Enero de 1986 no fue un gesto protocolario ni una pirueta diplomática. Fue, sencillamente, un acto de justicia.
España e Israel normalizaban unas relaciones que nunca debieron romperse en términos morales, históricos ni culturales. Se cerraba así una anomalía prolongada, heredada más del miedo y del cálculo ideológico que de una reflexión honesta sobre nuestra propia historia.
Porque la relación entre España y el mundo judío no empieza en 1986. Empieza mucho antes. Empieza con Sefarad. Y continúa, pese a la expulsión, en la lengua, en la memoria, en la diáspora y en una continuidad cultural que sobrevivió incluso a la ruptura política. Restablecer relaciones con Israel no fue “tomar partido”, como aún hoy algunos repiten con gesto grave. Fue reconocer un vínculo histórico negado durante demasiado tiempo.
Una decisión justa y, además, realista
También fue un ejercicio de realismo político. Israel no es un experimento colonial improvisado ni una anomalía artificial sostenida por intereses ajenos.
Es un Estado con legitimidad internacional, nacido de una resolución de Naciones Unidas y construido bajo condiciones extremas, rodeado desde su origen por hostilidad abierta. Y, pese a ello —o precisamente por ello—, es la única democracia plenamente funcional de Oriente Próximo.
Allí hay elecciones libres, alternancia política real, tribunales independientes, prensa crítica, oposición parlamentaria y un debate público feroz, a veces incómodo, pero vivo.
No es una democracia perfecta —ninguna lo es—, pero sí una democracia en sentido pleno, algo que no puede decirse de sus vecinos inmediatos. Conviene recordarlo cuando se habla con ligereza desde la comodidad europea.
Israel no necesita que lo idealicen: necesita que lo describan con precisión. Y la precisión empieza por admitir que es la única democracia de Oriente Próximo.
El antiisraelismo como síntoma: antioccidentalismo y coartada
Por eso resulta intelectualmente deshonesto el llamado antiisraelismo que prolifera en ciertos sectores de la izquierda española. No se trata de una crítica concreta a políticas determinadas —legítima y necesaria en cualquier democracia—, sino de una impugnación sistemática de la existencia misma de Israel como Estado. Y eso ya no es política exterior: es ideología.
Ese antiisraelismo no surge del humanitarismo ni de una preocupación genuina por los derechos humanos. Surge de algo más profundo y más revelador: el antioccidentalismo. Israel es atacado no por lo que hace, sino por lo que representa.
Es una sociedad abierta, plural, tecnológicamente avanzada, aliada de Occidente y culturalmente integrada en su tradición política.
En otras palabras: es una anomalía intolerable para quienes necesitan un enemigo que simbolice todo aquello que detestan del mundo liberal.
De ahí la paradoja obscena: quienes se declaran “antifascistas” y “progresistas” encuentran siempre excusas para convivir ideológicamente con regímenes abiertamente teocráticos, represivos y misóginos.
El caso de Irán es el más evidente. Un régimen que persigue a mujeres por no cubrirse, encarcela disidentes, ejecuta homosexuales y reprime cualquier atisbo de libertad individual recibe indulgencia, silencio o incluso comprensión. Israel, en cambio, recibe condena automática.
Cuando el listón moral se vuelve selectivo, deja de ser moral: se convierte en coartada.
No es casual. Israel desmiente el relato. Demuestra que una sociedad no occidental en términos geográficos puede ser liberal, democrática y próspera. Demuestra que el conflicto no es “Norte-Sur” ni “opresores-oprimidos”, sino autoritarismo contra libertad. Y eso incomoda profundamente a quienes han hecho del resentimiento ideológico su brújula moral.
Una normalización que sigue siendo necesaria
El restablecimiento de relaciones entre España e Israel en enero de 1986 fue, por tanto, una decisión correcta entonces y sigue siéndolo hoy.
No obliga a aplaudir todas y cada una de las decisiones del Gobierno israelí —como no aplaudimos las de ningún otro—, pero sí obliga a reconocer una realidad básica: defender a Israel es defender los principios democráticos en una región donde escasean.
Treinta y nueve años después, conviene decirlo sin rodeos y sin complejos. No por cálculo. No por alineamiento ciego. Sino por justicia histórica, coherencia democrática y honestidad intelectual. Y porque, al final, la dignidad de una democracia también se mide por a quién decide reconocer… y a quién decide no traicionar.
Restablecer relaciones fue reconocer la historia; sostenerlas con lucidez es defender la democracia.
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ENLACES RECOMENDADOS:
- BOE: referencias oficiales y contexto normativo
- Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel: documentación institucional
- Ministerio de Asuntos Exteriores de España: marco diplomático y relaciones bilaterales

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED