La escena es conocida. Demasiado conocida.
Salta un escándalo. Aparece un pendrive. La palabra UCO empieza a pronunciarse en voz baja, como si fuera el nombre de un dios antiguo al que no conviene invocar demasiado. Y entonces, con reflejos de supervivencia política dignos de manual, el partido anuncia una auditoría externa para “eliminar cualquier sombra de duda”.
Tranquilos. Todo controlado. Circulen.
Eso fue exactamente lo que ocurrió cuando el PSOE anunció su auto-auditoría tras el informe de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil. Y, como era previsible, el resultado fue inmaculado: sistema “coherente, cerrado y verificable”, ninguna financiación irregular, gallinas que entran por gallinas que salen.
Fin del misterio. O no.
Los «auditores» fueron el profesor de Derecho Financiero y Tributario César Martínez Sánchez y el catedrático de Derecho Financiero y Tributario Félix Alberto Vega Borruego.
El primero de ellos, tal y como adelantó El Confidencial, fue un asesor de Sánchez en la Moncloa, mientras que el segundo está relacionado con Podemos ya que los ‘morados’ le propusieron como miembro del Consejo General del Poder Judicial en 2018.
El reloj del consultor y el sofá del poder
Para entender qué ha pasado —y qué no ha pasado— conviene detenerse en una vieja definición que José Manuel López recordaba en un artículo publicado en Asturias Liberal:
El consultor es alguien que te pide prestado tu reloj, te dice la hora y luego se queda con el reloj… y con los honorarios.
No es un chiste. Es una advertencia.
Porque no todas las auditorías sirven para lo mismo. Algunas sirven para saber. Otras, para dormir mejor. Y hay una diferencia crucial entre ambas.
Auditoría económica: la foto fija
La auditoría presentada es, en términos técnicos, una auditoría económica clásica. Se mira si los números cuadran. Si hay facturas. Si los pagos están documentados. Si el Excel cierra sin llorar.
- •Es la auditoría de la foto fija.
- •Una instantánea contable.
- •Una imagen bien iluminada del saldo… sin mover los muebles.
En el ámbito profesional se resume con una metáfora casi infantil, pero precisa: las gallinas entran por un lado y salen por otro. Eso sí, con papeles. Siempre con papeles.
El problema no es que esto sea falso. El problema es que es insuficiente.
Auditoría técnica: cuando empieza el peligro
La auditoría que no se ha hecho —y aquí empieza el relato interesante— es la auditoría técnica. Esa que no pregunta cuánto, sino para qué. No si se pagó, sino qué se obtuvo. No si hay factura, sino si el servicio existió, si era necesario y si tenía sentido.
La que pregunta:
- •¿Qué se contrató exactamente?
- •¿Quién lo ejecutó?
- •¿Qué entregables hay?
- •¿Cuántas horas reales?
- •¿Por qué ese precio y no otro?
- •¿Hay mercado comparable?
- •¿Hay fraccionamiento?
- •¿Hay caja camuflada de normalidad?
Esa auditoría no se hace desde un despacho un par de horas a la semana. Esa auditoría molesta.
Cuando alguien mira de verdad
En el sector se conocen bien casos en los que, tras años de informes voluminosos, elegantes y perfectamente encuadernados, bastaron unas pocas semanas de trabajo real, intensivo y sin concesiones para detectar irregularidades que nadie había querido ver.
No porque fueran invisibles.
Sino porque nadie había tenido mandato, incentivo o libertad para buscarlas.
El contraste suele ser brutal: meses de “análisis” tranquilizador frente a días de revisión técnica que obligan a rehacer preguntas incómodas. Es la diferencia entre auditar para certificar y auditar para comprender.
¿Quién audita al auditor?
Aquí el relato vuelve a la política. La auto-auditoría del PSOE fue:
- Encargada por el propio partido,
- presentada con resultado tranquilizador antes de terminarse,
- y comunicada como cierre del debate, no como apertura de preguntas.
No hace falta hablar de ilegalidad para que el problema sea evidente. Basta con una expresión sencilla: conflicto de incentivos.
Cuando el objetivo implícito es “calmar”, el alcance se ajusta. Cuando el encargo es “tranquilizar”, la lupa se queda en casa. Y cuando nadie pide una auditoría técnica real, lo que se obtiene es exactamente eso: una auditoría del sofá. Cómoda. Acolchada. Reconfortante.
El chiste que no es chiste
En el mundo de la auditoría circula una broma que no tiene nada de humor: si alguien hiciera esa auditoría en serio, en pocos días se caería más de una estructura.
No es una amenaza. Es un diagnóstico.
Porque una auditoría de verdad no certifica tranquilidad. Certifica realidad. Y la realidad, cuando se mira de cerca, rara vez es tan pulcra como un dosier enviado a una agencia de noticias.
Epílogo: para qué sirven las auditorías
Las auditorías pueden servir para dos cosas:
- Conocer la verdad.
- Comprar tiempo.
Esta ha servido para lo segundo. Y eso explica por qué ha respondido a las preguntas cómodas y ha evitado las importantes.
Las gallinas, sí, entran por donde salen.
Pero nadie ha querido mirar el gallinero.
Y ahí, precisamente ahí, es donde empiezan los problemas de verdad.
Enlaces recomendados
- El Debate: Los autores de la “auto-auditoría” del PSOE
- Asturias Liberal: ¿A quién contratarías como experto? (José Manuel López)
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED