Asturias Liberal > Aportaciones > Enseñar para aprobar… o para entender (y no morir en el intento)

 

Porque aprobar es relativamente fácil. Entender… eso ya es otra asignatura.

Había un ejercicio clásico en la extinta FP en el que participaba toda mi clase —cuando97 tocaba un profesor concreto, hay que decirlo— y que hoy provocaría una denuncia colectiva en redes sociales por “estrés matemático no inclusivo”.

Nos ponía en corro, edades entre 14 y 16 años, y el profesor señalaba al azar:

—¿2 + 3?
—5.
—¿Por 6?
—30.
—¿+18?
—48.
—¿×2?

Y así, a velocidad de misil supersónico tierra-tierra. Sin calculadora. Sin móvil. Sin “espera que lo googleo”. Décimas de segundo. El corazón a 180 y la mente obligada a estar despierta. Aquello era cálculo encadenado.

Hoy día, como me apuntó un ex-docente de Primaria experimentado, lo que resulta es un auténtico Cálculo Encadenado Disruptivo.

Pregunta al aire:
¿Cuántos pasarían hoy esa prueba?

Me temo que, sin batería externa ni conexión WiFi, aprobarían pocos. Muy pocos.

En algún punto de las últimas décadas hemos confundido facilitar herramientas con sustituir fundamentos. Las matemáticas básicas, la literatura esencial, la urbanidad incluso, han ido quedando en el cajón de “ya lo veremos”. Y así, aplicar herramientas sin entender qué hay debajo se ha convertido en deporte nacional.

La solución no es menos exigencia.
Es más contexto.
Enseñar para entender, no solo para aprobar.

La titulitis ilustrada

Mientras tanto, el sistema educativo se ha convertido en una pasarela de etiquetas que suenan fantásticas en LinkedIn.

Grado Medio y Superior vs. FP
Antes era FP. Claro, directo, práctico. Ahora es un laberinto de denominaciones, rebrandings e “itinerarios formativos”. Profesionalización sí, pero a veces parece tránsito interminable entre cursos con nombres cada vez más sofisticados. Hay demanda real de habilidades técnicas, pero a veces el menú ofrece espuma de trufa cuando lo que el mercado pide es jamón y pan.

Asignaturas bilingües (sin profe nativo)
Queremos modernidad. Queremos idiomas. Perfecto. Pero si el profesor no domina el idioma, los materiales están a medias y la práctica es limitada, el bilingüismo se convierte en un sello decorativo. El alumno aprende a pedir la hora en francés o inglés… pero no a hablar sobre ningún tema concreto, por básico que sea.

Erasmus o turismo académico
La movilidad internacional es valiosa. Mucho. Pero cuando la experiencia se convierte en “viaje convalidable”, la cosa cambia. Antes era “voy a estudiar fuera”. Ahora es “voy a vivir la experiencia”. Con fotos, historias y, si queda tiempo, alguna clase. Volver con más sellos en el pasaporte que ideas en la cabeza del tutor no era exactamente el objetivo original.

Másteres: la fiebre del oro
Si el grado era la entrada, el máster se convertía en la alfombra roja. Y si uno no basta, dos. Y si no, tres. Acumular diplomas es relativamente sencillo. Convertirlos en capacidad real para resolver problemas… eso ya es otra historia. Tres másteres y la misma función que alguien con experiencia y uno solo. Eso sí, en el CV queda imponente.

Doble Grado: el maratón académico
La joya de la corona. Dos títulos, dos planes, dos cargas lectivas. Es como pedir dos postres a la vez: suena glorioso, pero el estómago tiene límites. Suena a mérito brutal en el currículum, pero a veces la empresa solo necesita que firmes con una mano, no que hagas malabares con las dos.

Dobles grados que podrían venir en camino

Al ritmo que vamos, pronto veremos combinaciones tan creativas como improbables:

  • •Matemáticas y Periodismo: titulares con integrales triples.
  • •Ingeniería y Literatura: puentes con metáforas épicas.
  • •Bioquímica y Marketing: eslóganes científicamente probados.
  • •Ingeniería Civil y Cocina: pilares con reducción de vino tinto.
  • •Derecho y Bellas Artes: contratos renacentistas.
  • •Informática y Música: algoritmos en do mayor.
  • •Medicina y Bellas Artes: diagnósticos en acuarela.
  • Deportes y Filología: sintaxis del fuera de juego.

Creatividad no falta. Sinergia… discutible.

Porque un doble grado poco complementario suele tener falta de conexión temática, perfil profesional difuso y mucha amplitud con poca profundidad. Y ojo: no es que sea malo estudiar mucho. Es magnífico. El problema es estudiar mucho… sin saber para qué.

Tendencias modernas (con sus luces y sombras)
  • •Internacionalización constante: moverse es obligatorio.
  • •Aprendizaje por proyectos: menos memoria, más práctica.
  • •Educación digital flexible: estudiar en pijama a las 3 a.m.
  • •Habilidades blandas: comunicación, adaptabilidad y equipo.

Todo eso está bien. Siempre que no olvidemos sumar 2 + 3 sin pedir permiso a la calculadora.

Selección de personal: la prueba del algodón

En procesos de selección suelo hacer preguntas sencillas.

—¿Erasmus?
“Sí, experiencia internacional”.
Muy bien. ¿Qué aprendiste realmente?

—¿Tres másteres?
Fantástico. ¿Qué problema complejo —o no— has resuelto gracias a ellos?

—¿Doble grado?
Estupendo. ¿Cuál es tu valor diferencial concreto?

Porque el mercado no paga diplomas.
Paga soluciones.

El conocimiento que no se puede aplicar es solo decoración académica.

Siempre me viene a la memoria una entrevista, más bien un chiste:

—¿Sabe inglés?
—Por supuesto que sí.

What’s your name?
Ehhhhh…my name is XXX López Menéndez, no

How old are you?
Ehhhhhh…I am 30 years old, no

Where are you from?
Ehhhhhhhh…I am from Tineo, no

—Pero… ¿realmente domina usted el inglés?
—Solo si es pequeñito y se deja.

Moraleja

No se trata de acumular títulos como quien colecciona cromos. Se trata de entender lo que estudias, saber aplicarlo y ser capaz de pensar sin muletas digitales. Porque aprobar es relativamente fácil. Entender… eso ya es otra asignatura.

Y plasmarlo en un currículum, porque sí y por aparentar, lo estarás convirtiendo en un ridículum. Ya verás, tiempo al tiempo.


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