Las promesas producen consecuencias distintas a los hechos. No es una metáfora: es una ley empírica de la política. Y, sin embargo, seguimos fingiendo sorpresa cada vez que un territorio se empobrece tras décadas de anuncios, planes, hojas de ruta y titulares optimistas. Fingimos no entenderlo. Fingimos no verlo. Fingimos no ser responsables.
Mientras aquí hablamos, otros trabajan.
Mientras aquí discutimos el relato, otros construyen estructuras. Mientras aquí nos explican lo que debería hacerse, otros hacen. El contraste es brutal. Y humillante.
España ha elegido —por acción y por omisión— un modelo de desarrollo territorial asimétrico: una España oriental dinámica, conectada, articulada, y un oeste resignado a la espera, al subsidio, a la promesa aplazada.
Dentro de ese oeste, el Noroeste ocupa el último escalón. No por fatalidad geográfica. Por decisión política… y por complacencia social.
Acto I. La mentira cómoda
Nos hemos acostumbrado a confundir política con oratoria y con propaganda. A creer que todo “anuncio” es una “realidad”. Y luego nos extrañamos de que la realidad, esa insolente, no obedezca a nuestros comunicados.
Prometer es barato. Hacer es caro. Y el coste no es solo dinero: es coordinación, disciplina, riesgo, renuncias, jerarquía de prioridades y, sobre todo, una virtud hoy rarísima: la capacidad de trabajar con quien no te cae bien pero te hace falta.
Por eso las promesas producen consecuencias diferentes a los hechos. Porque las promesas —cuando se convierten en sistema— anestesian. Y un territorio anestesiado no se defiende: se deja administrar.
Acto II. El mito de Sísifo, versión autonómica
Cada fracaso se presenta como un accidente. Nunca como un patrón.
- •Corredor Atlántico.
- •Hidrógeno.
- •Energías verdes.
- •Acero verde.
- •Industrias chinas.
- •Indra y sus manejos como salvadores.
La lista es larga. El resultado, siempre el mismo.
El Noroeste anuncia piedras recubiertas de oro, pero las empuja con entusiasmo verbal.
Anunciamos una gran piedra, recubierta de oro y perlas. La empujamos cuesta arriba con entusiasmo verbal. Pero sin estudio serio, sin coordinación real, sin compromiso colectivo, sin riesgo personal. La piedra cae. Siempre cae. Y, en lugar de analizar por qué, anunciamos otra piedra aún más brillante. Más grande. Más irreal.
Esto no es mala suerte. Es incapacidad organizada. Y lo verdaderamente obsceno no es el fracaso, sino el después: cada fiasco sirve de excusa para una nueva huida hacia delante.
Nuevos conejos salen de la chistera del charlatán político para sustituir a las que ya murieron asfixiadas por la propaganda anterior.
Acto III. El espejo mediterráneo
Es imprescindible mirar sin complejos. La documentación de los promotores del Corredor Mediterráneo muestra avances, constancia y una voluntad clara de seguir peleando. Por eso, mientras nosotros hablamos, otros trabajan. Y el fin corona sus obras.
El movimiento en torno al Corredor Mediterráneo no es un milagro. Es un método abierto e inclusivo. Sin discriminaciones de clase ni tamaño. Empresarios grandes y pequeños. Trabajadores, parados, jubilados. Todos dentro. Todos contando.
Allí se entendió algo elemental: la unidad nace del interés común, no del reparto de cuotas. Las diferencias políticas no desaparecen, pero se subordinan al objetivo. No se discute eternamente el cómo. Se hace. Y se corrige sobre la marcha.
Ellos ponen la unidad por encima de los particularismos; aquí se eligió la inacción para no asumir riesgos.
Aquí ocurrió lo contrario. Se decidió no asumir riesgos. Y, en consecuencia, no actuar. Ellos usan la fuerza y la unidad de todos para convertir objetivos en acción; aquí, aunque estamos hundidos, seguimos teniendo miedo a mojarnos.
Dicho sin rodeos, aunque incomode a los amnésicos selectivos: Asturias ya conoció lo que significa gobernar con lógica de obra y no de consigna.

El legado de Francisco Álvarez-Cascos, tanto como ministro de Fomento como después desde la Presidencia del Principado de Asturias, permanece como una anomalía en nuestra historia reciente precisamente por eso: porque dejó infraestructuras, decisiones ejecutadas y capacidad de arrastre, no eslóganes.
No fue un político del “ya veremos”, sino del “ya está hecho”. Con él, Asturias estuvo en la agenda real del Estado, no como territorio suplicante, sino como nodo estratégico.
Se habló y habla de su estilo, pero ese estilo lleva a hechos, los únicos que siguen ahí cuando se apagan los discursos.
Y esa comparación resulta hoy especialmente incómoda para quienes han convertido la inacción en método y el victimismo en coartada.
Acto IV. Sociedad cerrada, futuro clausurado
El problema del Noroeste no es la falta de talento ni de recursos. Es su estructura mental. Una sociedad cerrada, estamental, defensiva. Más preocupada por conservar pequeños intereses creados que por construir un proyecto común. Adaptada al lamento sin esfuerzo e inclinada a pedir sin hacer.
Cuando alguien señala que estamos desnudos, maniatados por esos intereses, se le llama loco, malvado, enemigo del pueblo. Es el viejo mecanismo: desacreditar al mensajero para no afrontar el mensaje.
Pero los territorios no caen por falta de discursos. Caen por exceso de autoengaño.
Acto V. La única salida: acción consciente
El porvenir no se alcanza hablando. Se alcanza trabajando sin clientelismos, sin localismos, sin egoísmos.
La única vía razonable es una alianza real del Noroeste: Cantabria, Asturias, Castilla y León, Galicia y el norte de Portugal.
- •Con un proyecto cimentado en la realidad, no en entelequias.
- •Con colaboración público-privada auténtica, donde participen todas las administraciones y toda la sociedad civil sin excepciones decorativas.
- •Y con una condición previa e imprescindible: energía moral sin conformidad, sin autocompasión y sin gemidos.
- •Con un liderazgo social, económico e intelectual dispuesto a implicarse, no a firmar prólogos.
Cierre. Advertencia final
Los países —y las regiones— tienen éxito cuando actúan con lógica y trabajan unidos, guiados por valentía, inteligencia, voluntad y generosidad. Cuando fundamentan su porvenir en la componenda, pierden el rumbo. Y naufragan.
Nuestros líderes deberían recordarlo cada día. Recordar dónde estamos. De dónde venimos. Y, sobre todo, decidir a dónde queremos llegar. No desde la ocurrencia cómoda, sino desde la acción consciente derivada de convicciones reales.
Prometer no es gobernar. Explicar no es construir. Y el tiempo del Noroeste se está agotando.
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED