Asturias Liberal > Aportaciones > Meloni, Europa y el mundo real: lucidez sin apostasía

 

Donald Trump no es una anomalía que “rompe” la política internacional. Es, más bien, la conclusión —a veces brutal, a veces grotesca— de unas formas viejas que ya venían cambiando antes de que él volviera a entrar en escena.

El problema es que Europa —o, mejor dicho, buena parte de su mando— ha tardado demasiado en enterarse.

Y ahí aparece un contraste incómodo: Giorgia Meloni está mostrando una capacidad de lectura y adaptación inusual dentro de la UE, sin necesidad de abjurar del europeísmo. No es poco. En la Unión de los comunicados eternos, entender el tablero ya roza la herejía.

Giorgia Meloni: lucidez sin apostasía europea

En una Unión Europea acostumbrada a confundir principios con procedimientos, Meloni destaca por algo cada vez más raro: capacidad de lectura del entorno. No por fuegos artificiales ideológicos, sino por adaptación estratégica.

Su posición sobre Ucrania es reveladora. Meloni ha apoyado a Kiev desde el inicio, incluso cuando eso la colocaba en tensión con parte de su propia coalición. Pero ese apoyo no es sentimental ni ornamental: lo acompaña de una idea incómoda para Bruselas, aunque elemental en política realista: la paz no se construye ignorando a una de las partes.

De ahí su afirmación de que Europa debe hablar con Rusia. No como gesto de rendición ni como postureo diplomático, sino como paso necesario para tener un papel real en cualquier negociación. Y aquí está el matiz decisivo: Meloni insiste en que Europa solo puede hacerlo unida, evitando la tentación de la descoordinación que, en la práctica, sería un regalo para Putin.

Su propuesta de designar un “enviado especial europeo” para la cuestión ucraniana es, en el fondo, una enmienda a la totalidad del estilo habitual de la UE: menos cacofonía institucional, más síntesis; menos “posicionamientos”, más interlocución operativa. No es rendirse: es ordenarse.

Ese mismo patrón aparece en otros escenarios. En Groenlandia, Meloni reconoce sin rodeos su importancia estratégica y apuesta por una mayor implicación de la OTAN en una zona clave para Europa, pero descarta aventuras militares estadounidenses. Traducción: entiende el nuevo tablero sin entregarse ni al alarmismo ni a la nostalgia del multilateralismo ingenuo.

Incluso en Venezuela, su lectura es quirúrgica: valora la liberación de presos como señal “de gran valor”, no como absolución moral del régimen, sino como hecho operativo que puede abrir escenarios distintos y “relaciones nuevas y diferentes” entre Italia y Venezuela. Política exterior sin lirismo, pero también sin cinismo de salón.

Y todo ello sin renegar del europeísmo. Meloni no dinamita la UE; intenta sacarla de la adolescencia normativa. Ese, para algunos en Bruselas, es el auténtico pecado.

Trump no es la ruptura: es la certificación

La irrupción de Donald Trump suele presentarse como una anomalía.

Es un error de diagnóstico. Trump no liquida una era: certifica una liquidación previamenteen marcha.

El orden internacional de reglas, consensos infinitos y declaraciones de buenas intenciones empezó a resquebrajarse antes.

La invasión rusa de Ucrania no fue solo una agresión: fue la prueba empírica de que el mundo ya no funcionaba según los manuales europeos. El problema es que Europa no se dio por enterada.

Mientras el tablero mutaba hacia la competencia de poder —intereses, disuasión, zonas estratégicas—, la UE seguía instalada en la vieja liturgia: regulaciones, marcos normativos y procesos sin decisión. Mucha arquitectura institucional y poca lectura del terreno.

En ese contexto, figuras como Macron y Ursula von der Leyen simbolizan una Europa que aún cree que gobernar el mundo consiste en normativizarlo.

Pero el mundo —qué mala educación tiene— se ha puesto a jugar otra partida.

Trump entra cuando ese modelo ya está agotado. Su estilo es tosco. A veces irresponsable. Pero su lógica —intereses, seguridad, poder— es la lógica del mundo real que ya estaba ahí. Trump no rompe el espejo: lo planta delante.

La paradoja es que Meloni entiende esto mejor que buena parte de las élites europeas sin necesidad de abrazar el trumpismo.

Comprende que el europeísmo solo sobrevivirá si deja de ser procedimental y paralítico y se convierte en estratégico y operativo.

Que hablar con Rusia no es traicionar a Ucrania. Que reconocer la importancia de Groenlandia no es militarismo. Que valorar gestos en Venezuela no es blanquear regímenes. Es, simplemente, entender que la política internacional no premia la pureza moral del discurso, sino la coherencia eficaz de la acción.

Europa no está en crisis por falta de valores, sino por exceso de ellos mal colocados. Confundió normas con poder, intención con efecto, y proceso con resultado.

Meloni no es una heroína. Es algo más inquietante para Bruselas: una dirigente que ha entendido que el mundo ya cambió y actúa en consecuencia. Sin renegar de Europa, pero sin dormirse en ella.

Y eso hoy, dentro de la UE, es una rareza.


Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este artículo sin la cita expresa de Asturias Liberal y de su autor.

ENLACES RELACIONADOS:

Meloni: «ha llegado el momento de que la,UE hable con Rusia» (El Mundo)

Ucrania debe perder la guerra (Asturias Liberal)

Asturias Liberal
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.