No es progreso. Es una regresión moral con publicidad perversa: menos responsabilidad abajo, más tutela arriba.
El mismo Estado que declara inmaduros a los menores para gestionar una red social les atribuye, sin rubor, plena autonomía para decisiones vitales irreversibles.
El mismo poder público que dice proteger a las regiones industriales ha convertido territorios enteros en sociedades dependientes, resignadas y desarmadas productivamente.
No son fenómenos distintos: son dos caras del mismo fracaso.
En el fondo, lo que se ha perdido no es eficiencia administrativa ni sensibilidad social. Se ha perdido algo más grave: la fibra moral de la responsabilidad individual, familiar y comunitaria, eje clásico del liberalismo que hoy incomoda porque exige adultos, no tutelados.
La trampa: llamar “emancipación” a dejar a un menor solo
El caso que analiza Camino Gutiérrez es paradigmático. Se restringe a los menores por “falta de madurez” en unos ámbitos mientras se les deja solos —sin familia, sin acompañamiento, sin responsabilidad compartida— ante decisiones de enorme calado personal. No es emancipación. Es abandono moral camuflado de progreso. La familia queda relegada, la comunidad desaparece y el individuo queda expuesto, justo cuando más necesita orientación adulta.
Si el menor “no puede” para lo pequeño, pero “puede” para lo irreversible, no hay coherencia: hay agenda.
La otra cara: convertir una tierra productiva en un paciente crónico
La misma lógica opera a escala colectiva en Asturias. Como explica Aurelio S. Devesa, la desindustrialización no se ha combatido: se ha gestionado. Se ha sustituido la cultura del trabajo, del riesgo y del orgullo productivo por una administración permanente del declive. Subvenciones, promesas, planes sin proyecto. Dependencia en lugar de dignidad.
Lo que el intervencionismo produce: dependencia administrada
El Estado intervencionista no solo redistribuye recursos. Redistribuye responsabilidad hacia arriba, hasta vaciarla abajo. Infantiliza a los individuos y anestesia a las comunidades. Luego se presenta como salvador de los daños que él mismo ha producido.
Una sociedad dependiente no es una sociedad protegida: es una sociedad debilitada. Y lo debilitado se gobierna fácil.
El liberalismo clásico no promete comodidad. Promete algo más exigente y más humano: libertad ligada a responsabilidad. Cuando esa ecuación se rompe, no aparece la justicia social. Aparece la dependencia crónica.
Remate final: Recuperar la responsabilidad no es “volver atrás”; es volver a ser adultos. Porque la libertad sin responsabilidad es un eslogan, y el Estado que te la “garantiza” a cambio de obediencia no te está cuidando: te está entrenando para no caminar sin muletas.
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- Camino Gutiérrez — “Menores sin madurez para Instagram, pero con autonomía para abortar: ¿en qué quedamos?”
- Aurelio S. Devesa — “The Full Monty Asturias”
Cuando el poder sustituye la responsabilidad por tutela, no construye ciudadanos: fabrica dependientes.

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
