Cuando un gobierno señala conspiraciones sin pruebas visibles, suele haber antes un problema político que no quiere abordar.
Adrián Barbón alerta de un supuesto plan empresarial para crear un nuevo partido de derechas en Asturias. Sin embargo, las tensiones internas, la parálisis económica y el malestar en Siero apuntan a problemas de gestión más que a conspiraciones.
Lo del supuesto plan empresarial para crear un nuevo partido de derechas en Asturias suena contundente. Tiene fuerza mediática y coloca el foco fuera del Gobierno. El inconveniente es sencillo: cuando uno busca datos concretos, no aparecen.
No da nombres porque no los hay. Ni estructuras de complot porque no existen. De sus defectos políticos extrae una fantasía.
Como la gestión Barbón es como es, lesiva para Asturias, imagina que estaría bien que hubiera un partido nuevo de derechas en marcha para así desgastar al PP.
Tendría sentido que existiera ésa nueva derecha en marcha dado el descontento empresarial existente, parece querer decir. Y dada la ineptitud del PP asturiano, decimos con él.
Pero lo que sí existe es una tensión clara con el alcalde de Siero, Ángel Antonio García “Cepi”. No es un actor externo ni un agitador empresarial.
Es del mismo partido que el presidente. Y lleva tiempo mostrando su malestar por los retrasos y limitaciones al desarrollo comercial de Siero, especialmente en lo relativo a la implantación de grandes superficies.
Siero quiere crecer y el Principado le impone restricciones. Ese es uno de los conflictos reales.
Un contexto económico poco cómodo
El Gobierno regional arrastra dificultades que no son menores. La caída de empresas de ingeniería, un sector agrario en retroceso, y la situación de ArcelorMittal, condicionada por un entorno regulatorio exigente y con la sombra de India tras el acuerdo comercial UE-India, forman parte del paisaje económico actual.
A eso se añade el caso Cerredo, que se va cerrando sin dejar una sensación clara de responsabilidades políticas asumidas.
No es un escenario sencillo para ningún presidente autonómico que lleva en la frente escrita la palabra «cómplice» en relación a todo ello.
Si un alcalde relevante de tu propio partido deja caer que puede desmarcarse, el problema no está en los empresarios: está en el PSOE.
La reacción política
En lugar de centrarse en ese malestar interno, la respuesta ha sido advertir de un posible movimiento empresarial para reorganizar la derecha asturiana. La sensación que queda es clara: el foco se desplaza hacia fuera.
Mientras tanto, el PP de Álvaro Queipo tenía margen para intervenir. Bastaba con respaldar las reivindicaciones de Cepi sobre el desarrollo comercial de Siero. No era necesario dramatizar, solamente había que acompañar una demanda concreta. Eso habría generado presión política real dentro del socialismo asturiano. Pero no se le ocurrió. Vaya por Dios.
Ahora la oposición se mueve en un terreno incómodo. Si responde con dureza a la teoría del complot, parece que valida ese marco. Si no responde, transmite pasividad, que es lo que siempre transmitió.
Más gestión, menos relatos
Lo que hay, a día de hoy, no es una trama empresarial visible.
Lo que hay es un presidente con «dificultades», (por ser suave), un alcalde que reclama margen para crecer y una oposición que no termina de capitalizar las debilidades del Gobierno.
Asturias necesita decisiones económicas claras, agilidad administrativa y horizonte industrial. No necesita debates sobre conspiraciones que, por ahora, no muestran pruebas.
Cuando la economía se agota y la gestión se cuestiona, el ruido puede servir para ganar tiempo, pero no encubre la ineptitud.
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Noticia original en La Nueva España

Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
