No toda tensión transforma. Hay territorios que viven del conflicto como impulso creativo y hay otros que lo administran como coartada. No es difícil adivinar en cuál de ellos está Asturias, aunque duela saberlo. Y es que sin dolor no hay rebelión.
La diferencia que nadie quiere nombrar
Asturias lleva décadas instalada en una narrativa reconocible: agravio y promesa de reactivación. Cambian denominaciones, proyectos y anuncios, pero el esquema permanece intacto.
Se anuncia una gran oportunidad y se activa la ilusión colectiva elevándola a tertulia pública.
Se nos promete un antes y un después que concluye en la misma repetida realidad: retrasos, ajustes, redefiniciones o simple evaporación. Y tras la frustración, vuelve la pasividad amortiguada.
Ocurrió con aventuras energéticas en los noventa: recordemos el triste caso del Petromocho. Ha ocurrido con macroproyectos energéticos sucesivos de corto alcance, ligados a la ilusa promesa «verde», y hoy vuelve a ocurrir en torno al debate industrial y tecnológico, con expectativas depositadas casi mágicamente en movimientos empresariales aventureros con poca consistencia material y con decisiones sumisamente seguidas por una elite regional con pocas luces y excesivo acomodo a su estatus.
La pregunta no es si el proyecto es viable. La pregunta es otra: ¿seguimos esperando que haya algo, lo que sea que nos traigan, o estamos dispuestos a cambiar lo que depende de nosotros?
Tensión productiva o tensión administrada
Una sociedad puede vivir en tensión de dos maneras.
Con tensión productiva: redefiniendo reglas, alterando incentivos perversos de medios, representantes políticos y empresarios subvencionados, redistribuyendo su poder hacia quienes busquen, sencillamente, ganar ofreciendo productividad: asumiendo riesgos, en definitiva, sin que la maquinaria los estorbe.
O con tensión administrada, la que impera hoy, que mantiene la esperanza difusa y la tranquilidad de «caña y gaita», esa que refuerza la identidad y conserva intacta la estructura.
Asturias ha demostrado resistencia, nos decimos. Lo que no ha demostrado es voluntad sostenida de alterar su propio marco interno. Y esto es lo que prefieren que nos callemos.
El discurso dominante sigue girando alrededor de la idea de que el problema es externo: decisiones de Madrid, prioridades del Gobierno central, inversiones que no llegan, comparaciones con otras comunidades. Todo eso puede ser parcialmente cierto.
Pero mientras el eje sea glosar el agravio, la región seguirá esperando compensación en lugar de asumir transformación.
La cuestión incómoda: el coste
Transformarse implica coste, esfuerzo.
Implica cuestionar dependencias estructurales. ¿Lo estamos haciendo?
- Implica revisar el peso del empleo público en el modelo económico. Tarea imprescindible.
- Implica asumir competencia fiscal y regulatoria. ¿Estamos confrontado a los dirigentes que no dirigen sino que meramente gestionan la parálisis?
- Implica dejar de confiar en la transferencia de subsidios amortiguadores como red permanente. Porque ¿vamos a permitir que pesen más quienes se acomodan a ellos que quienes denunciamos su cómoda frustración?
- Implica conflicto interno, no solo queja externa y regusto en esa misma queja en torno a un café.
¿Está la Asturias institucional —Gobierno autonómico, partidos mayoritarios, estructuras empresariales tradicionales— dispuesta a pagar ese precio?
Porque sin coste no hay cambio. Y sin cambio, cualquier proyecto estratégico, por grande que sea su titular, se convierte en un episodio más dentro de la misma secuencia.
El caso actual
- •Si el debate sobre grandes empresas y proyectos industriales se reduce a “que nos toque algo”, seguimos en el mismo patrón.
- •Si la conversación se desplaza a “qué marco fiscal, laboral, logístico y administrativo estamos dispuestos a modificar para competir”, entonces estamos ante algo distinto.
- •No es lo mismo esperar ser elegidos que construir condiciones para que elegirnos sea racional.
Una línea diferente
Asturias Liberal no se limita a denunciar agravios ni mucho menos se dedica a celebrar anuncios. Eso ya ocupa suficiente espacio en el debate público.
La tarea es otra: identificar las inercias internas que perpetúan la dependencia, señalar los incentivos que premian la pasividad y proponer rupturas concretas aunque incomoden.
No se trata de romanticismo rebelde. Se trata de realismo estratégico.
O la región asume un cambio de paradigma que altere sus propias reglas, o seguirá moviéndose en ciclos de promesa y frustración, cada vez con menos margen demográfico y menos capital humano.
Así que no, no necesitamos otro proyecto salvador. No necesitamos un presidente que se llore a sí mismo. Necesitamos la decisión de dejar de comportarnos como una comunidad infantilizada que espera ser salvada
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Español e hispanófilo. Comprometido con el renacer de España y con la máxima del pensamiento para la acción y con la acción para repensar. Católico no creyente, seguidor del materialismo filosófico de Gustavo Bueno y de todas las aportaciones de economistas, politólogos y otros estudiosos de la realidad. Licenciado en Historia por la Universidad de Oviedo y en Ciencias Políticas por la UNED
