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La política no está exenta de moral. Al menos de la moral que la sociedad en la que opera es considerada valiosa.

Tampoco debería estarlo la palabra. Hay una moral ordinaria —la que no necesita tratados ni cátedras— que consiste, sencillamente, en no pisar al que ya no puede defenderse y menos en las circunstancias en las que Oscar López lo ha hecho. 

En distinguir entre un debate legítimo y la desconsideración innecesaria, no sólo por su fealdad, sino, y sobre todo por la inexactitud de la crítica hecha por López. El PSOE de Aragón no recibió una severa derrota a causa de Lambán, sino a causa de la degradación de la política y las maneras de Pedro Sánchez.

La de Aragón fue una campaña en clave nacional por expreso deseo del líder máximo y la derrota siguió su estela causal.

Es por eso que rematar al fallecido para salvar al lider contiene una dosis de miseria moral que obliga al culpable a dimitir.

Porque la empatía sin demagogia, la que respeta a la persona y a la verdad es civilización.

Un respeto transversal

Javier Lambán fue un dirigente discutido, como todos los que ejercen poder, pero también un hombre equilibrado y respetado dentro y fuera de su partido.

Gobernó Aragón con criterio propio, defendió posiciones incómodas cuando lo creyó necesario y mantuvo una línea de coherencia que muchos adversarios reconocieron.

Su muerte fue trágica y reciente. Eso añade una dimensión humana que ningún cálculo político debería ignorar.

El entierro y la fractura

Hay un detalle que pesa: a su entierro no acudió ningún dirigente relevante del actual PSOE.

Sí estuvieron representantes del espacio socialdemócrata y otras personas de bien que reconocieron así la dimensión humana de Lambán.

Ese contraste no es anecdótico, revela una profunda fractura interna de la que el PSOE tardará años en recuperarse.

Lambán fue crítico con la línea sanchista; lo fue con argumentos de fondo, con reflexiones políticas y morales que trascendían el tacticismo diario.

Hablaba de cohesión territorial, de institucionalidad, de límites. Porque él no gritaba, él, equivocadamente o no, pensaba Y eso no es cosa menor, precisamente, por ser algo excepcional en la izquierda que nos toca padecer.

Cuando el muerto “conviene”

Desde el punto de vista estrictamente político, puede sostenerse que toda etapa deja consecuencias, lo cual es un argumento defendible.

Pero el momento, el tono, el destinatario y lo tremendamente injusto e impreciso del reproche a Lambán importan.

La moral ordinaria, la de todos, la del sentido común, vuelve a aparecer aquí como recordatorio imorescindible: no todo lo políticamente posible es moralmente elegante.

Desesperación y crueldad

Las declaraciones de Óscar López parecen inscribirse más en la lógica de la desesperación que en la del análisis. El PSOE de Sánchez atraviesa una fase de desgaste evidente.

Cuando un proyecto entra en modo defensivo, necesita responsables, relatos de sustitución, puntos de descarga. A veces se buscan donde resulta más fácil encontrarlos. Y nada es más fácil que señalar hacia atrás.

Podría hacerlo con mucho más tino y honor a la verdad si mirara hacia arriba con ojos honestos. Pero no, al jefe no se le toca porque el jefe no comete errores.

Cabe pensar muy razonablemente que algún día se sepa por qué ha llegado este PSOE a estos abyectos niveles.

Quizá algún día saldrá a la luz cuáles son los inmensos beneficios que sujeta a la guardia pretoriana que rodea a Pedro Sánchez a una fidelidad fanática.

Quizá, solo quizá se sabrá si las tramas de corrupción llegan a más círculos de Ferraz que los que se circunscriben hoy a Abalos, Cerdán y Koldo.

Empatía no es una consigna blanda. Es una línea roja mínima para que la política no termine pareciéndose demasiado a aquello que dice combatir.

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