•Épocas que no caen por falta de valores, sino por exceso de ellos mal colocados.
•Épocas que, incapaces de habitar la realidad tal como es, se refugian en una moral de consuelo y confunden la rectitud con la renuncia a gobernar.
•Epocas de idealismo, de metafísica, que cuando se hace sistema, no ennoblece la política: la paraliza.
Gobernar desde el idealismo consiste en separar lo que la vida da unido: separar la razón del cuerpo, la intención del efecto, el deseo del resultado.
Desde esa distancia cómoda se dictan normas impecables que no rigen nada y se proclaman principios elevados que no ordenan el conjunto. Es una metafísica de despacho: limpia las manos y deja intacto el desorden.
Frente a ello, la ontología irrumpe como escándalo. No promete redención ni pureza; exige carga. No pregunta qué debería ser el mundo, sino si quien decide es capaz de sostenerlo sin romperse. Aquí no hay coartadas morales: hay afirmación de lo real, aceptación del conflicto y disciplina de totalidad. La vida no se juzga; se organiza.
Las instituciones modernas han aprendido a hablar como sacerdotes y a actuar como burócratas. Moralizan donde deberían estructurar, prohíben donde deberían integrar y fragmentan lo que exige mando unitario.
Cada fracaso se reviste de lenguaje ético; cada incapacidad se disfraza de virtud. Así, la debilidad se convierte en norma.
Pero hay un límite que ninguna época puede traspasar sin pagar el precio: la debilidad estructural. No la fragilidad humana —inevitable—, sino la incapacidad de asumir el conjunto. Cuando gobernar se reduce a administrar intenciones, cuando decidir se posterga en nombre del consenso perpetuo, el sistema empieza a descomponerse desde dentro.
La política ontológica no es amable. No promete justicia perfecta ni armonías finales. Promete algo más raro: orden habitable. Integra lo adverso sin glorificarlo, soporta la tensión sin teatralizarla y acepta costes visibles para evitar ruinas ocultas. No niega los instintos: los somete. No idealiza la vida: la afirma, incluso cuando incomoda.
También el liderazgo se divide aquí sin remedio. Hay quien gobierna palabras y quien gobierna situaciones.
El primero necesita unanimidad porque carece de palanca; el segundo tolera el conflicto porque tiene estructura. Uno tranquiliza conciencias; el otro sostiene realidades.
Al final, toda época se juzga no por sus intenciones, sino por lo que es capaz de soportar. No vence lo más puro ni lo más correcto. Vence lo que puede cargar con el todo sin fragmentarlo, lo que afirma la vida sin pedirle perdón y lo que sabe que nada hay más imperdonable que la debilidad disfrazada de virtud.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED