En abril de 1968 se estrenaba en EE.UU. la película “The Party”, que llegaría a España en 1969 con el título de “El guateque”: como muchos conocen, se trata de las desdichadas peripecias de un torpe actor indio (Hrundi Bakshi, interpretado por Peter Sellers) en el ecosistema de la industria del cine norteamericana y la “alta sociedad” —supuestamente elitista— vinculada a ella.
El director (Blake Edwards) buscaba homenajear al gran cine mudo de Charles Chaplin y Buster Keaton con un reiterado humor visual, y para ello privó adrede a la película de un guion: a diferencia de las producciones habituales, esta película sólo tuvo un libreto de apenas cincuenta o sesenta páginas en las que se describían las escenas con las situaciones básicas, dejando a la capacidad de improvisación del protagonista Peter Sellers y del resto del reparto el desarrollo de la historia.
A pesar de lo que pueda parecer, Edwards y Sellers tenían una pésima relación personal, apenas se hablaban y llegaban incluso a comunicarse por medio de notas, pero ambos se centraban en hacer su trabajo lo mejor posible.
La película tuvo en su estreno un éxito que se puede considerar discreto, pero el tiempo ha acabado situándola entre las comedias de culto y fuente de influencia para otros artistas cómicos como el propio Rowan Atkinson (Mr. Bean).
No faltan los críticos que hoy en día, casi sesenta años después y en un contexto bien distinto, la juzgan negativamente por el uso del “brownface”, el maquillaje para oscurecer la piel que permite a una persona de tez blanca escenificar a un personaje con la piel más oscura.
En la época de su estreno también hubo críticas por presentarnos a un indio muy torpe y con dificultad para adaptarse a una sociedad teóricamente más avanzada como la norteamericana, pero se sabe que hasta la propia Indira Ghandi era entusiasta de la película, especialmente de una escena en la que uno de los jefazos de la industria del cine le pregunta a Bakshi:
“¿Quién se cree que es?”, a lo que el actor le responde con total sinceridad: “En la India no creemos quienes somos, sabemos quienes somos”… frase que —a raíz de esa película— la Primera Ministra india solía repetir con cierta frecuencia.
Hay otra escena en la que Bakshi hace gala de su educación y sus valores, cuando unos jóvenes llegan con un elefante pintado con símbolos y frases hippies y él inmediatamente les muestra su disgusto y les pregunta cómo se han atrevido a pintar al animal de una manera tan indecorosa tratándose de un símbolo nacional para la India, un hecho que él considera humillante para el pueblo indio, por lo que les convence para lavar el animal y quitarle la pintura.
Hoy en día solemos utilizar la expresión “cementerio de elefantes” para denominar al lugar donde se aparcan a los profesionales de larga trayectoria cuando sus empresas (públicas o privadas) o sus superiores consideran que ya no dan más jugo, que ya pueden aportar poco o —directamente— son un estorbo para sus planes.
Hace muchos años, y por una situación que nada tiene que ver, estuve compartiendo oficina en uno de estos cementerios (haciendo lo que hoy se denominaría “coworking”), algo que yo me tomé como un privilegio, puesto que tenía a mi lado —nada más y nada menos— que a un antiguo responsable de Calidad y a un antiguo responsable de Laboratorio, personas que habían sido referentes y sobre las que —en aquel momento— alguien tenía el concepto de que ya no estaban para rendir en sus antiguas ocupaciones o en otras áreas de la empresa, por lo se había decidido que fueran “aparcadas” para pasar el rato sin molestar o para dedicarse a algo tan indigno —dada su trayectoria en la empresa— como revisar facturas de teléfono.
Lo cierto es que para mí, que llevaba poco tiempo trabajando, aquellas semanas compartiendo conversaciones y experiencias con aquellos profesionales fueron bastante más provechosas y fructíferas que muchas charlas recibidas desde entonces e impartidas por teóricos que supuestamente conocían el “know-how” … aunque los resultados de su trabajo se encargaran de demostrar que ni siquiera habían llegado al “how to know”.
Si antes nos referíamos a lo que hoy se conoce como “brownface”, muy mal visto hoy en día al estar catalogado como una práctica racista, otro término muy extendido es el “ghosting”, que es aquella práctica —a mi juicio bastante más grave que la anterior y demasiado silenciada— encaminada a cortar todo tipo de comunicación con una persona de forma abrupta, algo que si nos ceñimos al mundo laboral genera frustración, ineficiencia y daña la propia reputación corporativa (aunque quien lo practique no sea consciente de ello).
A un amigo, también de larga trayectoria en su empresa y con una valiosa experiencia acumulada a sus espaldas, sus superiores parece que han decidido no moverle para enviarle a un cementerio de elefantes, sino hacerle directamente ghosting retirándole poco a poco de todo tipo de tareas, al punto de secar su actividad sin justificación alguna… una situación que, después de décadas al servicio de una empresa, sólo encuentra explicación desde la mediocridad o la cobardía de quienes llevan a cabo o permiten esa tesitura.
Volviendo a la película “El guateque”, ésta nos demuestra cómo no es necesario mantener una buena relación, ni una buena comunicación entre director y actor… y ni siquiera un buen guion para que los proyectos salgan adelante: basta con que las personas sean profesionales y se esmeren por hacer bien su trabajo.
También nos demuestra que —en determinadas ocasiones— una sensata respuesta es más que suficiente para desmontar una arrogancia, llegando al punto de convertirse en orgulloso leitmotiv para la máxima representante de una nación como India.
Por último, deberíamos aprender que los elefantes son símbolos de fuerza, sabiduría, estabilidad, lealtad y protección, motivos por los que merecen que se les trate con el debido respeto y no decorarlos con eslóganes, aparcarlos en cementerios… y mucho menos castigarlos con el látigo de la indiferencia.
Si hay algo que nos iguala en este tránsito por la vida es que todos vamos a llegar al cementerio, y no es preciso que las supuestas “élites” (o quienes se consideran élites), desde una supuesta atalaya moral, nos priven de la dignidad.

