Asturias Liberal > España > No es que Vox gane, es que Feijóo no recoge la degradación de la izquierda

La encuesta no cuenta una victoria. Cuenta una descomposición.

El dato relevante no es que Vox suba, ni siquiera que alcance un nuevo techo. El dato de fondo es que el PSOE deja de ser un partido con cierta estructura.

Ya no pierde solo por desgaste: pierde por fuga estructural. Y cuando un partido de gobierno empieza a perder votos hacia todos los lados —derecha, izquierda alternativa e indecisión— lo que se rompe no es una mayoría: es su función de anclaje.

Sánchez toca suelo no porque aparezca un adversario brillante enfrente, sino porque se agota la lógica que lo sostenía: la de ser el mal menor competente, el gestor inevitable, el centro de gravedad institucional. Cuando el 33% de los que se van alegan descontento con el liderazgo y otro 32% con la gestión, el problema ya no es coyuntural. Es arquitectónico.

La izquierda alternativa amortigua, pero no sustituye

La izquierda alternativa amortigua algo, pero no compensa. Sumar y Podemos crecen en voto, pero pierden en poder efectivo. Fragmentan, no sustituyen. Funcionan como esponja emocional, no como eje de gobierno. Absorben malestar, pero no construyen mayoría. El resultado es un bloque progresista que resiste en volumen, pero se desarma en capacidad.

Cuando no hay eje, cualquier canal de fuga se vuelve autopista.

En ese vacío emerge Vox. No como anomalía, sino como canal de fuga. Vox no gana porque convenza a muchos nuevos; gana porque ordena el descontento de otros. Su crecimiento es menos ideológico de lo que parece y más funcional: ofrece identidad clara, relato simple y una promesa de conflicto frontal en un contexto donde el poder aparece enredado, defensivo y opaco.

El dato decisivo no es el 17,2%, sino la transferencia neta: más de 300.000 votos procedentes directamente del PSOE. No es voto conservador clásico. Es voto de ruptura. Gente que no busca continuidad, sino salida.

El PP aguanta, pero no lidera

Y mientras tanto, el PP aguanta… pero no lidera. Feijóo mejora en escaños mientras empeora en porcentaje. Es una paradoja que delata su problema: gestiona el sistema, pero no lo reorganiza. No pierde centralidad, pero tampoco la recupera del todo.

Y ese liderazgo melifluo, templado hasta la anestesia, favorece objetivamente a Vox. No por radicalidad, sino por contraste.

En política, cuando el principal partido de oposición transmite contención sin épica, prudencia sin horizonte y moderación sin pulso, alguien recoge el malestar sobrante. Hoy lo recoge Vox.

Solo un perfil con capacidad de entusiasmo, con pulsión de poder visible y relato propio —un liderazgo de alto voltaje como el de Isabel Díaz Ayuso— podría disputar ese espacio emocional y ofrecer a la derecha una alternativa movilizadora que no pase por la ruptura. Lo demás es mera administración del desgaste ajeno.

Por eso la suma PP–Vox es hoy la única mayoría posible, pero también la más inestable en términos estratégicos. No porque no puedan pactar, sino porque compiten por el mismo electorado en estados emocionales distintos: el PP por el votante que quiere orden; Vox por el que quiere ruptura. Esa tensión no desaparece con un acuerdo parlamentario.

El fin del partido-refugio

La encuesta, en realidad, no dibuja un cambio de gobierno inmediato. Dibuja algo más profundo: el fin del eje PSOE–Estado.

Durante años, el PSOE funcionó como partido de doble cara: refugio del sistema y a la vez antisistema. Ahora es pura degradación y pierde fidelidad, pierde relato y pierde la presunción de competencia.

Porque Vox no es la causa. Es el síntoma más visible de que el centro de gravedad se ha desplazado… y todavía nadie ha conseguido ocuparlo.


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  1. El Panel (El Mundo) – Encuesta Sigma Dos, 7/01/2026
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