selectiva
Esta manera de gobernar se refleja en su retórica. Barbón domina el tono del facilismo : un lenguaje de comunidad emocional, de bondad institucional, de promesa inclusiva.
Es eficaz para evitar el rechazo selectivo, para presentarse como presidente “de todos”, para envolver cualquier medida en celofán emocional y convertir la crítica en una sospecha de insensibilidad.
Pero ese mismo estilo tiene un reverso: cuando el discurso se vuelve demasiado vaporoso, la región puede quedarse sin brújula y, lo que es peor, sin ambición.
En 2025, Barbón ofrece un balance de mundo oficial, un relato de Asturias que “crece” y “resurge” cuando sólo a algunos les pasa esto y sólo a muchos les ocurre lo contrario.
Su política tiende a operar como bienestar político —bienestar del sistema cerrado que lo sostiene— antes que como una apuesta exigente por el futuro de Asturias, con reformas capaces de enfrentar inercias, redes de dependencia y burocracias que se perpetúan a sí mismas.
Álvarez-Cascos: hablar a adultos, gobernar para Asturias

Frente a ese modelo, el discurso de investidura de Álvarez-Cascos —y la impronta de su etapa en el Gobierno— destaca hoy como una rareza casi insoportable para la política regional: la rareza de la claridad.
Cascos no hablaba para tranquilizar a minorías influyentes ni para repartir caricias retóricas.
Hablaba como quien llega con un plan, con una exigencia de madurez colectiva y con una idea elemental: Asturias no se salva con gestos, se salva con estructura.
Su estilo de comunicación y de acción no era terapéutico.
- •Era directivo.
- •No pedía aplausos: pedía responsabilidad.
- •No prometía que todo saldría bien: explicaba por qué podía salir mal y qué había que corregir.
Y ese enfoque —que hoy algunos tildaban de “duro” porque confunden la política con el confort— tenía una virtud mayor: se dirigía a una base social amplia como a un cuerpo adulto, capaz de comprender que el bienestar no se canta, se construye; y que, para construirlo, hay que incomodar intereses y desmontar inercias.
Cascos no cuidó el poder: cuidó el tiempo. Y el tiempo, en política, es la sustancia de la visión.
En su acción política había algo que en Asturias se echa de menos con dolor sordo: la idea de que gobernar es elegir, priorizar, cortar, auditar, simplificar, dinamizar, abrir caminos productivos, y asumir el coste de hacerlo.
Cascos hablaba de medidas, de maquinaria administrativa, de tejido económico y de plazos; hablaba, en suma, como quien cree que Asturias debe poder pagarse su porvenir sin vivir eternamente del relato de su pasado.
El contraste decisivo: compensar apoyos o construir futuro
He aquí el núcleo, sin disfraces: Barbón ha mostrado en 2025 una pericia reprbable en conservar el equilibrio que lo sostiene, compensando a quienes tienen capacidad de condicionar su estabilidad y blindando el perímetro institucional que lo mantiene a salvo. Cascos, en cambio, representó —durara lo que durara— otra lógica más rara y más necesaria: gobernar para Asturias, no para el sistema; gobernar con horizonte, no con respiración asistida.
El primer modelo produce decadencia y baja resistencia de los intereses creados por el propio modelo.
El segundo produce incomodidad, cambio y recuperación económica y moral, porque es lo que toda reforma auténtica produce.
Pero el problema de Asturias no es que le falte tranquilidad: es que le falta impulso. Y una región que confunde tranquilidad con progreso termina envejeciendo en paz, sí, pero envejeciendo.
Por qué conviene reabrir el legado de Cascos
Reintroducir el legado de Álvarez-Cascos en la agenda regional no es un acto de nostalgia; es un acto de higiene política.
Porque su figura —con todas las controversias, con todas las resistencias que despertó— recuerda una verdad que el discurso contemporáneo intenta anestesiar:
Que el Gobierno no es una máquina de reparto emocional y pago de dividendos privilegiados, sino una herramienta para orientar una comunidad en el tiempo.
En una Asturias donde la política se ha habituado a premiar al que mejor administra apoyos y castigar al que se atreve a tocar la estructura, Cascos opera como un recordatorio incómodo: el de que hubo un presidente que habló como ingeniero del Estado, no como animador del consenso; que trató a los ciudadanos como adultos, no como pacientes; y que entendió que el mayor cariño a un pueblo no consiste en prometerle cobijo, sino en darle futuro.
Asturias no necesita más poesía institucional: necesita una política que se atreva a decir la verdad, a pagar el coste de las reformas y a volver a gobernar con visión. Y, para volver a eso, conviene recordar quién lo intentó.
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- Álvarez-Cascos y Adrián Barbón: Dos discursos, dos modelos de Asturias (Asturias Liberal, 26/04/2025)
- Balance de Barbón sobre compromisos de 2025 (Gobierno del Principado, 30/12/2025)
- Dimisión tras el accidente minero de Cerredo (RTVE, 15/04/2025)
- Rectificación educativa: jornada reducida y comedor (Gobierno del Principado, 28/05/2025)

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED