Asturias Liberal > España > Velos islámicos: prohibir no es odiar, es proteger la libertad

Entre una sentencia que ampara el hiyab en un instituto de Logroño y una votación en el Congreso que frena, por ahora, la prohibición del burka y el niqab, España vuelve a rozar el borde de un debate que Europa lleva años aplazando: qué significa libertad cuando el símbolo visible es, precisamente, una arquitectura de sumisión.

Primero, la justicia dio la razón a una estudiante de La Rioja a la que su instituto prohibía llevar el velo islámico, al entender que la medida vulneraba su libertad religiosa.
Después, el Congreso tumbó la iniciativa de Vox, apoyada por el PP, para prohibir el burka y el niqab en espacios públicos, en una votación donde el “no” de Junts resultó decisivo y la muy «feminista» mayoría parlamentaria de izquierdas se parapeta entre el rechazo político y la descalificación moral.
(RTVE o El Confidencial)

Claro y directo

Soy partidario de prohibir el burka y el niqab en espacios públicos. No por miedo al extranjero, ni por reflejo identitario, ni por esa pulsión de convertir la política en una guerra de tribus.

Soy partidario por una razón simple: porque el velo no es una “opción estética” ni un “accesorio religioso inocente”, sino la puesta en escena de una idea: que la mujer debe ocultarse para que el orden «moral» de la comunidad no se altere.

La debacle del feminismo

Y aquí aparece la gran paradoja: el feminismo oficial, el feminismo administrado, subvencionado, institucionalizado, ese que se permite una crítica permanente —a veces caricaturesca— de la moral europea de raíz judeocristiana, suele volverse súbitamente prudente cuando la práctica que tiene delante es una marca nítida de ideología religiosa opresiva con la mujer.

En Europa se desmontan símbolos, se fiscaliza el lenguaje, se sospecha de tradiciones culturales propias como si fueran siempre culpables por defecto, pero luego se mira hacia otro lado cuando una prenda expresa un principio contrario al núcleo de los derechos individuales.

La tradición cristiana

Dicho directamente: la tradición cristiana europea, hoy ya mezclada con secularización, liberalismo y constitucionalismo, ha producido en su seno la defensa de la dignidad individual, la separación entre Iglesia y Estado y, muy importante, asumidas coherentemente las consecuencias constitucionales posteriores.

Otra cosa es la teocracia política, que no convive: ordena. Y el velo integral no pertenece al universo de la libre adhesión espiritual, sino al de la disciplina social sobre el cuerpo femenino.

Libertad que no lo es

A quienes invocan una supuesta libertad individual pura para defender el burka en el espacio común les diría que esa postura no es elevada, es ingenua.

Es la ingenuidad de quien imagina al individuo como una isla con Wi-Fi, cuando en realidad hay comunidades donde la presión social funciona como un puño: no siempre golpea, pero siempre está ahí.

La escritora Najat El Hachmi desmonta justamente esa fantasía con una pregunta que incomoda porque apunta al centro del problema:

¿De verdad alguien cree “en el relato ingenuo que afirma que una chica menor de edad acaba llegando por sí sola a la conclusión de que tiene que erigirse en una Juana de Arco del hiyab”?

La cita circula ampliamente y el punto es demoledor: cuando hablamos de menores —y también de adultas en contextos comunitarios cerrados— la palabra “elección” puede ser un barniz.

Llamemos a las cosas por su nombre: esta práctica es tribal en el sentido político del término:

  • •Porque subordina el individuo a la comunidad;
  • •porque define a la mujer como portadora del honor colectivo;
  • •porque convierte el cuerpo femenino en un asunto público de control moral;
  • •porque, en último término, niega que la persona se integre en la sociedad política que la acoge, la nuestra.

Por eso prohibir el burka y el niqab en espacios públicos no es un capricho ni una provocación; es una afirmación de principios.

Es decir: en el espacio común, donde nos cruzamos como iguales y nos reconocemos como ciudadanos, no normalizamos símbolos cuyo mensaje estructural es que la mujer debe borrarse para que la comunidad se sienta en orden.

Abandono de la ingenuidad

Quien crea que eso es tolerancia, antirracismo, rechazo a la xenofobia o mero liberalismo,  confunde tolerar con ceder, y confunde pluralismo con dejar que el más fuerte entre jurídicamente iguales marque las reglas dentro de su burbuja.

El feminismo oficial ha perdido toda credibilidad de manera irreversible. Lo que siga tras él debe abandonar el doble rasero y asumir un respeto básico a lo esencial de la tradición cultural cristiana, bien conjugada ya con lo mejor de nuestra tradición política.

Menos liturgia administrativa contra el pasado español y más protección real de mujeres que, dentro, pueden terminar siendo rehenes de una práctica políticamente blindada por Estados islámicos que desprecian, no ya el cristianismo cultural europeo, sino la esencia misma de los derechos ciudadanos.

Unos Estados que financian las redes comunitarias y religiosas por toda Europa para que casos como los que he señalado se resuelvan a su favor.

Habrá tiempo para el debate jurídico. Hoy basta con mirar el núcleo moral del asunto: si España y Europa dejan de distinguir entre libertad y sumisión, entre elección y mandato, acabará defendiendo como “diversidad” lo que en realidad es la vieja receta de siempre: control del cuerpo femenino, obediencia comunitaria y silencio. A eso, por higiene democrática, se le dice no.


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