La dimisión de Adolfo Suárez antes del intento de golpe de Estado del 23-F fue gobierno en estado puro. El aferramiento de Sánchez a su estatus a pesar de ser el mayor perturbador de la sociedad y las instituciones que España haya conocido desde hace muchas décadas, es terrorismo institucional.
Adolfo Suárez entendió en enero de 1981 algo que en España suele llegar tarde: cuando la política se convierte en un campo minado, el primer deber del dirigente no es aguantar, sino evitar que su figura sea el detonante que haga saltar la casa por los aires.
No dimitió por romanticismo. Dimitió porque el sistema era frágil, porque el “ruido de sables” no era una metáfora literaria, y porque intuía que una democracia joven podía convertirse, otra vez, en un paréntesis.
Y ahí está la diferencia moral, política y estructural con Pedro Sánchez:
- •Suárez se apartó para que la democracia respirara;
- •Sánchez se queda aunque el país se fatigue.
- •Suárez concibió el poder como un medio;
- •Sánchez lo trata como un fin que justifica el rediseño permanente del Estado, del discurso y de las reglas.
I. Suárez: apartarse como forma de proteger el edificio
Suárez no fue un santo. Fue un político con virtudes y defectos, con ambición y cálculo.
Pero al final hizo algo que en España es casi una rareza antropológica: puso el edificio por encima de su despacho. Su renuncia fue un acto de contención. Un “me quito” para reducir temperatura institucional, para desactivar tensiones, para impedir que la crisis de gobierno se convirtiera en crisis de régimen.
Sin idolatrar a Suárez, el punto es reconocer que hay un tipo de liderazgo que sabe retirarse cuando su permanencia agrava el riesgo colectivo.
Quien haya vivido mínimamente la política española entiende lo que aquí subyace: en este país, a veces, resistir no es valentía; es inmoralidad.
Suárez prefirió el coste personal de la retirada antes que el coste nacional del incendio.
II. Sánchez: quedarse como forma de dominar el edificio
Pedro Sánchez ha elegido la doctrina opuesta: la permanencia como virtud, la resistencia como método, el poder como axioma. Y esa elección tiene un precio: cuando dependes de minorías que te pasan la factura semana a semana, el Estado deja de ser un marco común y pasa a ser un mercadeo de piezas de un pastel y decirados de una fiesta pagada con dinero y decadencia por todos los españoles, incluso por quienes le votan.
En Cataluña, esa lógica se ha traducido en operaciones políticas que, se presenten como se presenten, alteran incentivos y consolidan un mensaje peligroso: la deslealtad puede salir rentable si es imprescindible para la mayoría. Y en política, lo que destruye países no son las palabras: son los incentivos.
Porque convertir el orden constitucional en una negociación continua, donde cada concesión no cierra el conflicto, sino que lo agudiza.
III. Deterioro social: menos épica, más realidad fría
Luego está el deterioro social. Aquí quiero huir de propaganda contra la propaganda. Se pueden tener mejoras en indicadores economicos agregados y, aun así, ver cómo se consolida una sociedad de dos velocidades.
La presión sobre la vivienda, la precariedad de trayectorias vitales, el coste de vida que devora sueldos, la sensación de ascensor social averiado: todo eso no necesita editorialismo; se palpa.
El país se parte menos por los discursos que por la impotencia cotidiana: cuando el ciudadano percibe que todo se negocia arriba y todo se paga abajo.
La gran diferencia con Suárez es de arquitectura:
- •Suárez intentó construir un marco común;
- •Sánchez ha perfeccionado el arte de sobrevivir en un marco fragmentado.
Y si la política se vuelve supervivencia, la ciudadanía se convierte en deshecho.
IV. Deterioro institucional: corrupción y colonización
Y llegamos al núcleo más corrosivo: el deterioro institucional. Aquí hay dos planos que se retroalimentan.
•Uno: la corrupción. Cada caso, cada investigación, cada escándalo que rodea al poder –aunque la responsabilidad penal sea individual– erosiona el crédito moral del gobierno. Y sin crédito moral, la política se vuelve sospecha permanente: todo parece transacción.
•Dos: la colonización partidista. La idea de que instituciones, organismos y empresas públicas funcionan como botín. Que el control pesa más que el servicio. Que la independencia real es un discurso ornamental. Cuando esto se normaliza, el Estado deja de ser árbitro y pasa a ser jugador: y el ciudadano, inevitablemente, pierde.
En ese punto, la comparación con Suárez es brutal:
•Suárez se aparta para evitar que el sistema se rompa;
•Sánchez se queda y adapta el sistema a su permanencia. Es decir: la democracia como contenedor frente a la democracia como instrumento.
V. La objeción típica (y la respuesta)
Objeción falaz de principio a fin: “Sánchez aguanta porque la alternativa es peor; esto es política democrática”, dicen e insinúan los medios que viven de Moncloa
¡Oh sorpresa!
•¿Es democrática la degradación si se vota?.
•¿Es democrático el clientelismo si se normaliza?.
La democracia no muere solo con golpes de Estado; muere con rutinas de cinismo, con transacciones opacas, con cesiones estructurales vendidas como pragmatismo, con una ciudadanía que aprende a no esperar nada.
Suárez comprendió una regla vieja y esencial: hay momentos en que el líder debe retirarse para que el sistema respire.
Sánchez parece creer lo contrario: que el sistema debe respirar a su personalísimo ritmo. Y cuando el sistema respira al ritmo del dirigente, el sistema deja de ser sistema: se convierte en biografía.
Suárez actuó como si España fuese el fin y él el medio. Sánchez actúa como si el poder fuese el fin y España el medio. Esa es la diferencia. Todo lo demás son adornos.
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Discurso de dimisión de Adolfo Suárez (archivo RTVE)

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED